ARTE Y FILOSOFIA

En esta sección pretendemos crear un espacio para pensar de qué modo, con los recursos de lo que llamamos "las artes", podemos entendernos a nosotros mismos y al mundo del que formamos parte.

Puedes enviarnos tus creaciones literarias a la dirección:

julian.martinez1@roble.pntic.mec.es


Relato:Cuando yo escribo (Nowanda). Certamen literario del IES OctavioPaz.

Relato:Cuento (Un Angel).Certamen literario del IES OctavioPaz.

Poesía: Que tan sólo son palabras (Un Angel).Certamen literario del IES OctavioPaz.

Poesía: Tres sonetos de amor (La Rosa Púrpura). Certamen literario del IES OctavioPaz.

Relato enviado por un lector: Diario de un asesino, acaso asesinado(Pablo Federico).

 


CUANDO YO ESCRIBO



No se cuanto tiempo tardé en reaccionar, no se si fueron minutos, horas... sólo se que sentí las poderosas y ansiosas ganas de escribir que no había sentido desde hacía mucho. Y creo que lo mejor que puedo escribir para bautizar este momento glorioso es, la razón que a estas páginas me ha traído. es decir, estos últimos cuatro días.

Más bien noches, en las que he vivido los sueños más reales que nadie pueda soñar v la realidad más ilusoria que ni mi alma hubiera podido imaginar que necesitara tanto.

Antes de esto, mi vida me resultaba inútil, lo único que antes me alentaba a reír, con lo único que disfrutaba ya no me llenaba, quizás porque poco a poco dejé de practicarlo. La asiduidad con la que necesitaba antes escribir era inigualable a cualquier necesidad natural, podría pasar sin comer, sin beber, así sólo mi cuerpo se secaría y tal vez moriría, pero dejar de escribir sería dejar morir mi mente, mi alma, y así fue como ocurrió, durante este último año
he sido un muerto en pie.

Quizás mi actitud fuera egoísta, pero me habían ocurrido tantas cosas, tan buenas, tan malas... Y sentía una impotencia tan atroz, no podía por más que quería expresar lo que sentía con palabras gráficas igual que siempre había hecho.

Las palabras ausentes nunca habían sido mi fuerte, la lengua, al hablar. se atraganta y es mordida por mis dientes para callar malos sentimientos, o verdades de las que nunca se llega a conocer.

Sin embargo mi instrumento traductor de pensamientos esta vez me fallaba, sentía tal ahogo en mi cabeza que a veces pensé que arrancármela de cuajo sería la solución más sensata y menos dolorosa.

Me remito, pues, a los hechos o a los sueños, quien sabe.

El lunes, como todos los lunes, comienzo de la semana, de vuelta del letargo, mi mente incesante pensaba sólo en trabajar, en mantenerse ocupada para no darse cuenta de lo inútil que resultaba su casi no existencia.

El día voló, pero con un raro presagio. En mi estómago, los nervios se retorcían a su antojo entre mis vísceras.- algo malo va a pasar-, estuve diciendo todo el día, y como siempre mis nobles nervios no me traicionaron.

La noche llegó como siempre oscura, nada raro había pasado, fue un día como tantos, por lo que me engañé pensando que mis nervios habrían sido cualquier otra cosa, una broma, un engaño, eso era, me querían engañar para que utilizara mi mente y empezara a pensar, pero no lo hice, me acosté, cerré los ojos, y me dormí, o al menos creí dormirme.

Alguien empezó a llamarme muy despacio, abrí los ojos, y, es raro en otro momento me hubiera exaltado sin duda, pero en esa ocasión con mucha calma me levanté y encendí la luz. Allí lo encontré, era un hombre muy extraño, vestido de negro, parecía escapado de un cuadro del Prado, como si una imagen del pasado hubiera cobrado vida. Llevaba unas extrañas gafas, como anteojos, sin patillas, permaneció seno, y tan sólo se quedó así, mirándome a través de esos pequeños y redondos cristales. Le miré de arriba a abajo sin decir nada, supongo que yo le resulté tan ridícula como él a mí.

Fijé mi mirada en su vestimenta, llevaba una especie de casaca, y junto al corazón, en rojo la cruz de Santiago. Llevaba un cinturón a la cintura v en él una espada, pero aún así, no logré asustarme, ni por su inesperada presencia ni por esa arma que poseía.

Su barba era bastante singular. Su bigote ancho, espeso v la perilla como una mota que recorría desde el labio hasta la barbilla. Tenía manos de escritor.

Me adelanté unos pasos v llegué hasta él. me saludó inclinándose y yo, que no sabía como corresponder, hice lo mismo.

Te llamas Quevedo ¿verdad?, le pregunté. Afirmó con la cabeza v después se presentó con su nombre completo : Francisco de Quevedo y Villegas. Me explicó por qué estaba allí.

