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COLABORACIONES
"La democracia bajo sospecha". Por Alvaro Quezada. Universidad de Chile.
"El ateísmo". Por Felipe Giménez Pérez; profesor de filosofía.
"Humanización;¿lo propio del siglo XXI?". Por Jaime López Aguilar. Méjico.
"¿De qué sirve la filosofía?". Por Eliseo Rabadán, prof. de filosofía en el IES "José Hierro" de San Vicente de la Barquera (Cantabria).
Alvaro Quezada S.
Programa de Magister en Filosofía
Seminario Filosofía de la Historia:
Teoría contemporánea de la democracia
Profesor Carlos Ruiz S.
INDICE
Introducción
1
J. Schumpeter: destruyendo el fraude de la concepción clásica
2
Un criterio realista empírico para la democracia
10
Más allá del elitismo, más cerca de la democracia
14
¿Sólo una esperanza?
24
INTRODUCCIÓN
Nuestro tema es la democracia. La democracia tal como la conocemos, pero también la
democracia tal como la pensamos. La democracia no pensada desde la nada, como si no
conociéramos sus formas, sino pensada desde las manifestaciones actuales de este
régimen político.
Las palabras tienen significados, y "democracia" es una palabra que sin duda
significa algo para todos nosotros. Pero, ¿significa lo mismo? Al parecer no. Pensemos
por ejemplo en una situación trivial. Un grupo de amigos quiere hacer algo en un fin de
semana. Cada uno tiene distintas ideas: uno quiere ir al cine, otro prefiere salir a ver
si ligan algunas chicas, otro, prefiere conversar y tomar unos tragos en algún café. De
pronto surge la idea: ¡decidámoslo 'democráticamente'! Lo que eso significa es que
decidirán lo que prefiera la mayoría. Surge de este simple ejemplo una primera
connotación, la del sentido común, la que entiende que actuar democráticamente es hacer
lo que decidan los muchos, no lo que piensen unos pocos.
La noción clásica de democracia, aquella que responde al parecer de los muchos, ha
hecho gala de sutiles procederes para legitimar sus acciones. Por ejemplo, la distinción
entre mayoría simple y mayoría absoluta. Suponemos que la decisión es más legítima en
cuanto representa absolutamente a la mayoría. Muchas veces la mayoría simple no nos deja
satisfechos y hemos de recurrir a otros mecanismos para transformarla en absoluta. Pero
no es eso lo que importa. Entre las variadas formas que el ser humano ha puesto en
práctica y ha pensado para ordenar sus asuntos en común está la democracia. Entre los
atenienses la democracia era mucho más que eso, no era un simple procedimiento para
dirimir disputas. La democracia ateniense era también una forma de vida. El ciudadano
debía cumplir sus deberes como tal y participar activamente en las decisiones de su
ciudad-estado. También entre los teóricos clásicos de la modernidad la democracia tiene
un contenido valórico. La participación democrática supone un plus en la vida humana
individual y colectiva. El hombre es más humano en la medida en que coparticipa en las
decisiones de su colectividad y se hace responsable de esas decisiones.
Sin embargo, lo que ahora nos interesa es la situación actual de la democracia.
Porque, de acuerdo a lo que apreciamos, la democracia -esa que concebimos como la
decisión que emana de las mayorías-, está hoy bajo sospecha. Es decir, la democracia
como participación del pueblo en las decisiones comunes parece hoy una concepción
obsoleta. Es como si el resonar de esta palabra en nosotros trajera hoy a la conciencia
inmediatamente que se trata de una idea mítica o utópica, de algo pensable pero
difícilmente alcanzable. La democracia en su idea clásica, está hoy bajo sospecha porque
se le acusa de ser un fraude, una mentira demagógica y/o una aspiración irrealizable.
Me interesa considerar una postura en particular, la del economista Joseph
Schumpeter, posición que es paradigmática de esta sospecha. Ella comprende la esencia
del postulado de la democracia elitista, el mismo que impera casi sin contrapeso desde
la mitad de este siglo. Sin embargo, también quiero tener en cuenta una crítica a esta
concepción elitista: la de Peter Bachrach, que rebate las tesis del elitismo, si bien
reconoce su verdad en algunos aspectos. Pero no sólo su crítica tiene relevancia.
También Bachrach tiene algo que decir.
I.- Joseph Schumpeter: destruyendo el fraude de la "concepción clásica".
Schumpeter no es propiamente un pensador político. Como parte de una postura de
posguerra, intenta pensar una forma política de sociedad que sea compatible con los
esquemas de mercado que cree más convenientes para la realidad de su tiempo. Sin
embargo, las cuestiones abordadas por él desbordan lo simplemente económico. Sus ideas
tienen un efecto devastador sobre las concepciones clásicas de la democracia. En su
libro "Capitalismo, socialismo y democracia", en tres capítulos, realiza una feroz
crítica a esta forma de la democracia. Seguiremos en lo medular el contenido de estos
capítulos para luego examinar las críticas de Bachrach y lo que éste tiene para
proponer.
En primer lugar, debo decir que es el mismo Schumpeter el que se encarga de
delimitar lo que se conoce como "la concepción clásica de la democracia". Su
caracterización es una suma de rasgos que, según él, forman parte de dicha concepción.
Mete en un mismo saco, por así decirlo, las diversas ideas que históricamente se han
tenido sobre la democracia. El énfasis de sus diatribas está dirigido eso sí,
fundamentalmente contra el utilitarismo de J. S. Mill. También los dardos apuntan hacia
J. J. Rousseau, sobre todo en lo relativo a la supuesta soberanía popular. Pero, en fin,
de acuerdo a la definición preparada por el propio Schumpeter, la concepción clásica
insiste en que
"(...) el método democrático es el acuerdo institucional para la toma de
decisiones políticas, que logra el bien común haciendo que el pueblo mismo decida las
cuestiones, mediante la elección de individuos que deben reunirse para ejecutar su
voluntad."
Según Schumpeter, esta definición engloba lo esencial de lo que "tradicionalmente"
se ha considerado como democracia. Reparemos, en primer lugar, que Schumpeter se refiere
a la democracia como "método democrático", cuestión que no es casual y que tendrá luego
gran importancia cuando, por oposición a esta idea clásica, presente su propia
concepción empírico-realista.
