volver         LOS MENDOZA

mendoza.jpg (7079 bytes)    La historia de la ciudad de Guadalajara no puede ser entendida sin acudir a los Mendoza. Un grupo familiar, o un linaje, que muy cohesionado durante siglos, protagonizó un papel relevante en la política general de Castilla y de España toda. Su actuación en Guadalajara, siempre en su papel de vecinos, los más importantes de la ciudad pero nunca como señores de ella, fue clave para el desarrollo del burgo, que ha quedado impregnado por todos las esquinas, y en cualquiera de sus documentos, de la silueta de los Mendoza.

    Damos a continuación algunas de las razones que justifican la afirmación de que sin los Mendoza la historia y la esencia de Guadalajara hubiera sido otra. En primer lugar, está la razón de haber llegado, como una familia numerosa, a esta ciudad, gozando ya del favor de los reyes castellanos, que les concedieron señoríos clásicos en los alrededores (Hita, Buitrago). Su decisión de gobernarlos desde Guadalajara está en la raíz de este desarrollo. Aquí pusieron, pues, sus casas mayores, y en ellas sus cortes lucidas de moda, de cultura y de influencias. Esa Corte de los Mendoza alcanza a ser, por pulida y sobre todo por tener un asiento fijo, permanente, en Guadalajara, la alternativa de la Corte Real, que andaba por todo el reino en permanente emigración.

    Los Mendoza, tras su llegada en el siglo XIV, atraen a un buen número de familias nobles del norte de la Península. Es lo que podríamos denominar la repoblación mendocina. Llegan gentes de los valles de Alava, del norte de Burgos, de la Montaña santanderina y asturiana. Muy especialmente de los valles de la Liébana, y algunos, pocos, directamente del interior de Vizcaya o Guipúzcoa. Todas estas familias (los Orozco, Ayala, Caniego, Lasarte, etc.) crecerán a la sombra de los Mendoza, entroncando con ellos en variadas ocasiones.

    En Guadalajara pusieron también su Corte de Justicia, resolviendo en su Audiencia de las salas bajas del palacio del Infantado los casos que, como señores de más de cincuenta mil vasallos en un territorio que iba desde Guadalajara hasta la orilla del Cantábrico, se les planteaban diariamente. Sus oficinas de Hacienda recaudadoras de los impuestos los que tenían derecho en sus señoríos, también estaban en su palacio arriacense. Y, por supuesto, lo mejor del arte de su época se colocó en este lugar: los palacios más modernos y elegantes, cuajadas sus paredes de cuadros y tapices (los de Pastrana que hacen referencia a las guerras africanas de Alfonso V de Portugal, estuvieron antes en el palacio de los Mendoza de Guadalajara), relojes y hasta zoológicos repletos de raros animales. Todo el lujo de una Corte especial, única.

    Lo que no consiguió el Cardenal Mendoza, aunque lo intentó, fue completar esa Corte personal con la instalación en Guadalajara de las más altas instancias eclesiásticas y políticas en las que él tuvo la primera palabra: aunque llegó al obispado de Sigüenza, y por supuesto a Primado de las Españas por su arzobispado toledano, el eje de ese mando siguió en la ciudad del Tajo. Y lo político, con la ubicación en la ciudad de los Consejos Reales o la sede de su Cancillería mayor, tampoco cuajó porque los Reyes Católicos eran más nómadas que su Cardenal.

    Otra razón aún para justificar el peso mendocino: la construcción de grandes palacios (el del Infantado, el de Antonio de Mendoza, el del Cardenal), templos modernos (los Remedios, la reforma de Santa María, o el mantenimiento como panteón familiar de la iglesia conventual de San Francisco), jardines renacentistas, colecciones de cuadros, de joyas y celebración de fiestas suntuarias y deslumbrantes. Guadalajara tenía, gracias a la iniciativa y el poder de los Mendoza, una faz distinta de las otras ciudades castellanas, siempre más animada y moderna.