Pensé que todo era un sueño, una invención, no era posible que un muerto de más de trescientos años estuviera ante mí, hablándome, diciéndome que yo le había llamado, sin darme cuenta y sin saber que lo quería ver. Me dijo que estos próximos días debía tener cuidado con mis pensamientos, que había venido porque sabía que yo necesitaba hablar con alguien, y así igual que él, vendrían quien v vendrían quie, o más bien quien mi mente quisiera. Me pareció en ese momento que era ella, mi mente, la que me estaba jugando una mala pasada, como había intentado distraería con todo, ella se estaba vengando, inventando aquellas imagenes y voces, por lo que concluí pensando que realmente era un sueño, aunque un sueño muy real.

Seguimos hablando durante toda la noche, me contó cosas sobre su siglo, anécdotas, batallas, aunque lo pasé bien, veía en su mirada una cierta tristeza y quizá algo de rencor. Habló mal de las mujeres, dijo que no era hablar mal, sino describirlas tal cual son. Yo, que en esos temas me enervo súbitamente, decidí escuchar tan sólo, y descubrí que en ciertas historias podía tener razón. Pero no sólo desconfiaba de la mujer, sino de la raza humana. Fui demasiado cruel con él, le conté algunas de las barbaridades de nuestro siglo, las guerras, que aunque han existido siempre, nunca han sido tan atroces y destructivas como ahora los odios, las luchas de clases, de razas y de sexos. Me miraba atónito, sumando a su postergado rencor más razones para a la humanidad, más razones para alegrarse de estar muerto.

-La humanidad está perdida- me dijo- el hombre tiende a destruir a su hermano, la corrupción atañe a todos los ámbitos, no debes huir de ella sino combatirla.

Si sientes todo lo que has dicho, debes escribirlo, harás que el mundo entero sienta lo mismo que tú.-. Cuando me desperté esa mañana, recordaba todo un claro sueño, pero sus palabras se desvanecían como humo, esto, lo más importante fue lo que dijo y lo que mejor recuerdo, pues eran mis pensamientos brotando de entre sus labios, con una voz anciana y experta. Experta del mundo que me rodea que fue el mismo que rodeó a él hace tres siglos pues llegué a la conclusión aquella noche de que el mundo cambia pero el hombre no cambiará jamás.

Pensando en lo que me dijo, de tener cuidado precisamente con lo que pensara, mi cabeza no podía parar de maquinar. No sentía el humor suficiente como para enfrentarme a una página en blanco y llenarla con todo lo que sentí la noche anterior, ni siquiera sabía que decir, no se lo conté a nadie, pensé que me tomarían por loca, o que de nuevo me llamarían rara. Así que sólo esperé ansiadamente a la noche, para dormir y soñar locuras o rarezas.

Y así fue, esta vez me desperté sintiéndome observada, de nuevo encendí la luz y topé con un hombre que vestía con el hábito de caballero de San Juan. v llevaba colgado en su cuello la cruz de la orden de San Juan. una preciosa cruz latina de picos dobles. Tenía unos ojos expresivos que auguraban soledad, le pregunté su nombre, se extrañó y casi diría que se enfadó al no reconocerle pero contestó: Lope Félix de Vega Carpio. Pasaron por mi mente en breves segundos., como en imágenes superpuestas, aquellos momentos en que aprendía el papel de Laurencia y me disponía a insultar a los hombres llamándolos cobardes, fue algo con lo que disfruté.

Al igual que la noche anterior hablamos largo rato, aunque no fue tan larga la estancia, sí igual de fructífera a mis ansiadas ganas de conocer. Fui indiscreta, le pregunté el por qué de tantas mujeres, sólo contestó que a todas las amó con su vida, no se si fue una burla o verdad, supongo que el corazón se va una y otra vez con cada persona a la que se lo ofreces.

Lope me contó mil y una batallas, duelos e incluso guerras, en todas ponía un toque de humor, no entendí, y ni aún entiendo cómo hablando de algo tan srio como una guerra se puede hacer que el oyente suelte una pequeña risotada, aunque sea pequeña.

Me explicó cómo escribir cada día le alentaba a vivir, le llenaba de fuerza, de alegría, incluso en la absoluta soledad seguía en compañía ya que tenía al lado su talento, su escritura.

No se cómo ni cuando se fue, sólo me desperté y no estaba y quise llorar y ni las lágrimas vivían en mí, no había vida en mi ser, cómo escribir iba a darme la vida si yo tenía que dar vida a mi propia escritura. Con mi angustia palpitante salí de casa hacia la rutina, la ocupación de mi mente en superficialidades arrojaría de mi memoria estos claros de luz que tan sólo heridas abrían, heridas que en poco estaba consiguiendo cerrar, estaba olvidando mi vida, mi escritura.

Ese día mi rencor a los escritores acrecentó mi insonmio, no quería dormir por miedo a soñar cosas bonitas que me dieran falsa ilusión. Pero no hizo falta soñar, alguien abrió la puerta sin siquiera llamar, mi corazón se exaltó, sus palpitaciones se podían oír desde fuera, se veían a través de su ropa, era un hombre con una pistola en la mano, ésta aún estaba humeante.