Los dos primeras aspectos que le parecen cuestionables a Schumpeter son, por una
parte, la noción de "bien común" y, por otra, la "voluntad general", expresada en las
decisiones que ejecutan ciertos individuos. Lo que aquí se señala es que, en la
democracia, es el pueblo el que decide las cuestiones pensando en el bien común; y los
gobernantes elegidos no hacen otra cosa sino realizar la voluntad del pueblo. Bien común
y voluntad popular son entonces los dos pilares en que se sostiene esta concepción
democrática clásica.
Scumpeter ironiza respecto de la idea de bien común. Se refiere a ésta como aquella
luz que todo sujeto racional y medianamente inteligente puede distinguir y que guía las
acciones político-sociales, permitiendo distinguir lo bueno de lo malo. El supuesto
siguiente consiste en creer que la voluntad popular opera orientada por la búsqueda del
bien común. De modo que una idea va a la par con la otra. El bien común requiere de una
voluntad que la reconozca, y esta voluntad ha de ser la de todos los que quieren el bien
común. El fundamento del método democrático clásico reside en el bien de todos, que
todos pueden reconocer, decidiendo y actuando regidos por él.
Señala Schumpeter que, si bien se puede aceptar que todos los individuos desean
el bien común, no estamos seguros de que piensen lo mismo cuando tienen en mente el bien
común. La relatividad no sólo afecta los fines en que se satisface la búsqueda del bien
común, también afecta a los medios, puesto que, podremos alcanzar acuerdo respecto de un
determinado bien, pero no necesariamente vamos a querer obtenerlo por los mismos
métodos. Esta relatividad y subjetividad valórica en que se sostiene la concepción
clásica, repugna a Schumpeter pues no da lugar a un análisis lógico y científico del
problema de la democracia.
En consecuencia, si no es posible discernir un bien común, no tiene sentido afirmar
la existencia de una voluntad general, puesto que si, como vimos más arriba, el bien
común está teñido de subjetividad y de valoraciones personales, no existiría un centro
objetivo hacia el cual pudieran converger las voluntades individuales. La voluntad
general, al perder el sustento y orientación de un bien común, se esfuma así en el aire.
La voluntad general hace agua, según Schumpeter, también por otros lados. En primer
lugar no resulta racional considerarla exclusivamente como la suma de voluntades
individuales, la simple suma no hace que una decisión tomada sea la más correcta. Y eso
también porque, como veremos más adelante, debiéramos suponer en cada individuo una
racionalidad y una independencia de criterio que no son tales. En segundo lugar, tampoco
hay nada que asegure que la voluntad general corresponda efectivamente a lo que el
pueblo quiere, en particular cuando las opiniones entre los individuos se muestran muy
divididas o cuando reportan un grado importante de conflicto. En ciertas ocasiones,
incluso (y sobre esto Schumpeter abunda en ejemplos) es preferible que algunas
decisiones beneficiosas para el pueblo le sean impuestas y no decididas por él. En tales
casos, una decisión autoritaria refleja mejor la voluntad general que la consulta a la
suma de las voluntades individuales. Llevando al extremo la desconfianza respecto de la
voluntad general, Schumpeter llega a afirmar rotundamente que casi nunca el gobierno por
el pueblo consigue resultados beneficiosos para el pueblo.
Schumpeter avanza descreditando el rol del individuo en la vida política, haciendo
explícita su irresponsabilidad y su incapacidad para manejarse en este tipo de
decisiones. Es decir, primero arremete contra el entramado lógico que sostiene la
concepción clásica, relativizando el bien común y la voluntad general, y luego,
entendiendo que para el utilitarista tal voluntad sólo puede originarse en la suma de
voluntades individuales, desautoriza a estas últimas en su idoneidad para hacerse cargo
de las cuestiones políticas.
En primer término, Schumpeter se refiere al cambio sufrido en los últimos años en
la imagen que el ser humano tiene de sí mismo. Desde verse como un sujeto racional,
autónomo y consiente, ha pasado a considerarse como un ser heterogéneo e irracional,
prisionero de una instintividad que la conciencia no alcanza a controlar. Esto se hace
patente sobre todo en su conducta social, en que, bajo la influencia de la multitud, los
individuos dejan escapar conductas que nada tienen que ver con el sano juicio y la
racionalidad.
En segundo lugar, la publicidad y el mercado tienden a generar un cúmulo de
necesidades en el consumidor, dictándole preferencias de una manera caprichosa e
inoportuna. Si bien, en las cuestiones más triviales y directamente relacionadas con sus
necesidades inmediatas, el individuo tiende a actuar con buen sentido y con
responsabilidad, estos desaparecen en cambio en cuanto se trata de cuestiones políticas.
Y es que, a juicio de Schumpeter, en el individuo común las cuestiones políticas ocupan
las horas ociosas, junto con los temas de conversación irresponsable. Para el individuo
ordinario, la política constituye un mundo ficticio, cuyas consecuencias raramente le
afectan.
Todas estas críticas apuntan a que, siempre según Schumpeter, el individuo no llega
nunca a estar en posesión de una voluntad autónoma y efectiva (condición de posibilidad
en la concepción clásica para decidir en las cuestiones políticas). Es decir, de un
individuo cualquiera (un integrante de la gran masa) no puede decirse que ejerza un
criterio autónomo y consiente que le permita participar directamente en las cuestiones
de Estado. Y esto es así porque un individuo común dedica a las cuestiones públicas una
atención similar a la que dedica a un juego de azar cualquiera. La opinión irresponsable
e infundada de la que el hombre común hace gala, abre el campo político como una ámbito
donde todo puede decirse y donde toda decisión, por descabellada que sea, es posible. El
ciudadano medio baja a un nivel inferior de actuación mental en cuanto entra en el campo
político, se vuelve otra vez primitivo. Ello implica en primer lugar que, aunque nadie
intentara influir en él por medio de la propaganda, siempre estaría expuesto a ceder
ante su propia irracionalidad y sus prejuicios. Y, en segundo, su idiocía deja lugar a
la acción de grupos interesados en producir opinión, grupos que modelan la voluntad
popular y la convierten en voluntad fabricada, siguiendo métodos análogos a los de la
publicidad comercial.
Toda esta evidencia indicaría que el pueblo rara vez decide sobre las cuestiones; y
es más adecuado decir que nunca. Si bien es cierto a veces surgen proposiciones genuinas
a nivel de la ciudadanía, lo cierto es que
"(...) el pueblo no plantea ni decide los problemas, sino que los problemas que
modelan su destino se plantean y deciden normalmente sin su participación."