    Durante el período que media del siglo XIV al XVI en sus finales, nuestra ciudad adquiere un aire de cosmopolitismo indudable: se producen cosas nuevas, porque hay quien las consume. Se establecen modos alternativos de distribución del poder, y se estimula el desarrollo social y cultural de sus pobladores. En ese sentido, Guadalajara alcanzó, gracias a los Mendoza, una significación muy singular. Francisco I de Francia, cuando fue traído prisionero a Castilla tras la batalla de Pavía, paró unos días en el palacio del Infantado, siendo agasajado por el tercer duque. Quedó tan impresionado de sus riquezas y de lo adelantado de su forma de vida, que dijo estar admirado de un país donde uno de los súbditos del Rey vivía de tal manera.

    Por supuesto que estas líneas justifican, al misma tiempo, el estilo de desarrollo que se produjo en toda la tierra en torno a Guadalajara. Desde Yunquera a Mondéjar, pasando por Tendilla, por Cogolludo, o por Jadraque, los lugares dominados por los Mendoza subieron de cotización por sus monumentos, sus fiestas y el desarrollo de sus gentes.

 

La historia de la familia Mendoza

    Vamos a ver, con detenimiento, el desarrollo de esta familia de los Mendoza, tan interesante, y las figuras de algunos de sus más destacados individuos, todos íntimamente conectados a la historia de nuestra ciudad.

Orígenes del Linaje de Mendoza

    Los Mendoza forman un grupo familiar, fuerte y unido, al menos desde el siglo XI. Parece que en sus inicios no destacaron especialmente en otro sentido que en el de actuar como caballeros y propietarios de amplios territorios, sin llegar a acceder a ningún tipo de nobleza. En la llanada alavesa, donde construyeron una fuerte torre, que mejor podría llamársele castillo, prosperaron y destacaron en luchas sangrientas con los otros linajes de la zona, como los Guevara, los Orozco y los Velasco.

    Aun cuando se carece de una documentación precisa que nos permita concretar la historia real de los Mendoza, algunos historiadores nos han proporcionado los datos suficientes para poder tener una idea de cual fue su trayectoria de linaje. Estos historiadores a los que seguimos, fundamentalmente el genealogista Aponte, en su "Linage de Mendoza", y el alcarreño Hernando Pecha, en su "Historia de Guadalaxara", adolecen de ciertos defectos que nos obligan a tomar con grandes reservas sus informaciones: el primero por servirse de cualquier tipo de fábula para completar de forma absoluta un estudio genealógico sobre una familia; y el segundo por haber sido capellán personal de la sexta duquesa del Infantado, doña Ana de Mendoza, en el primer tercio del siglo XVII, oficiando de esa manera un cierto rito adulatorio en lo relativo a los nebulosos orígenes del linaje.

    Resumiendo lo que ambos cuentan en sus escritos, podemos revisar la tradicional andadura primera de los Mendoza. Dicen que entre los caballeros visigodos que murieron en la batalla de Guadalete estaba el duque Arduyzo, el mayor de los godos. Un nieto suyo legítimo, Lope López, quedó como señor de la provincia de Altamira, a donde no llegó la morisma. Fuese a Escocia a casar, y lo hizo con la infanta Fregusina, hija del rey Alpino, regresando el matrimonio a Vizcaya, surgiendo de esa unión el primogénito Fortún López. Es a éste al que consideran los Mendoza como su más remoto y primer aspirante. A Fortún López le llamaron sus contemporáneos el "Infante don Zuria", dicen que por lo blanco de su piel. En vascuence, "zuria" significa blanco, y quizás por tener el pelo o la barba de ese color, o más posiblemente por ser de tez muy pálida, le pusieron ese apelativo con el que pasó a la leyenda.

    Valiente y dirigente nato, fue hecho capitán de las tierras vascas en la ocasión en que don Alonso el Magno, rey de Asturias, acudió a ellas con intención de anexionarlas. Zuria respondió "juntándosele no sólo la Plebe, sino los Ricos hombres, y nobles infanzones de la tierra, y formose un esquadrón de valientes soldados". Se trabó batalla en el campo de Padura, y tanta sangre derramaron a los asturianos y leoneses, que desde entonces tomó aquel Lugar el sobrenombre de Arrigorriaga, que en vascuence quiere decir Piedras Bermejas por como se pusieron de empapadas del líquido elemento.