!Fígaro¡ grité asustada y fui corriendo a mi lecho a refugiarme entre las mantas. Lo reconocí rápidamente por su pelo mal peinado, su frondosa barba, sus labios menudos y sus oscuros e hinchados ojos. Me pidió que no me asustara, su lengua podía envenenar, pero no más que la mía.

Dijo que no había venido para ayudarme, ni para hablar, ni alentarme a vivir, ya que él no era un claro ejemplo del amor a la vida. Aún así hablamos de la vida, en todos sus aspectos, de política, de la sociedad, sobre todo del ser humano intentando generalizar en cuanto a hombres y mujeres en un solo individuo, fue difícil pero logramos que nuestras disputas, y digo disputas que no conversaciones pues eso fueron, no se ciñeran a estúpidas diferencias de carácter según el sexo.

Su mal carácter y despotismo era resultante en cada gesto desaire, en cada mirada de rencor y cada palabra con tono insultante. Mi mala sangre estalló cuando hablando de la sociedad, se empeñaba en defender que la zafiedad de la gente era el prototipo de vida de la clase media y esa misma zafiedad era su nulidad en otros ámbitos.

No podía soportar escuchar tales argumentos, la humildad de algunas gentes es su mejor arma para conseguir la felicidad,lo que a algunos pocos les parecen malos modales o gestos groseros, otros muchos creen que se trata de la mayor hospitalidad.- la felicidad es mentira- dijo, y volví a despertar completamente sola, aún faltaba algo más de una hora para levantarme, sin embargo como tenía sueño, mantenía mis ojos abiertos sin necesidad de cerrarlos, esperando que alguien o algo llamara a mi puerta, pero no ocurrió.

El día fue eterno, sólo pensaba en las palabras de Larra, y los sentimientos me ahogaban, sin embargo aún no me sentía fuerte, pensé que nunca volvería a sentir el arrobamiento de escribir, v esa noche me acosté pronto, cansada de conocer a los más grandes y ya consagrados escritores. conocerles hasta ese día me sumido más en mi sima de pobreza lingüística y autoestima repateada. Comparaba mi verdad con la suya. Y era la misma, pero a mi nadie me entendía.

Rápidamente me dormí, deseando no despertar esa noche, pero un mal sueño, un raro sentimiento, una chispa eléctrica recorrió mis venas, y allí estaba, era hermoso como la juventud, con hondas expresiones de tristeza, hizo un amago, una mueca de sonrisa, y yo sin saber cómo, me eché a llorar. Las lágrimas que arrancó Bécquer de mi alma con su sola presencia fueron las más sinceras y sentidas de mi vida, a pesar de que mis ojos han inundado con su lluvia el mundo entero, nunca tan cristalinas fueron.

Me observó mientras me enjugaba sin decir una sola palabra, puede que las creyera falsas, ya que la mujer ha llorado siempre desdenes a su paso. Aún así, como estas noches, hablamos.

No pude evitar remitirme y señalar un apunte de su vida, un poema que he llorado tantas veces, por fin pude decirle lo que hacia éste sentía.-¿Quien te recordará cuando no existas?, es una idea falsa en todo su sentido. Existirás siempre en mí a través de tu escritura, mi alma es un pedazo de la tuya, nunca te olvidará, ni aún cuando yo muera dejarás de existir, pues aunque no creo en otras vidas ni en resurrecciones de alma o de cuerpo, sé que mi alma romperá toda regla para hacer que tú persistas aunque no exista ya ni el mundo-. Él me dijo que si su escritura había producido tal efecto en mi, sólo podría ser inmortal si yo transmitiera lo mismo con la mía, pues parte de él, estaría en mis palabras, y desapareció y volví a llorar como una niña, esta vez no sólo por que se iba y quizá no volvería a verle más, sino porque sus palabras ahondaron en mi mente, y sólo podía gritar para callar mi alma.

No podía creer que yo fuera capaz de producir en alguien tales sentimientos como los que yo sentía al leer sus obras, era imposible, y por fin encontré el origen de mi debilidad, el por qué ya no podía escribir. Necesito hacer sentir a los demás mis palabras, mis preocupaciones, mis anhelos, y eso sólo puede ser escribiendo mis pensamientos.

Así he llegado a hoy, a esta día en el que he comprendido al llegar a esta conclusión, nadie visitará mis sueños nunca más. De Quevedo aprendí de su pesimismo, que era el mío.Me enseñó que no debía combatirlo, sino dejarme llevar por él, y vivirlo con media sonrisa. De Lope, su indecisión, que también era mía, ante un estilo, un carácte. Me enseñó que ser juzgado por los demás era algo que nunca podré evitar. La melodía trágica y suave de las palabras extraídas por las lenguas viperinas, son sólo ondas mágicas que el viento, al aullar, se lleva. De Larra no aprendí más que lo que ya sabía, el mundo que nunca podremos cambiar nos arrastra y maltrata y de las dos salidas él, escogió la más corta, nadie dice que la más fácil. También le admiro por su valentía, su despotismo y su mala lengua. De Bécquer, qué puedo decir, ni aún cuando yo muera él dejara de existir en mi alma. Le siento como un ser parte de mí, y sus palabras guiarán mis pasos, o al menos espero que ellos siempre se dejen.