Este tercer aspecto apuntado por Schumpeter, y al que dedica buena parte de sus
esfuerzos por desenmascarar el "fraude clásico", representa una convicción fundamental
de la que se hacen cargo sucesivos elitistas posteriores. La desconfianza en el hombre
común -la imposibilidad de dejar las cuestiones públicas a juicio de la voluntad
mayoritaria- es algo en lo que están de acuerdo la totalidad de los elitistas. Desde tal
convicción, surge la propuesta para que sean sólo los grupos de especialistas quienes se
hagan cargo de las decisiones políticas. "No a la masa inculta e irresponsable; sí a la
élite preparada en la oferta política". La aristocracia que aquí se postula no es
aquella fundada en la raza o en la familia; se refiere, en cambio, a una clase de hombre
capaz de competir políticamente en el mercado donde el electorado es un consumidor, que
elige al representante que más le satisface y deja en sus manos las decisiones de
gobierno.
Estas consideraciones tienen especial relevancia cuando se trata de contrastar el
elitismo con otras propuestas más contemporáneas. Es claro que el elitismo surge como
una forma de ordenar teóricamente los procesos que, desde finales del siglo XIX pero con
especial fuerza después de la segunda guerra, se estaban dando en lo que podríamos
llamar las democracias reales. El modelo liberal de mercado se encumbra como el tipo de
ordenamiento económico que puede hace frente a la deprivación y a los problemas
productivos. Alucinados con los modelos de libre mercado que funcionan en la economía,
los elitistas intentan aplicar sus principios a la vida política. De este modo, surge la
idea del mercado político y de las élites que compite por el gobierno con su propia
oferta. El ciudadano no sólo es un consumidor y un maximizador de bienes materiales sino
también de las ofertas políticas de las élites. Sin embargo, tal traspaso de los
principios económicos al mundo político acentúa la desigualdad y sitúa al ciudadano como
un ente pasivo, creando una tensión con los principios básicos de la democracia: la
libertad, la igualdad y la participación.
Pero, antes de entrar en lo que el elitismo propone, abundemos un poco todavía en
la crítica schumpeteriana al modelo clásico de democracia. Schumpeter cree que las
razones por las cuales el modelo clásico pervive en las mentes de los hombres, pese a su
evidente mentira, son, en primer lugar, que el credo democrático de participación e
igualdad está asociado a un creencia religiosa: la de que todos los seres humanos son
iguales ante Dios. Los utilitaristas de la concepción clásica, usaron la democracia como
un sustituto de la religiosidad a la que habían renunciado. Para aquellos que
conservaron su religiosidad, la democracia se convirtió en un complemento de la misma.
De este modo, la democracia se convierte en un plan ideal, algo que no se puede discutir
racionalmente ni tiene que ver con hechos políticos, sino que es objeto de aspiraciones
y esperanzas.
En segundo lugar, las formas y frases de la democracia clásica se asocian con hitos
históricos importantes en las naciones que han adoptado el sistema democrático, lo que
provoca instantáneas adhesiones. Allí donde prima el amor a la patria recuperada de la
tiranía, es mucho más posible la fraseología infundada. Incluso no es siempre necesaria
la existencia de hitos históricos para que cunda la retórica igualitaria. El uso de
fraseología aduladora pone en funcionamiento mecanismos de adhesión y aprobación, aunque
su relación con la realidad política sea escasa.
En tercer lugar, justifica la supervivencia del modelo clásico, su aplicación
exitosa en sociedades pequeñas, con escasa pluralidad y, por ende con bajo grado de
conflicto. A la inversa, en sociedades numerosas, plurales en su composición y altamente
conflictivas, es en donde se hace más patente la inadecuación del modelo clásico de
democracia.
II.- Un criterio "realista - empírico" para la democracia.
Veamos en seguida qué es lo que Schumpeter tiene que oponer ante el fraude clásico
(como él mismo denomina al anterior modelo). Schumpeter define su postura como realista
y empírica. Realista, porque no se basa en patrones ideales; empírica, en cuanto declara
su pleno apego a los hechos y a la descripción de lo que efectivamente ocurre en las
democracias actuales. Desde este punto de vista, su concepto de democracia reduce el
papel del pueblo a "(...) la creación de un gobierno, o de un cuerpo intermedio que
a su vez creará un ejecutivo o gobierno nacional (...)"
Aquí no se trata de que el pueblo ejerza su voluntad a través de individuos
elegidos especialmente para ese efecto. El electorado, en esta concepción
realista-empírica, sólo tiene por misión la elección de un grupo de individuos en los
cuales delega la decisión de toda cuestión pública.
"(...) el método democrático es el acuerdo institucional para la toma de
decisiones políticas, donde los individuos adquieren el poder de decisión mediante la
lucha competitiva por el voto del pueblo."
Está claro entonces: no es el pueblo el que decide, son los individuos,
(algunos, los elegidos) quienes deciden. Y alcanzan ese poder de decisión compitiendo
por los votos del electorado, en un libre mercado de ofertas y demandas.
A juicio de Schumpeter, esta perspectiva supera con mucho la mentirosa proposición
clásica. El asunto para este economista, de tan fuerte influencia en el pensamiento
político liberal posterior, es que no se trata de un problema de preferencias respecto
de un modelo. Se trata de que, mientras el modelo clásico se refiere a instituciones y
mecanismos que no tienen una existencia real, su propio modelo reconoce en cambio los
límites de la democracia y sus expresiones concretas.
Al enfatizar en un marco descriptivo, el modelo schumpeteriano delimita un "modus
procedendi", que distingue a la democracia de otros modelos. No se compromete con una
proposición valórica respecto de un ideal de participación que permitiría un más
completo desarrollo individual, sino que establece los procedimientos mínimos, reales y
efectivos, que distinguen este modo de proceder de otros que no cabría llamar
democráticos.
Por otra parte, el modelo de Schumpeter incorpora, de manera no velada, la
presencia de la "dirección política". Existiendo desde siempre en todo régimen, los
teóricos de la democracia clásica pretendieron ignorarla. En este modelo elitista, la
dirección aparece en el lugar que le corresponde, reconociéndose su importancia. Pero, a
su vez, la dirección se alcanza por medio de la libre competencia por un voto libre,
este es el modo de proceder del que hablamos. Se comprenderá que, pese a ello, quien
alcanza el poder tiende a torcer a su favor la competencia por todos lo medios, Pero aún
así, la posibilidad de que el sistema democrático, paulatinamente y en la realidad, se
convierta en autocrático, no altera el principio.
