LAS CASILLAS DE MASAR       

              

El pan ha sido un alimento importante en la dieta de los sanjuaniegos. El trabajo en el campo ha consistido en sembrar, segar, trillar, cosechar y almacenar el grano en las trojes. Después, moler periódicamente los cereales recolectados y obtener harinas de trigo y centeno con los que elaborar ese pan necesario.  La mayoría de las familias poseían una casilla de masar o amasar(1). Estas casillas eran (aun se conservan algunas)(2)  unos edificios anejos a las casas familiares de los sanjuaniegos; solían ser pequeñas edificaciones adosadas a las casas con un horno en su interior.

         

           

Muchas ya han desaparecido al construirse sobre ellas casas nuevas. También había hornos para elaborar pan,  dentro de las viviendas o dentro de corrales previos a las mismas.

Los espacios de estas casillas solían ser reducidos, ocupaba el horno propiamente dicho, una pequeña cavidad semiesférica con puerta, por donde calentarlo e introducir la masa preparada para su cocción y con ello, las propias herramientas: palas, paletas de diferentes tamaños, gamellas, artesas, cedazos, bancos, palas, varas largas con trapos atados a una punta para limpiar el horno(3), más trapos para tapar las rendijas existentes en la propia puerta del horno, espátulas, algún cuchillo,  etc.

Todos estos hornos se calentaban con leña (preferentemente con piornos, retamas y jaras).

Los recuerdos son, ver a nuestras abuelas(4), preparar un día antes una levadura (la llamaban yelda), que se elaboraba mezclando en una escudilla un poco de harina y un poco de masa  guardada de la anterior hornada, o pedida a otras vecinas que anteriormente habían elaborado pan.

    

Una vez mezcladas se dejaba fermentar y así al día siguiente estaba lista para su uso. Llegaba el día y en la artesa que había en la casilla se amasaba la harina(5) mezclándola con la levadura citada, agua y sal completaban los ingredientes, se iba cortando y conformando en trozos, dando forma a unas tortas grandes de pan (medianas) para dejarlas después reposar en unas tablas a modo de estantes, tapados con una tela para favorecer la fermentación.

También se preparaban unos pequeños panecillos, con una hendidura en la mitad, elaborados con harinas y salvado de los cereales, llamados perrunillas que una vez cocidas las cogían los pastores y las metían en sus mochilas, como raciones de comida para los perros que cuidaban las ovejas.

Los hornos en el pueblo, se calentaban preferentemente con “ramos” (piornos secos) que se cortaban en el monte, en la Dehesa del pueblo, como un trabajo más, tras terminar la recolección del verano.

    

                 

Una vez secos se recogían, se traía a casa en carros tirados por vacas, se guardaban en corrales y pajeras y servían tanto para la lumbre de las casas, junto a troncos y ramas de otros árboles, como para el horno de amasar.

Se calentaba el horno y una vez que la bóveda (que solía ser de adobes) y el suelo del mismo, blanqueaban, como señal suficiente de que tenía los grados necesarios para cocer los panes, se  barría, extrayendo todas las brasas, las cuales recogidas en el suelo, junto a la base del horno, servía para calentar agua para la limpieza de la casilla, al colgar un caldero de unas “llares” existentes, todo era aprovechado y útil, como se ve.

Una vez limpio el horno, con una largas palas se introducían las tortas de pan, ya fermentadas y tras colocarlas se ponía la tapa o puerta del horno, rellenando las rendijas, con trozos de telas para impedir que el calor se escapase y así a esperar el tiempo adecuado.

Las familias cada quince días, aproximadamente, obtenían el pan, que guardaban envuelto en telas, en las arcas de las despensas. Estos panes(6) por su composición y tipos de harina se mantenían frescos, tardando muchos días en ponerse duros.

 

También se usaban los hornos para hacer dulces (mantecados, roscas y magdalenas) sobre todo en vísperas de fiestas: Carnaval, Fiesta del pueblo o celebraciones familiares (bodas, bautizos, etc.)

                

NOTAS:

  (1).- Históricamente los hornos fueron una importante fuente de rentas para los señores feudales, pero muchas veces, como no era fácil poblar ciertas tierras, cuando se producían avances de los castellanos hacia el Sur, delegaban, otorgando a las aldeas y villas para estimular su repoblación ciertas ventajas, entre otras, dando el derecho a tener hornos a los propios de las tierras repobladas. Muchos vecinos no tenían, pero otros se los dejaban como un favor a cambio de otras ayudas.

 (2).-Podemos encontrarlas, entre otras, en la calle Lancha del Trigo nº 20, c/ Poyalejo, c/ Cuesta Arriba nº 7, c/ Virgen del  Rosario nº 1 y 3, c/ Cañada nº 48, c/ Chorro Arriba, c/ Enebrillo, (había dos, una a cada lado, encima de la resbaladera y enfrente), c/ Jesús Martínez, c/ Candil nº 16 y c/ Higuerilla.

 (3).- “Toca de barrero”, “jurgadera”. (así se conocían), para limpiar y remover las brasas.

 (4).- Si, abuelas, preferentemente era un trabajo de mujeres.

(5).- Harina de trigo o centeno según el nivel económico de las familias, que se traducían en un pan más o menos blanco, ya fuese de uno u otro cereal. Hoy se tiende a apreciar más sano el mezclado con centeno (el más moreno) por contener más fibra vegetal.

(6).- Bueno es recordar y destacar la importancia del pan, alimento básico, trascendiendo de lo material  hasta convertirse en objeto de veneración. En cada hogar al empezar a comer, tras “bendecir la mesa”, dando gracias a Dios, el padre o madre de familia cogía la hogaza de pan y antes de partirlo en rebanadas, con la punta del cuchillo hacia una cruz sobre él, rozándolo levemente. Si alguna vez se llegaba a caer, se recogía del suelo y se besaba con cierta devoción, con gratitud…se solía decir que…..¡el pan es la cara de Dios!.. El valor del alimento duramente ganado…,costumbres y recuerdos vividos…y como no, la nostalgia de recordar aquel olor a pan reciente… 

  Buenos días  tía María,

Que bien huele a pan reciente

…Si me diera usté un cachito

Para mojarlo en aguardiente...

                                   .- De Estampas de color sepia.- Carlos Sánchez Pinto.

.- Refrán: “Pan de ayer  y vino de antaño, mantiene al hombre sano”.

 .- Un recuerdo, vivido en el siglo pasado  lo cuenta Claudia Pascual Martínez:

Dice que la mayoría de las familias  tenían hornos incorporados en las casas y muchas casillas de masar anejas o cercanas a las  viviendas, las menos, utilizaban la “casilla de tío Benito Minas”, donde amasaban  pagando por ello un pan grande “bodigo” que hacían y posteriormente dando 2 o 3 pesetas por el uso del citado horno. También había familias que cedían su utilización a otras que no tenían.

Solían hacer alrededor de 15 panes grandes de más de un kilo de peso que guardaban en un arca, envolviéndolos con una tela  “yeldero”, tela gruesa con la que tapaban la masa una vez preparada, para proceder a su fermentación antes de introducirla, ya hechos trozos en forma de pan en el horno.

Tras la Guerra Civil vino la escasez de alimentos… el Racionamiento,  entonces con unos cupones recortados de la Cartilla correspondiente, recogían de la casilla de Teresa “la Herrera” la ración correspondiente…”¡Años difíciles!...

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© Juan García Yuste. 2019