No sé si en sueños o ya despierta, pero las últimas palabras que escuché aquel día antes de abrir los ojos, fueron .- Escribe, niña, que para algo han de servir tus feas manos.

Nowanda

CUENTO

Me desperté esta mañana algo trastocada, con los párpados hinchados de tanto llorar y no dormir, y de tanto pensar y darle vueltas al tema, al único tema, que hace días ronda por mi cabeza.

Estuve toda la noche inquieta; y bueno, para qué engañarnos: aún lo sigo. Desayuné como nunca: tostadas, café y un zumo. Y dejé los cacharros en el fregadero. Ahora eso ya no tenía ninguna importancia; aunque posiblemente pensarán que si pensaba irme, podía haberme dignado a limpiarlo todo un poco. Pero me da igual lo que la gente piense de mí a estas alturas, porque he hecho muchas locuras en mi vida, y ésta quizá sea la más...¿desagradable? ... ¡Bah! Y qué importa.

Ayer estuve ultimando los últimos detalles de mi viaje. ¡ojalá fuera uno de esos viajes de fin de curso, en los que tanta ilusiones pones, y tanto sueñas por que no acabe nunca!. Pero no es así, desgraciadamente. No es por placer, ¡ja!, ni tampoco por negocios ... No. Es, digámoslo así, por obligación, por necesidad.

Debería estar triste, o incluso asustada por dejarlo todo y empezar una nueva vida. Pero no es así, y aunque suene a locura, estoy tranquila, y creo, que si no mucho, al menos más feliz que otras veces. ¿Que qué otras veces? Bueno, sí.He de reconocer que lo intenté otras veces ... pero no lo hice. Con todo preparado deshice las maletas. Quizá por miedo, o tal vez por inseguridad. Puede que mi plan aún no hubiese madurado lo suficiente. Pero ha pasado el tiempo, y aquí estoy: sola, independiente y autónoma, y sobre todo, y ante todo, segura de mí misma y de mí decisión. Si una vez puesto en marcha el coche me arrepiento, ya no habrá solución. Lo sé. Y me gusta saberlo.

Pues bien, me bañé: un largo baño de media hora jugueteando con la espuma. Casi nunca lo hago, y ¿ por qué no? Hoy no me puedo negar nada. Hoy y aunque sólo sea hoy, he de vivir conmigo misma y sentirme casi, casi, como un jeque árabe que no carece absolutamente de nada que pueda desear. Y así me siento: lo tengo todo, y nunca he estado tan preparada.

Después me sequé el pelo: siempre he pensado que estoy más favorecida, y ¿por qué no decirlo?, más guapa, con el pelo liso; de modo que otros treinta minutos de mi mágico día empleé para este fin. Me pinté: maquillaje por supuesto, aunque sin una base debajo porque me hace demasiado pálida. Me hice la raya del ojo por encima y por debajo - he de decir que todo esto lo hice tras haberme calmado. No se puede llorar estando pintada. Sería un desastre y por último los labios; utilicé un color suave porque, para ser sincera, quería que me vieran de la forma más tierna posible. No es por modestia, pero realmente estaba estupenda., Pena que el buen color de cara no fuera a durarme mucho. ¿Que por qué? Dicen que los aires de otros mundos no sientan demasiado bien.

Me perfumé detrás de las orejas, en las muñecas y en las corvas con esa esencia que nunca me cansé de llevar.

Y después la ropa: quiero ir guapa, pero sencilla, tal y como soy, porque quiero que me vean así, y que a simple vista y sin necesidad de palabras puedan conocerme. De manera que me puse mis pantalones negros con el jersey azul que me regaló mi abuela antes de morir y al que tengo tanto cariño. No me quedaba nada por hacer... ... Ya falta poco. La verdad es que comienzo a ponerme nerviosa. Estoy de nuevo llorando y parecen darme pequeñas taquicardias y ahogos. Hace poco más de unos minutos me senté en el sofá y comencé a abrir todos los botes. Teníaa una jarra bien cargada de agua ... Ya no faltaba nada. Me temblaba el pulso-y aún ahora- pero pese a todo tomé cinco o seis píldoras de esas que sirven para dormir mejor; ¿parecen pocas, verdad? Pero bueno, quería un poco de variedad. Así que tomé otras tantas para el corazón, jaquecas, dolores musculares, infecciones, ... (¡Ja! la verdad es que de ésta podía haber salido médico o al menos auxiliar).

El miedo me invadió en un momento y tiré de un manotazo todos los botes al suelo. Pero al instante, histérica, me abalancé sobre las pastillas porque sólo ellas podían salvarme de esta muerte en vida. Eran esas maravillosas "joyas", mi billete de embarque, y no podía perder ninguna. Y fui valiente. Acabé con todas. Dicen que una mezcla de diferentes fármacos crea en el organismo daños muy graves, incluso irreparables. Pues bien, eso es justamente lo que yo quería.