Debe ser claro para todos, según Schumpeter, que el principio de la democracia sólo
significa que el poder se entrega a quien obtiene más apoyo que los otros individuos o
equipos en competencia. Con ello se clausura el problema de si acaso los gobernantes
representan o no la voluntad popular. No es que la voluntad popular se haga presente en
la elección de un individuo o de un grupo determinado. La simple suma de voluntades
individuales no hace una voluntad general, porque las mayorías logradas por medio del
sufragio, pueden variar en función del mercado de las ofertas políticas y no aspiran por
tanto a la representación del mosaico del pueblo.
Aunque pueda pensarse lo contrario, luego de este despojo de soberanía popular que
se desprende del modelo schumpeteriano, los deseos y voliciones de los ciudadanos no son
empero, a juicio de Schumpeter, ignorados. Las reivindicaciones de grupo, esperan
latente la iniciativa de un dirigente político para que las convierta en factor político
y las introduzca en el libre mercado del ofrecimiento competitivo. De este modo, la
iniciativa corre por cuenta del dirigente o del partido, los que deciden representar las
reivindicaciones de un grupo determinado, introduciéndolas como un punto específico de
su programa político. Si el electorado piensa que un dirigente no ha cumplido con sus
ofertas, puede retirarle su apoyo en las elecciones siguientes. Eso sí, su participación
en el proceso se detiene hasta la siguiente elección y no es conveniente que intervenga
con alguna opinión o forma de movilización en este período.
En otro aspecto, el problema del ejercicio de la libertad del individuo y de su
posible conculcación por parte del aparato político, queda resguardado, en primer lugar,
en cuanto todos están en libertad de competir por los votos del pueblo. En segundo
término, dicha expectativa, supone libertad de opinión, de discusión y de prensa. Por lo
demás, Schumpeter dice tener clara conciencia de que el ejercicio de la libertad plena
no es posible en sistema político alguno, sino exclusivamente una cuestión de grado.
Los rasgos expuestos más arriba dan cuenta de lo medular del pensamiento
schumpeteriano respecto de la democracia. El asunto tiene sus aspectos fascinantes por
varios razones. En primer lugar, permite distinguir las democracias reales de la simple
aspiración a un gobierno igualitario y de participación. Si de algo se hace cargo
Schumpeter con propiedad es de la escasa sustentación empírica de la proposición clásica
que él mismo se encarga de aislar. Una teoría democrática insuficiente que supone
igualdad donde no hay sino oligarquía, que supone participación y decisión popular donde
no hay sino irresponsabilidad y apatía, debía dar lugar probablemente a posturas
extremas (como la de Schumpeter por ejemplo) que transformaran el ideal democrático en
un simple método de elección de élites. El vacío dejado por la ausencia de una teoría
democrática sólida, que sumara al componente valórico la imprescindible factibilidad en
los hechos, fue llenado por el escepticismo schumpeteriano, desconfiando de los valores
de igualdad política y participación popular. Era necesario entonces el remezón
producido por el elitismo para que la teoría de la democracia buscara nuevos criterios y
principios para fundar sus ideas, recogiendo los aportes de los teóricos clásicos de
otras épocas y las determinaciones necesarias de la época tan peculiar que nos toca
vivir.
III.- Más allá del elitismo, más cerca de la democracia.
Quiero referirme ahora al aporte de un pensador político contemporáneo, cuyo
trabajo intelectual arranca en parte de las opiniones de Schumpeter. Sin embargo, pese a
reconocer el valor descriptivo de su obra, transciende hacia una concepción que recoge
los valores democráticos tradicionales, como son la igualdad, la participación y el
desarrollo pleno del individuo.
Perfectamente consiente de que la sociedad moderna requiere de sujetos escogidos
para realizar las complejas labores de estado, Peter Bachrach piensa, sin embargo, que
el elitismo exagera la nota al suponer que, por todo lo expuesto, no es posible otra
forma de gobierno democrático.
El compromiso de Bachrach es básicamente con el sistema democrático, sistema que a
su juicio contrasta radicalmente con el elitismo. No se trata de que la democracia sea
el gobierno del pueblo, por oposición al elitismo que sería el gobierno de unos pocos,
aprovechados del resto. Se puede aceptar incluso que en la postura elitista se piensa
efectivamente en el interés común. Lo que está en juego en esta dicotomía, a juicio de
Bachrach, es que mientras el elitista considera la opinión de unos pocos esclarecidos
como más importante y más considerable, el demócrata no está dispuesto a imponer su
propia opinión, confiado en que ésta vale tanto como la de cualquier otro hombre.
Mientras el elitista identifica el bien común con la opinión de una élite de iluminados
políticos, que imponen su jerarquía y su propia manera de ver las cosas; el demócrata no
se siente autorizado a imponer su punto de vista, porque confía en la creencia moral de
la absoluta igualdad entre los hombres. El demócrata cree en la igualdad, y por ello
piensa que su opinión vale tanto como la de cualquier otro individuo. Del mismo modo el
demócrata, a la inversa del elitista, concibe la democracia tanto en términos de fines
(el bien común) como de medios (la participación en las decisiones), puesto que está
convencido, además, de que el pleno desarrollo humano se alcanza sólo en tanto el ser
humano participa en el descubrimiento de una verdad común y en el proceso de llevarla a
cabo. Es más, el demócrata hace depender el desarrollo de las capacidades del individuo
de la participación en las cuestiones públicas, puesto que, este desarrollo se produce
en la medida en que es capaz de trascender sus intereses personales inmediatos y
reconocer problemas comunes y puntos de vista diferentes.
Vemos aquí, hasta el momento, que para Bachrach, determinados "valores" de la
concepción clásicas deben seguir vigentes, particularmente el valor de la igualdad. La
premisa es que todos los hombres son iguales y, por lo tanto, ninguna opinión vale más
que la de otro individuo. Ese es el credo moral de la democracia que Bachrach se muestra
remiso a sepultar. Sin embargo, la enorme complejidad de las decisiones de gobierno en
la actualidad hace necesario compatibilizar el carácter ideal y normativo de la
democracia con las condiciones reales en que se desenvuelve la actual sociedad de masas.
Estas condiciones apuntan a reconocer plenamente la división entre la masa y la élite en
la moderna sociedad industrial y las consecuencias de esta división para la teoría de la
democracia. Se trata entonces de dosificar el idealismo democrático con un realismo no
derrotista.