    Y añade el Cronista que tras aquella batalla, que sucedió en el año 780, las vizcaínos, alaveses y guipuzcoanos eligieron por señor y cabeza de Vasconia a don Zuria, y de él derivó, por línea directa, la gran casa de Mendoza. Casó dos veces don Zuria. La primera con Iñiga, hija de Zenón, el anterior señor vizcaíno. La segunda con doña Dalda Estíguiz, hija y heredera de Sancho, señor de Durango. De ella tuvo a Manso López, heredero de la casa y señorío vasco, a quien sucedió su hijo Iñigo, el cual casó con Elvira Laynez, nieta del juez de Castilla Laín Calvo. Hijo de éstos fue otro Iñigo López, a quien Pecha hace primo carnal del Cid, Ruy Díaz.

    De este fue siguiendo la línea en derechura, con Iñigos y Lópeces en abundancia, dando algunas figuras importantes, como el López Iñiguez de Mendoza que batalló junto a Alfonso VI en la toma de Toledo; Iñigo de Mendoza, que participó en las Navas, y Ruy López de Mendoza, que lleg¢ a almirante de Castilla en tiempos de Alfonso X.

    Y Hernando Pecha, además de referirnos la anterior secuencia de hechos, va aún más lejos y quiere remontar el origen de los Mendoza al tiempo de los romanos, diciendo que en los tiempos en que Escipión "el Africano" invadió España, por los serrijones fríos de Alava se le opusieron algunos cabecillas de tribus autóctonas, especialmente los hermanos Mendíbil y Mendonio, de quienes, corrompido el nombre, derivaron los Mendoza. Incluso el parentesco con el Cid Campeador, Ruy Díaz de Vivar, fue alentado por otros historiadores de la familia, hasta el punto de llegar algunos miembros, como el Cardenal Mendoza, a estar tan convencidos de ser cierto este origen y descendencia que les llevaron a poner el nombre del héroe burgalés a sus hijos. Recordar en este sentido cómo dicho Cardenal puso de nombre al primer fruto de sus amores con doña Mencía de Castro y Lemus, al apuesto primer marqués de Zenete, Rodrigo Díaz de Vivar y Mendoza, y consiguió de los Reyes Católicos que le concedieran el primer título de "Conde del Cid" que esta familia luego ostentó entre otros muchos.

Los Mendoza se civilizan

    Durante el reinado de Alfonso XI de Castilla, entre 1312 y 1350, es cuando los Mendoza se incorporan a la sociedad castellana, más "civilizada" que la montería que por tierras vascas había mantenido permanentemente, siempre en luchas civiles con los diversos clanes o linajes próximos, entre ellos los Guevara, Orozco, Ayala y Velasco, como ya he dicho anteriormente. Sus luchas, entreemboscadas nocturnas y batallas campales, cesaron al conjuro de la llamada del poderoso monarca castellano. Este necesitaba gentes duras, batalladores natos, caballeros que aportaran experiencia y valentía en lo que él pretendía ser el inicio de una Reconquista total de la Península.

    La condición de hidalgos que los Mendoza traían de Alava, su categoría de caballeros por tener mesnada propia, y el empuje que el rey de Castilla les concedió para entrar en la directa y más alta responsabilidad de la administración del Estado, propició su asentamiento de una manera definitiva en Castilla, y más concretamente en la nueva tierra del reino toledano que, al sur de la Cordillera Central, estaba entonces surgiendo a la repoblación y se ofrecía como campo abierto a cualquier tipo de aspiraciones.