Ahora mismo estoy más relajada, comienzo a sentir un ligero cansancio, pero estoy bien. Sigo llorando, aunque me prometí que no lo haría más. Pero es inevitable. Só1o queda esperar. Esperar, esperar, ... ¡He esperado tanto este momento! Y hoy por fin, no sé a qué hora, comenzará mi nueva vida. Y sí, digo bien, vida; vida porque mí vida hasta ahora no era vida, sino muerte. No vale la pena malgastar el poco tiempo que me queda en dar explicaciones, entre otras cosas porque no las hay. Ni tampoco hay que buscar culpables ni cómplices, ni tampoco hay que sufrir por mi nueva vida. Quien hubiera deseado verme viva, esta es su oportunidad, porque ahora voy a vivir. Es mi voluntad y hay que respetarla.

Me siento más cansada, aunque también más relajada. Voy a tumbarme b en el sofá a esperar, esperar, ... Me miro en el espejo que tengo en frente, en la pared. Creo que nunca he sido tan feliz. Ahora ni tan siquiera lloro.

No me juzguéis. No me lloréis. No me enterréis. No hagáis nada de eso porque no estoy muerta. No lo hagáis porque voy a vivir para siempre. Para siempre y por fin. Cada uno escoge su camino. Y yo he escogido el mío. ¿acaso no estoy en mi derecho? Dejadme vivir en paz, o morir si así queréis llamarlo, pero hacedlo, porque así lo quiero. Dejadme que deje de sufrir, y que al fin dé la bienvenida a mi dulce amiga muerte. Voy a ser feliz. Y para ello sólo necesito una cosa: VIVIR.

UN ÁNGEL

 

¿Que tan sólo son palabras?

De acuerdo.

Pero mi alma se exalta,

mi mente se turba,

mi cuerpo estremece

y mis ojos se inundan.

¿Que tan sólo son miradas?

De acuerdo.

Pero mi orgullo crece

y mí vida aumenta,

mi alegría reviste

y mi pasión se encuentra.

¿Que tan sólo son mentiras?

De acuerdo.

Pero mí aliento surge,

mi memoria olvida,

mis pensamientos viven

y mi dolor termina.

¿Que tan sólo son caricias?

De acuerdo.

Pero mi ser, curado,

sentidos en vela,

camino con cuidado

y espero a quien me quiera.

UN ÁNGEL

 

 

TRES SONETOS DE AMOR

soneto I: AGRIDULCE AMOR

Amor,dulce y tierno veneno mortal,

cual intrépido sentimiento fugaz

por el que da todo siempre eres capaz,

amor, dulce y duro veneno letal.

 

Amor, doloroso remedio esencial,

es ingenuo y a la vez muy sagaz,

rápido, tan efectivo, el más eficaz

amor, el agrio remedio del mal.

Amor, es el cielo en la compañía

y el infierno en la plena soledad,

te concede vacío en la frágil alma.

Amor, es muy reluciente en el día

noche inmensa y triste de oscuridad

que mientras te sumerge te da calma.

LA ROSA PURPURA

 

SONETO II: ¿COMO ES MI AMOR?

Es una flor en la primavera,

es un dulce y rico caramelo,

es un ave sobrevolando el suelo,

y es principio de una nueva era.

Es todo y más aquello que quisiera,

es el reluciente sol en el cielo,

es tan caliente y frío como el hielo

y más de lo que un sabio entendiera.

Es mucho más bello que un lucero,

arde más que el propio infierno,

y se extiende más rápido que un rumor.

Es la paz del mar junto a su velero,

no hay en el mundo algo más tierno,

¿cómo puedo expresar sino así mi amor?.

LA ROSA PURPURA



SONETO III:

AMOR PERDIDO

Con unas grandes lágrimas entre los ojos

y una espina hincada en el corazón,

con pena que rehuye a la razón;

se ve un cruel amor lleno de antojos.

Entre tus consistentes labios rojos

los recuerdos me llenan de emoción

y en un momento está esa sensación

de aquel amor convertido en despojos.

Como una estrella fugaz en la noche

que en la profunda oscuridad se apaga

lo que fue un día nuestro se desvanece.

Así como quererte es un reproche

así como todo lo que yo haga

de nada sirve, nuestro amor perece.

LA ROSA PURPURA

 