Una alternativa que se nos presenta es desechar el modelo democrático de
autodesarrollo. El elitista se siente tentado a descartarlo por irrealizable y, en esa
medida, por contribuir a incrementar el escepticismo antidemocrático. En este sentido
podríamos conformarnos con dar un sustento teórico al sistema de las élites,
perfeccionando el equilibrio de los intereses y la participación de los individuos y de
los grupos en el proceso político.
Bachrach, sin embargo, cree que esta depuración de contenidos normativos, para
convertir a la democracia en una mera consulta de aprobación de élites, no es un acto
necesario ni inevitable. Es más, considera al elitismo como una teoría básicamente
incorrecta y endeble que no cumple desde el punto de vista normativo con los
requerimientos políticos del hombre del siglo veinte. Pero su propia concepción se
aparta también de la concepción clásica.
Para hacer ver los vacíos normativos del elitismo, particularmente de la concepción
de Schumpeter, Bachrach cita el dilema propuesto por Shumpeter en la ya citada obra
"Capitalismo, Socialismo y Democracia". Propone este último una situación ficticia en la
cual una colectividad determinada decidiera democráticamente que "se persiga a
cristianos, se condene a la hoguera a las personas acusadas de hechicería y se de muerte
a los judíos". Decididamente no aprobaríamos tales prácticas, porque atentan contra el
valor de la libertad, sólo que tendríamos que aceptarlas porque han sido decididas
democráticamente. En este caso, según Schumpeter, cualquier individuo no sentiría culpa
alguna de desechar un sistema político que trasgrede de esa manera intereses e ideales
que para él son más preciados. De tal manera, el bien común se alcanza no necesariamente
por medio de la participación democrática, más aún, a veces ésta representa un
obstáculo. Este dilema es presentado por Schumpeter como ejemplo de la incompetencia de
la concepción clásica para dar cuenta de estos vicios. De allí que se sienta autorizado
a introducir modificaciones en la teoría, a favor del gobierno de élites. Bachrach
señala que este dilema es falso. Ninguna sociedad puede llamarse democrática si entre
sus prácticas está la de impedir que una minoría pueda convertirse en mayoría, menos aún
si persigue con el exterminio y la tortura a quienes supone sus enemigos. Por lo tanto
si un sistema de gobierno actúa según esas prácticas no es un sistema democrático. Mal
puede achacarse a la democracia deficiencias que ella no tiene. Sin embargo, si lo que
quiso Schumpeter fue alertar acerca de los excesos derivados de las decisiones
compartidas, sin duda lo consiguió.
En aras de la defensa de la libertad y de que partió del supuesto de que la
democracia de participación popular no la garantizaba, Schumpeter propuso reemplazar el
concepto "gobierno por el pueblo", por el concepto "gobierno aprobado por el pueblo". El
papel del pueblo se reduce entonces a aceptar o rechazar periódicamente a los hombre que
han de gobernarlo.
El otro aspecto de la teoría elitista que a Bachrach le parece cuestionable, dice
relación con esta supuesta depuración del contenido ideológico de la democracia. De
acuerdo a los profetas del elitismo, la democracia es un sistema abierto al cambio, que
por esa misma razón no puede perseguir una finalidad o un contenido valórico. Tal
convicción coincide con una época que declara el fin de las ideologías. Sin embargo, el
problema es que ningún sistema está plenamente abierto al cambio. Las posibilidades de
cambio están siempre sujetas a las condiciones del presente y a los cambios de los
cuales deviene el actual sistema. De esa manera se va formando un cuerpo de
convicciones, no siempre expresadas, que conforma el eje normativo de un determinado
sistema político. Por ejemplo, el problema de la esclavitud parece una cosa juzgada en
la actual sociedad norteamericana; no es posible imaginar un sistema político que quiera
cambiar otra vez hacia esas prácticas. Toda definición del proceso de toma de
decisiones, por muy anodino que pretenda ser, produce una determinación en los tipos de
problemas planteados y en las decisiones reales alcanzadas, lo que corresponde a una
definición normativa.
Por otra parte, es necesario reconocer que las afirmaciones hechas por el elitismo,
respecto de la incapacidad de las masas para gobernarse y la imagen de la naturaleza
humana que de allí se desprende, tienen un contenido ideológico indesmentible. En
consecuencia, parece imposible la tal depuración normativa que el elitismo pretende.
Quien está dispuesto a hacer la clase de afirmaciones que hace Schumpeter, respecto del
nivel mental del ciudadano común cuando se ocupa de política, está haciendo sin duda un
juicio de valor y privilegiando con ello las facultades de un grupo, cuyo criterio sirve
para definir el bien común.
Pero Bachrach no puede sino reconocer el hito histórico radical que el denomina
(jugando sin duda con la frase de Ortega y Gasset) "la rebelión de las masas". Si bien,
hasta la mitad de este siglo estaba vigente la idea de que los problemas de las
democracias occidentales se superaban con una mayor democratización, esto es, abriendo
mayores espacios a la participación de las masas, desde la mitad de este siglo,
curiosamente, la democracia no intenta ya defenderse de los élites interesadas en
desvirtuarla. Es la propia masa popular la sospechosa de querer subvertir la democracia;
es de la masa de quien la democracia debe defenderse. Lo curioso de este fenómeno es que
se produce en un período de relativa holgura económica. Pareciera que la sociedad de
consumo produce un tipo de reacción patológica que obliga a los individuos a ventilar
sus angustias en los movimientos derechistas. Por otra parte, reduce la presión de
obreros e intelectuales en función del cambio, llevándoles a adoptar actitudes
acomodaticias.
Tal situación de apatía e irresponsabilidad de las masas respecto de lo político
obliga reformular el papel de éstas en el esquema de participación. Los trabajadores ya
no están dispuestos a luchar por ideales y valores. Más aún, se hace evidente que,
cuando sus intereses socioeconómicos están en juego, pueden ser indiferentes e incluso
preferir prescindir de sus libertades individuales.
Un número importante de evidencias hacen ineludible entonces reconocer la apatía
política de las masas y la necesidad de dejar la política en manos de las élites que
compitan por la aprobación del pueblo. La situación es paradojal, por cuanto un sistema
que nace como la posibilidad de protejer a las grandes mayorías de los abusos de los
gobiernos, debe protejerse ahora de los abusos de los que puede hacerlo víctima el mismo
pueblo, al punto que llega a hablarse del peligro de una "tiranía de las mayorías".