    El primero de los miembros del linaje Mendoza del que existen noticias ciertas, y del que sabemos que por vez primera asentó en la corte castellana y en la tierra de Guadalajara, es don Gonzalo Yáñez (o Ybáñez) de Mendoza, a quien en 1331 el Rey Alfonso XI nombró por su Montero Mayor, con responsabilidades muy directas en los asuntos de la Corte. En esa época, el Mendoza emigrado casó con la hija segunda de otro vascongado que había escalado puestos en la corte y en el dominio de nuevos territorios castellanos, don Iñigo López de Orozco. Por ese casamiento con doña Juana de Orozco, entró en los Mendoza, desde un principio, el señorío de las villas de Hita y Buitrago, sus más antiguos y queridos asentamientos señoriales

Figuras destacadas del linaje de Mendoza

    La gloria que alcanza en su momento más álgido el linaje de Mendoza, se fragua ya desde el primero de sus miembros asentados en Castilla. Del matrimonio de Gonzalo Yáñez de Mendoza con Juana de Orozco, surge Pero González de Mendoza, el que luego las crónicas llamarían "el héroe de Aljubarrota", por haber entregado su vida, lo mismo que muchos otros guerreros alcarreños, en servicio del rey: de tal manera que el aristócrata mendocino fue muerto por los portugueses, en la famosa rota de 1385, al entregar su propio caballo al Rey Juan I, para que en él escapara, mientras é quedó luchando, a pie y ya sin ninguna esperanza, contra los lusitanos vencedores.

    Del matrimonio de este Pero González, (que fue primer poseedor cierto y con justeza titulado señor de Hita y Buitrago por concesión de Enrique II), con doña Aldonza de Ayala, nació Diego Hurtado de Mendoza, en quien su padre fundó el primer mayorazgo de la familia, que habría de llegar en tiempos futuros a ser, quizás, el más grande y apetecido mayorazgo de Castilla.

    El heredero de lo que ya iba empezando a dibujarse como gran fortuna territorial y mejor suerte en punto a alianzas e influencias cortesanas, recibió el título de Almirante Mayor de Castilla. Del mayorazgo heredó Hita, Buitrago, Colmenar, Torija y Espinosa, además de muchas otras villas y aldeas en Castilla, y por supuesto las casas mayores de la ciudad de Guadalajara; y por sus matrimonios con María de Castilla y Leonor de la Vega acumuló en el patrimonio familiar una inmensa colección de territorios y señoríos, especialmente en las Asturias de Santillana, que pasarían, tras la temprana muerte del caballero, a su hijo primogénito Iñigo López de Mendoza, una de las primeras figuras que aportan a esta saga de los Mendoza el brillo de la cultura y el primer grito del Renacimiento.

    Iñgo López de Mendoza, personaje ya plenamente engastado en el devenir bajomedieval del siglo XV, protagonista primero de los reinados de Juan II y Enrique IV, es quien primero recibe un título de nobleza por parte de un monarca castellano. De 1445 es su nombramiento como marqués de Santillana, y conde del Real de Manzanares. Aunque más adelante nos detendremos en su figura,como una de las piezas fundamentales de la llegada de Renacimiento a España, cabe ahora decir que es de su persona, de su descendencia numerosa, de donde va a surgir la más lustrosa serie de títulos que ornaron a la aristocracia hispana del siglo XVI. El marqués de Santillana tendrá  por hijos a: Cardenal Mendoza, a Pedro Hurtado el adelantado de Cazorla, a Iñigo López el conde de Tendilla y a Diego Hurtado, sucesor en el mayorazgo.

Los Duques del Infantado

    Siguiendo ahora, en brevedad expositiva, la línea del mayorazgo de los marqueses de Santillana, encontrarnos que, a la muerte del primero y más famoso de ellos, sucede en sus estados, que habían sido ampliados por lo menos al doble en vida de don Iñigo, su hijo mayor Diego Hurtado, quien rigió la casa hasta 1479.

    Nació don Diego en Guadalajara, año 1417, y murió en Manzanares, en 1479. A la sombra política de su hermano, el Gran Cardenal don Pedro González de Mendoza, lo mismo que sus otros parientes, formó la casa de Mendoza monolítico bloque de enorme peso durante los años difíciles del reinado de Enrique IV, al que sirvieron fielmente hasta su muerte, pasando enseguida al bando de Isabel, ya casada con Fernando de Aragón, quienes serían los unificadores del país y los que alzarían a límites insospechados a esta casa mendocina. Batallas, conjuraciones, alzamientos y un intranquilo vivir, hicieron que su valer literario no diera el fruto que de haber gozado vida más tranquila nos hubiera proporcionado.