Diario de un asesino, acaso asesinado

Mientras me agachaba a recoger una naranja podrida podía oler la fragancia del azahar cerniéndose sobre las calles. Sonaron las nueve en el reloj del ayuntamiento. Agarré con más fuerza, como queriendo convertirlos en polvo mágico y extraer de ellos todo el éter posible los cartones que tenía debajo del brazo y caí al suelo, tenía tanto alcohol en las venas que no pude ni arrinconarme, que no pude ni ocultarme, que sólo pude caer. Mientras vomitaba todo lo que no había comido notaba cómo limpiaban sus suelas en mí muchos de los que hoy están demasiado ocupados como para saber dónde pisan, y que por entonces ya lo estaban. Creo que también me quemé con seis o siete cigarros casi enteros. Intenté alcanzarlos, pero no pude. Todavía tengo las marcas de esas quemaduras y de otras muchas batallas; me gusta decir que son mis estigmas de santidad, aun a riesgo de que Dios me condene. El rocío, con sus carretas de frío y sus caballos de escarcha, hizo que me despertara cuando la calle estaba solitaria, callada y sumisa ante el poder de las palabras que la novela nocturna escribía en sus páginas. Anduve para calentar los dedos de unos pies casi tapados por el esparto y me puse a recordar las supuestas enseñanzas recibidas en lo que yo consideraba mi niñez y que no era más que el principio del ocaso permanente en el que me encontraba sumido. Recordaba a una mujer rubia, que a mí me parecía sudamericana y que seguramente era más andaluza que cualquier otra cosa, porque todo tira siempre al sur. Y la recordaba pronunciando la palabra concreción. Abrí mi único consuelo y amigo del pasado, mi carpetilla azul y blanca, ya desprovista de elásticos y otros trozos que la adornaron cierto día, y saqué un trozo de papel que aquella vez escribí mientras oía a esa mujer pronunciar tal palabra: "Concreción consiste en producir bienes económicos para el engrandecimiento de la patria de los perros y el alma de los esclavos. La elección no existe: sólo hay una peana para que nos sintamos más aliviados al observarla; dime que esta es tu vida, quizás te conteste que la mía no. Tampoco hay un comportamiento definido, ni tan siquiera hay voluntad, ¿te acuerdas cuando cantábamos que el dogma era la ley? Después de tanto tiempo no estábamos tan equivocados, sucumbimos ante su poder y sólo le hicimos cosquillas con nuestros lloriqueos estúpidos.

Ahora nos limitamos a soñar con nuestros cuerpos desnudos y nuestros pechos abiertos, rajados, mancillados por las lanzas de nuestros enemigos, crucificados en el monte más alto y tras de todo rotos a pedazos y esparcidos por Pepperland. Miles de dibujos animados saldrían a nuestro encuentro con intenciones: no sé cuáles.

Ahora lo recuerdo, yo vivía en una cabeza de dragón, en una caverna en la que no entraba el sol. Oscuridad. Me tatuaba el cerebro para no enloquecer, para soñar con el cielo y la luz, con la lluvia y el agua. Para olvidar la tierra de la úlcera y el picante, ¡qué mamón! No quiero pensar ni en serpientes ni en águilas y buitres, que esos sí que me rodean. Claro que aquello terminaba con "creo en mí". ¿Quedará algo de aquello? Tengo el pecho abierto, ¿por qué no entras y buscas? Cuidado con mis vísceras, que se expanden malolientes por todo mi ser. ¡Joder, que me duele, ten cuidado!". El tiempo parecía, como casi siempre, lo que menos importaba. Leyendo aquello había sentido cosas que parecían olvidadas, aunque por más que las patearan siempre hallaban su camino para mostrarse en la penumbra de la vida. También me sirvió aquello para llorar y calentarme con mi llanto, también me alegré: por lo menos había algo caliente dentro de mí, si no el corazón, al menos mis lágrimas. Me quedé dormido, y aunque escuché a perros y gatos no me desvelé como tantas otras veces, que buscaba una excusa para salir de mi candelabro onírico y gastar algo más la mecha de mi vida real, que ya decía Descartes que los sueños bien que nos engañaban.

Era ya el día siguiente a ayer, mañana. El mañana de ningún lado y del que nadie se preocuparía. Quizás me hubiera despertado melancólico y con ganas de divagar, pero qué se le podía pedir a alguien que vio a sus sueños despeñarse por el sendero del pensamiento. Mejor me acuesto y sigo mañana.

Era el día siguiente al siguiente de ayer, pasado mañana. Y me levanté con ganas de caminar, que no pasear, que eso es algo olvidado para los que tenemos que buscarnos cada noche un techo o una intemperie para descansar. Seguía penetrando por todos los poros de mi cuerpo el olor a azahar y quise volver a mis orígenes, a ese barrio con el que nunca me sentí identificado. Yo decía ser el hombre de ninguna parte y siempre cantaba algo. Pero con los años parece como si mi madre tuviera razón y me hubiera hechizado para ser igual que ella. Con la necesidad de ir a ver a mi Virgen y rezar cuatro Padrenuestros de rodillas ante su altar, me lavé la cara en una fuente y proseguí mi camino.