Pero a su vez, este estado de irresponsabilidad de las masas y su apatía es el que
sirve de pretexto al elitismo para delegar todo el poder en las élites, y para entender
que dicho proceso es irreversible. Ahora, el problema, según Bachrach, es ¿qué se
entiende cuando se habla de "política"? Si por "política" entendemos exclusivamente el
ámbito de las decisiones gubernamentales, entonces debemos darle la razón al elitismo,
en cuanto se hace necesario que estas cuestiones las aborden grupos de especialistas,
aprobados periódicamente por mayoría. Ahora si el concepto de "lo político" se extiende
al proceso de toma de decisiones que afecta al conjunto de la actividad colectiva,
entonces habría que adoptar un criterio que sirva para otras organizaciones como las
empresas privadas, y para toda otra organización que imponga autoritativamente valores a
la sociedad. Porque el elitismo quiere reducir el margen de lo político exclusivamente a
las decisiones de gobierno. En ese margen dicta normas respecto de modo como se adoptan
las decisiones, y tiene razón, la masa no está capacitada para participar en esas
decisiones, es más, ni está siquiera interesada. Pero existe, a juicio de Bachrach, un
ámbito importante de actividades, cuyas acciones y decisiones son gravitantes para la
suerte de la sociedad, donde es posible aspirar a una participación en el poder, donde
es posible aspirar hacia una progresiva "igualdad de poder", valor que, como hemos
dicho, es, para Bachrach, esencial a la democracia. Este ámbito es el de las grandes
corporaciones y el de las empresas privadas.
Cierto es que, si se trata de salvaguardar el valor de igualdad, el elitismo
democrático no es la mejor solución a la mano. El concepto de "igualdad de
oportunidades" no representa satisfactoriamente este anhelo de salvaguarda. Pese a que
Dahl reconoce al principio de igualdad de poder como un principio moral, propone
descartarlo en busca de un criterio más realista. Bachrach considera que esta es una
postura inaceptable. Una noción no puede ser abandonada como válida sólo porque es
actualmente inalcanzable; perfectamente puede servir para orientar hacia una sociedad
más humana. En este caso, el principio de igualdad puede servir como guía y como
estímulo para profundizar la democracia.
Fundamentalmente, el problema no es si la élite gobernante está o no compuesta por
los mejores o por los más capaces. Tampoco se trata, como quiere Dahl, de igualar las
condiciones en la que la igualdad de oportunidades pueda ser posible. Se trata de "(...)
difundir el poder en la sociedad en grado suficiente como para inculcar en personas de
todas las esferas la justificada sensación de que gozan de él para participar en las
decisiones que los afectan y que gravitan en la vida común, particularmente dentro de la
comunidad inmediata en la que trabajan y a la que dedican sus energías durante la mayor
parte de sus horas de vigilia. Por supuesto, las 'decisiones primordiales de gobierno'
deben ser adoptadas por unos pocos, pero ello no es motivo para que fijemos un criterio
de democracia que no proporcione guía alguna cuando se quiera combatir la rápida
concentración de poder fuera de esta limitada esfera de toma de decisiones."
En la teoría democrática de Bachrach sigue vigente el ideal clásico de
autodesarrollo del individuo derivado de su participación en las comunidad y en las
decisiones políticas. Pero cabe postular, para las modernas sociedades industriales, un
criterio más realista. Piensa Bachrach que, en lo esencial, el planteo elitista es
correcto. Debe limitarse en extremo la participación de las masas en las decisiones
primordiales de gobierno. Pero no existe razón alguna para no permitir la participación
ciudadana en las decisiones políticas de las burocracias privadas e intermedias. Estas
organizaciones afectan de igual manera la vida de las personas y de manera más directa,
por cuanto se trata en ocasiones de sus más inmediatos problemas.
Los dos extremos son perniciosos. Una posición basada exclusivamente en el
autodesarrollo sería impracticable y acarearía escepticismo y apatía. Una negación de
toda instancia normativa destruiría la posibilidad de alcanzar una vida mejor. Se trata
sí, de crear una teoría fundada en el objetivo del autodesarrollo, que haga frente a la
estructura de élite y masa, característica de las sociedades modernas. Es claro que, de
acuerdo a Bachrach, no puede prescindirse de una teoría normativa. Más allá de que las
teorías meramente explicativas no son tales, una teoría normativa permite orientar las
acciones humanas y mejorar la actual condición de todos los individuos. El aporte de
J.S. Mill es por esto innegable. El interés del individuo en la democracia ha de ser
doble: por un parte, interés en los beneficios o resultados finales y, por otra interés
por el proceso de participación en la igualdad de poder. La ecuación necesaria se
produce si concebimos que "a mayor disfrute de la igualdad de poder, mayor el número y
la calidad de los beneficios". La objeción de los elitistas relativa a la apatía de las
masas respecto de las cuestiones públicas, no encuentra aquí asidero alguno. El hombre
común no participa de las cuestiones públicas porque se acostumbró a percibir que su
intervención esporádica no tiene efecto alguno sobre las decisiones finales. Pero si
pensamos en el círculo de los efectos inmediatos que las decisiones tienen sobre cada
individuo la distancia se disuelve. El ciudadano aprende que cada una de sus formas de
participación tiene consecuencias sobre sus intereses inmediatos, y esto reduce y hasta
elimina la apatía.
En suma, no se trata de profundizar la democracia a espaldas del hombre común, sino
sólo con su concurso y participación ampliada en lo político. El ámbito de su
participación puede ser mientras tanto limitado, pero del mismo sistema democrático
dependerá en qué medida puede ir ampliándose su responsabilidad a cuestiones menos
relacionadas con sus intereses inmediatos. Lo que sí debe ser considerado, es que lo
político no puede ser estrechamente circunscrito a las decisiones primordiales de
gobierno, es sólo en este ámbito donde tiene sentido la en apariencia irreductible
distinción entre la élite y la masa. Lo político abarca también la participación del
hombre común en las decisiones de los centros de poder privados, de modo de hacer así
realidad el valor de igualdad de poder, propio de la democracia.
IV.- ¿Sólo una esperanza?
Claramente es necesario reconocer que la democracia está bajo sospecha. Sigue bajo
sospecha. Lo hace patente la vigencia (y hasta la insolencia) del pensamiento
neoliberal. Sin embargo, el criterio de Bachrach entrega una posible salida al
escepticismo sobre la participación popular. Quizás no es posible aspirar nuevamente a
una participación ampliada en todas las esferas de lo político, por el tamaño de los
conglomerados humanos y por la complejidad de las decisiones, pero podemos quizás
avanzar hacia una mayor compenetración en nuestros problemas comunes, esperando incidir,
al menos indirectamente, en las decisiones gubernamentales.
En otro lugar, otro teórico alude a los mismo cuando, al presentar su propio modelo
de participación, declara que: "(...) debo hacer hincapié en que no he estado buscando
más que caminos posibles, aunque apenas sean posibles."
Uno de los tópicos que últimamente no son tratados con frecuencia en
la filosofía de nuestro tiempo (si es que así merece ser llamada, lo que yo
dudo) es el tema del ateísmo. El ateísmo, su tema, su cuestión siguen siendo
línea demarcadora entre unos y otros en filosofía y política y ello por
mucho que algunos ideólogos interesados se empeñen en desterrar tales temas
al baúl de los recuerdos del siglo XIX. El irenismo es el peor enemigo de la
filosofía. La filosofía no tiene nada que ver con el consenso, sino más bien
con la guerra, con la polémica. De modo que con este artículo pretendo ser
polémico y mi posición será contraria al agnosticismo y al teísmo.
Aclararé de entrada que no son lo mismo ateísmo que impiedad. El
ateo niega práctica y teóricamente a Dios o a los dioses. Es un término
relativo. Se es ateo respecto de algún Dios o dioses. La impiedad en cambio
es la negación teórica y práctica de la religión. El caso de Aristóteles es
a este respecto paradigmático para entender mis afirmaciones. Aristóteles
sostiene que hay un Dios (El acto puro) pero niega práctica y teóricamente
la religión (el acto puro ni oye, ni ve, ni sabe nada de nada, salvo de sí
mismo, por lo que las oraciones y plegarias no sirven para nada y con ello,
la religión es trascendentalmente imposible en Aristóteles). Así,
Aristóteles sería teísta pero impío.
Después de Spinoza, Kant, Marx, Feuerbach, Nietzsche, Sartre, Freud,
G. Bueno, la teología escupe sangre por la boca. La religión ha recibido ya
los suficientes palos como para que se mire con desconfianza al que la
practica y respeta así como para no considerar seriamente al que aún cree en
Dios.
Las pruebas de la existencia de Dios de la filosofía clásica se han
mostrado como falaces. La Ontología no necesita a Dios. La Cosmología
tampoco necesita a Dios, la Psicología rechaza el concepto de alma. La
Teología es una pseudociencia ideológica al servicio de intereses
eclesiásticos que nada racional puede ofrecernos. La Ciencia prescinde de
Dios. La ética no necesita de Dios para autofundamentarse desde Spinoza y
Kant. Entonces ¿Para qué sirve Dios hoy día aún? ¿Para dar sentimientos de
tranquilidad y de esperanza y paz espiritual? Muchos fármacos consiguen
producir esos efectos en el sistema nervioso central sin tanto aparato
místico. La función de Dios hoy, así como la de la religión es perpetuar la
opresión, favorecer la comodidad y la tranquilidad al precio de la
estupidez. La religión consuela al pueblo y da seguridad, esperanza, al
precio de la necedad y de la neurosis obsesiva. Es el perpetuamiento
voluntario de la culpable minoría de edad de la que habló Kant en "¿Qué es
ilustración?" (1784) Aún queda mucho para que la gente se percate de que ya
está cortada desde hace mucho tiempo el último ancla de toda esperanza y de
que como muy bien señaló Nietzsche en el siglo pasado, Dios ha muerto y lo
hemos matado nosotros para asumir con entera libertad nuestro destino y para
dar un sentido autónomo a nuestras vidas en un horizonte emancipatorio y
racionalista.
Por ello, no tiene sentido un partido religioso de izquierdas???.
¿Qué tiene que ver el materialismo histórico con el Espíritu Santo? Sólo un
partido de izquierda roja, ateo, ilustrado, racionalista, impío es para mí
una garantía de claridad y coherencia de principios. Los creyentes que
quieran que colaboren pero que sepan que no estamos dispuestos a sacrificar
nuestros principios para darles gusto a ellos.
Izquierda es igual a socialismo más racionalismo y el racionalismo y
la religión mal avenidos están. La fe es irracional, arbitraria y ya carece
de todo fundamento. Para alguien que quiera liberar al hombre de sus temores
y angustias y esperanzas, la religión ha de estar lejos, fuera de su
proyecto emancipador. Por eso es por lo que no es ninguna tontería hoy aún
delimitar filosóficamente entre ateos y teístas.
HUMANIZACION, ¿LO PROPIO DEL SIGLO XXI?
Por Jaime López Aguilar
A lo largo de la historia de la humanidad, se han presentado fenómenos que permiten una definición de las características básicas y fundamentales que han determinado la forma de vida del ser humano, a modo de ejemplo baste decir que desde finales del siglo XIX y hasta finales de presente siglo, se ha vivido la era de la tecnología con mayor intensidad a partir de los años cuarentas con el advenimiento de las computadora, el dominio sobre el átomo y los avances de la ciencia medica; forma parte de esta era ya en los albores del nuevo milenio, la etapa de las comunicaciones, la información a través de medios electrónicos y el conocimiento.
Esta era de casi ilimitados avances tecnológicos, que han generado incluso un nuevo lenguaje para describir su fenomenología: automatización, software, internet, globalización, entre otros, también mueve a la reflexión sobre el futuro que habrá de enfrentar la especie humana, en el siglo XXI, en particular si se considera que la característica fundamental del hombre es su capacidad transformadora del entorno a partir del ejercicio de la inteligencia y la voluntad, conjugada en el concepto de trabajo, elemento que en si mismo le permite el acceso a estados superiores de vida.
Al respecto, Peter Drucker ha manifestado que toda empresa humana, tiene como causas primaria y última al hombre; derivado de lo cual es factible afirmar que cualquier organización productora de bienes o servicios nace para satisfacer una necesidad del ser humano y el proceso de producción incorpora a un grupo de hombres a la posibilidad de desarrollar todas sus habilidades y capacidades a través de su trabajo, y poder adquirir satisfactores para sus propias necesidades.
En la actualidad, el ser humano ha sido desplazado de las estaciones de trabajo por elementos mecánicos, en lo que se ha dado en llamar automatización, situación que ha incrementado considerablemente el desempleo y la problemática social derivada del mismo, pero en adición se presenta una sensible disminución en el consumo de satisfactores, es decir el tamaño del mercado se reduce.