Es curioso cómo te miran todos cuando tu aspecto no es el de ellos. Yo también lo hago. Son humanos y yo de otro género, quizás neutro, aunque nunca igual. Seguían los mismos geranios en las ventanas y seguían los mismos tiestos guardando a esos geranios. Aquello no me gustaba. Me recordaba demasiado a mi ser de juventud: enorgullecido de leer a Nietzsche y creyéndose con un trabajo fijo que le dejara suficiente tiempo libre para escribir, leer o incluso ir al cine. Eché mano de mi carpeta azul y blanca, desvencijada por las guerras ganadas, aunque como todas las guerras llena de secuelas incurables, pero viva, que es lo que parecía importar. Esa carpeta era yo, una representación en el trágico escenario de la vida de ideas malentendidas y emociones cortadas por el pudor, una respiración, una claraboya a algún lugar no existente y cuyas bases de formación fueron aniquiladas a los dieciocho. Pero ahí está, como yo, aguantando estoicamente el paso de los años: el jodido fin justificaba los medios. Y soñé. Saqué un papel, con fecha y hora, y lo leí: "De la última paranoia al primer orgasmo no va nada, ni un destello de color con el que inundar los abruptos mares del goce y el disfrute. Son extrañas y simples al mismo tiempo, familiares y, como alejadas de un mundanal ruido, cruzan el puente de su propia desesperación para esparcir los gérmenes de su tristeza por la tierra, con la única intención de volver a ser pisoteados por las bestias, las plantas, los trenes y los aviones que, con casi toda seguridad, se estrellarían allí. Las ocurrencias no parecían servir de nada, el dogma era la planta cultivada, adorada y siempre fumada. Como quien no quiere la cosa, el humo reblandecía las mentes, arrullaba a los niños y violaba a las mujeres con el único pretexto de satisfacer al populacho y engrandecer la cultura de una raza cansada de matar para sobrevivir. Aquí, una falda; allí, una camisa y por todas partes, desparramados, los pétalos de las flores, avisando la llegada de una nueva plaga, augurando la venida de Nosferatu y tomando el fresco en las casapuertas de todas las vecinas; con los baños en las aceras y los pelos púbicos relegados a un segundo plano. Un granuja que corre, llevaba la verdad escrita en sus ojos y la muerte en su mente, más que granuja, asesino; más que un fascista necesitado de opio era un comunista deseoso de matar la utopía para caer en la desesperación. Tráfico, mucho tráfico, calor, infierno, humo negro y macarrónico, botes de cerveza rodeando los edificios y una infinidad de hogueras vagando por las calles sin saber cuál sería su próximo objetivo. La cordura brilla por su ausencia y ahí, en la ausencia de hombres y mujeres, de universidades, de curas y monjas que forniquen bajo sus hábitos es donde se fragua la verdadera fragilidad de un pueblo que pasó de aquí a ningún otro lado para acabar en cualquier lugar no existente. Ni el mismísimo Moro sabría dónde ir. La masa, apestosa y osada, como casi siempre, derramaba sus líquidos corporales sobre los buenos hombres para convertirlos en zombis de su propio horror, para inmunizarlos contra el dolor, contra la belleza y contra el placer; para hacerlos castos y puros hasta el matrimonio; para hacerlos mártires sin querer, para que el propio cielo vea su pena y se entristezca. No iban los derroteros por ahí, el salitre se mezcla con la dulzura de los labios para diluir la vista, para mezclar los sonidos y para hacer que los quejidos no lleguen a la fantasía. Una nube de sondeos abrasa las calles, la mentira vuelve a aparecer y todos dicen lo bien que les va; otros, lo mal que está su vida y los de siempre comentan que ellos son de los que ni saben ni contestan. Con el látigo de la indiferencia son condenados a vivir en el purgatorio hasta que Dios los fustigue de la forma más vil que conozca, hasta que Dios los sodomice y los haga perecer en lo que él llama Gloria Bendita. Sin poder sentarse y riendo de sol a sol, escupiendo de luna a luna y ahogando las penas entre sabrosos licores y electrizantes mujeres. Dispara tú primero, mi querido pistolero. Tirotéate tus ilusiones y, de paso, mancha las mías con tu asquerosa sangre negra, que yo las ensuciaré con mi blanca savia. En otro tiempo tuvieron alas, el mar rodeaba a la isla y el verde de las flores era una barrera inquebrantable para la maldad. Nadie pasó, nadie salió, ni enfermeras, ni médicos, ni una jodida ambulancia en la que evacuar a los viejos que querían ver cómo su padre los esperaba en las escaleras del cielo. Vomitaban sus propios dientes y los aliñaban con su sangre, con su sudor y con sus lágrimas. Para que al final resultaran lo más apetecible a la hora del té: para que los jóvenes no mintieran a sus progenitores y para que las abuelas que fueron putas en otra época reventaran de angustia al ver la enésima bofetada que recibían los hijos del incesto, los hijos de los visitantes, los hijos de puta, de ellas, que siempre entraban a la iglesia de espaldas para que Dios no las reconociera. Como si a éste le importara demasiado con quién se codeara su esposa o a quién embaucaban sus hermanos, que, la fin y a la postre, no eran otros que los mismos que le robaban la comida cada vez que acudía al seminario a convencer, a delirar, a llevar a las monjas al aborto continuo, al éxtasis místico y a la aventura en un paquete galáctico que las haría ir al infinito y volver de él en poco más de quince minutos, siempre a expensas de lo que tardara la Madre Superiora en despertar, de cuánto hubiera bebido María y del pañal de su hijo, con los pies descalzos, el pelo largo y un ojo amoratado por hacer estupideces en mitad del retiro. Siguen el camino de baldosas amarillas hasta que se cansen, vuelven a casa a la hora que les apetece y ensucian las calles con su mierda rosa, con su saliva oscura y con sus ideas estúpidas, con su moral decrépita y con las injurias pronunciadas ante la puerta del sanatorio, ante la puerta tras la que miles de prisioneros de guerra escondían sus rostros para evitar encontrarse cara a cara con su pasado, para evitar ser hostigados como lo fueron en una época en la que el pan escaseaba y los alimentos sólo eran patrimonio de la aristocracia, de los reyes, de los curas y del cacique del lugar; ni Dios tenía un pedazo de carne que llevarse a la boca, y si lo tenía no iba a ser él quien se lo diera a aquellos prisiones de guerra que, tras los barrotes de sus celdas, caídas y rotas, recordaban todo esto". Ya no tenía ganas de estar por allí, con la libertad de quien no tiene más señor que sí mismo y más responsabilidad que sobrevivir cada día, me fui.