Lo anterior, obliga a un cambio de visión de las relación económica, ya que bajo un enfoque meramente empresarial es factible considerar que los núcleos de población, marginados del mercado de consumo, es decir en condiciones de pobreza y extrema pobreza, y que en nuestro país oscilan en alrededor de 40 millones de personas; son un mercado potencial de consumidores ávidos de satisfactores para sus necesidades, pero carentes de la capacidad adquisitiva, por lo cual representan un área de oportunidad muy importante que requiere de acciones para reactivar y desarrollar este mercado.
Considerando el bajo costo de la mano de obra en México, factor que incluso se ha manifestado como ventaja competitiva en la firma de tratados comerciales como el TLC, es vital y prioritario analizar la factibilidad de humanizar los procesos productivos de las organizaciones empresariales, como elemento fundamental de una economía con un claro rostro humano.
Este planteamiento, se basa únicamente en la visión de negocio, sustentada en el desarrollo de mercados potenciales, sin embargo el humanizar procesos productivos, implica en si mismo una alternativa para establecer una economía competitiva en un entorno de libre mercado socialmente responsable.
De nuestra inteligencia y voluntad depende el futuro de la especie humana, y de la profunda reflexión del hecho innegable de que la causa final del hombre es el propio hombre, entendida, como su trascendencia como garantía de un futuro mejor.
Un hombre de 45 años de edad que se dedica profesionalmente y además como funcionario del Estado español a la enseñanza de la filosofía y la ética puede hacer estas reflexiones sin miedo a parecer escéptico y para que algunos jóvenes pudieran aprender de su propia experiencia. Al terminar la etapa anterior a la universidad no sabía muy bien qué hacer con mi vida. Un amigo me dice: entra a estudiar ingeniería, es muy interesante. Me meto a ingeniería y me doy cuenta de que no es lo mío: estar años y años de tu vida trabajando para una compañía fabricante de productos como ordenadores y aviones o autos...y al final qué queda? Interesado por el cine de Luis Buñuel y de Ingmar Bergman que se preocupan de los problemas de la existencia humana en Occidente, Me introduzco en la facultad que encamina para dirigir películas o trabajar en la Televisión el cine la prensa, etc. No me convence porque pienso que hay que hacer trabajos para los que pagan y sólo con una utópica independencia económica podría hacer lo que mis modelos de directores de cine. Entro por fin en la facultad de filosofía y veo un problema : ¿ en qué voy a trabajar para vivir? Se gana más dinero en el comercio o en los negocios ,por supuesto. Pero en la ciencia al servicio de los amos del dinero también. Es sin embargo una especie de sino o destino lo que te lleva a lo largo de la vida a volver a coger el camino de los estudios de filosofía y vas dándote cuenta de que no es lo que más interesa en la sociedad actual. Pero llegas a la conclusión de que siempre fue así. Y algunos intelectuales incluidos algunos colegas filósofos han llegado a ser verdaderas vedettes del sistema y los encuentras hasta en la sopa: prensa, y tv en las librerías y en los foros de debate, etc. Pero de algún modo sientes eso como un fraude, porque piensas que han estado engañando a la gente que los escucha. Y esta es la labor que consideras valiosa como profesor y enseñante de filosofía: la de criticar y ayudar a que los jóvenes no vendan su vida que es lo más valioso que tienen y tenemos por un puñado de dinero que al fin de cuentas no lo llevas a la tumba...pero no hay que engañarnos, es duro el camino de quienes verdaderamente luchan o pretendemos luchar por el conocimiento de los hechos tal cual se presentan a unte la actitud dialéctica y no meramente ante una metafísica más o menos rimbombante o que sirve como consuelo de afligidos. La labor de la filosofía es tan ingrata como la de los artistas, quienes en opinión de Jean-Paul Sartre son los que hablan sobre cómo deben ser idealmente las cosas. Los hombres serios sólo e adjudican la labor de hacer lo que es preciso: por ejemplo, reprimir y matar a quienes van en contra de la razón de Estado o de los intereses de los poderosos hombres de las finanzas y políticas mundiales que quisieran mantener la chusma a raya tanto en el Sur pobre como en el Norte rico. La filosofía es molesta y sólo así puede seguir siendo necesaria: porque al poder le interesan siervos y no personas que piensen con libertad y sin temor a decir lo que son las cosas- Y una sociedad sin filosofía es una sociedad que bien puede ser feliz como son los cerdos en el engordadero y aunque el día del banquete mueren, pero han vivido felices. Podríamos hacer un ensayo mucho más erudito y mucho más académico, pero la pregunta es ¿no hay ya bastante de eso en la vieja y putrefacta Europa?. Un saludo crítico y corrosivo de este profesor de filosofía en un pequeño pueblo de pescadores del Norte de España, en San Vicente de la Barquera, pueblo de caciques donde los haya, pero así es la vida, mis estimados compañeros. Y eso de que las mujeres han hecho o no filosofía o ciencia o lo que sea, vamos a dejarlo de una buena vez. Vale la pena no hablar más de ello y el hacer estas luchas entre sexos es sólo hacerle juego al poder porque sólo el movimiento se demuestra andando y hay que ponerse a hacer buenas y serias reflexiones y lo demás es perder el tiempo y las energías, además de promover discusiones que hoy ya son falaces y vacuas por completo, lo que pretenden las mujeres que buscan la superioridad de la mujer sobre el hombre es tan absurdo y falaz como lo que pretendieron los hombres de otro tiempo con lo contrario, incluyendo a gentes tan venerables como Schopenhauer o Platón o san Aristóteteles- canonizado por la Iglesia al convertirlo en Santo Tomás..., internet es otra cosa, quiero pensar que es un recurso que pone a disposición de los filósofos un arma tan novedosa como cuando se inventó el hierro y los que lo dominaron se hicieron más libres, es decir, siguiendo el razonamiento de Espinosa, más fuertes. Es decir, hay que trabajar quizá de otra manera distinta a la de los libros y escritos tradicionales en papel...por eso quizá este "ensayo" o como lo queráis llamar es algo distinto y hasta pudiera parecer poco reverente con lo que por estos lares gusta la gente de llamar "formas"...me río yo en internet de las formas...y a las pruebas me remito...
ESTA PAGINA ESPERA VUESTROS ARTICULOS, QUERIDOS LECTORES.