Sabía que mi hora se acercaba. No lo hacía sigilosamente, proclamaba a voces mi destino y creo que yo era el único que no la oía decir aquello. Cuando se vive en la calle si algo se aprende es a tener paciencia. Puedes estar desesperado, pero sabes esperar. Puede que tu corazón pida libertad para escapar, pero sabes esperar. Y no me importaba morir. No había valores por los que seguir luchando, ni tampoco humanos por los que seguir viviendo. ¿Para qué me iba a esforzar? ¿Para que después todos te culparan de los males casi endémicos de la sociedad? No, prefería morirme sosegado, arrullado por no se sabe bien qué, porque nadie lo iba a intentar. Muchas veces veía en los escaparates seis o siete televisores, cada uno de ellos sintonizados en un canal diferente. Me quedaba allí durante un largo rato, oyendo el sordo lamento de sus noticias, las calladas risas de sus humoristas, la inaudible alegría de sus concursantes y todo me parecía frívolo. Me parecía tan vacío estar mirando a un cristal encerrado en una caja por el que pululaban embaucadores y mentirosos, algún que otro farsante y en la que los buenos siempre ganaban. Después, cuando alguno conseguía mucho dinero miraba a mi alrededor y me convencía cada vez más de que la maldad humana era necesaria, de que era necesario que existiera gente que, como yo, no teníamos más que unos cuantos recuerdos, y eso a lo sumo. Pero yo tenía mi carpetilla azul y blanca. Cuando quería mandarlo todo a hacer puñetas la abría y siempre encontraba un buen motivo para hacerlo. Quiero que cuando muera me quemen con ella. No quiero que mi historia salga en prime time dentro de unos años. Quiero ser anónimo, no quiero que nadie se acuerde de mí una vez muerto. En vida me sentí tantas veces solo que no me consuela el recuerdo de unos millones entre anuncios de lavavajillas y condones. Abrí mi carpeta y leí algo con sabor a despedida: "Esto no es una letanía, ni el mar un horizonte sobre el que descansar de las guerras y batallas perdidas o incluso ganadas. Tampoco es el cielo un paraíso donde cultivar la semilla del fruto prohibido, ni tan siquiera es un vertedero de almas sin más solución que la propia muerte. Incluso el atisbo de lo desconocido induce a nombrarlo todo, con letras y nombres desconocidos, y con adjetivos incalificables, acaso incalificados. Las oraciones y prerrogativas sirven de eso, de nada, de bálsamo frío y lascivo, sin pudor, aferrado a la concupiscencia como único medio de existencia y al amor como odio penetrante. Pero «¿por dónde?», me pregunto; «¿por qué», que inquiero. Mis deseos más prohibidos salen ahora a flote con la intención de hacerme sucumbir, ellos meditaron su venganza durante mucho tiempo para que falle en este preciso instante. Con el único consuelo de que siempre me quedará la música ignoro mi ruta y me invento cuatro caminos distintos a seguir: yo, el mundo, la muerte o Dios. Desolador panorama."

Y me quedé muerto allí mismo, cantando mi canción:

 

Vivo en una caverna en la que no entra el sol,

oscuridad.

Me tatúo el cerebro para no enloquecer,

figuras necias.

Sé que la serpiente cuida de mí.

Sé que el desierto está ahí.

Me siento guijarro formando su camino.

La escalera

sube hasta abrir las puertas del cielo,

palabras sabias.

Sé que el águila reza por mí.

Sé que la montaña está ahí.

Sigue congelado hasta ser luz.

Puedo sembrar todos los vientos,

puedo sentir, ¡ansiada libertad!

Sin saber qué recoger,

cabalgo entre nubes.

Limpio con fuego mi corazón.

Arranco mi miseria con desazón.

Caverna negra,

fuera estoy ya.

Figuras necias, es mi dolor.

Gente indefensa.....

Creo en mí.

 

Águila, serpiente y yo.

 

Pablo / federico

lebiniet@geocities.com

http://www.geocities.com/athens/parthenon/2438

 

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