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Boletín 116 - Navidad  2009   Titulares I  Noticias |   Divulgación | Historia |  Documento
                  
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  FAENAS DE LAS FIESTAS.

      EL CHOCOLATE                                                                                    Anita Martín BayónLa Mata de Curueño

El chocolate que se prepara para el día de los disfraces de los niños y mayores, durante los días de la Fiesta de agosto, consiste en lo siguiente: 
  Ingredientes: 25  tabletas de chocolate (tiene que ser de la marca de la Viuda de Casimiro), 150 gramos de margarina Flora, aproximadamente 40 litros de leche de las ganaderías de La Mata, la de Miguel y la de Luis. 
  Elaboración:  En dos cazuelas grandes del Campamento, se ponen tres litros de agua dentro de cada una, se añaden 150 gramos de margarina Flora; se coloca al fuego para hervir y seguido se  trocean a golpes cada una de las 25 tabletas de chocolate; aparte tenemos una cazuela de leche hirviendo. 
  Nada más deshacer el chocolate con el agua, cuando rompe a hervir, empezamos a añadir la leche  muy despacio; y las personas que lo hacemos debemos estar removiendo sin parar para que no se pegue al fondo y también para que no se ahúme. 
 Nos lleva dos horas y media aproximadamente dejar el chocolate listo para servir. Lo hacemos en la cocina industrial del Campamento, que las Hijas de la Caridad nos ceden amablemente y nos sentimos en ella como si fuera nuestra. Aprovechamos para darles las gracias.


LAS SOPAS DE AJO   
  El viernes por  la noche de la semana de las Fiestas se encuentran los vecinos en el Corral de Las Sopejas y uno de los festejos es tomar sopas de ajo. junto con la sangría y los refrescos. 
 Ingredientes: 2 litros de aceite, 2 cabezas de ajo, un cuarto de pimentón, 3 hogazas de pan de dos kilos, sal y agua la que lleve. 
 Elaboración: Se machacan los ajos en el almirez, se echa aceite crudo, se mezcla bien y se echa al agua bien caliente. 
 Aparte, se hace un refrito con aceite y parte de los ajos que luego se quitan, se echa parte del pimentón teniendo cuidado de que no se queme y se añade al agua caliente con el machado anterior.
  Nuevamente se pone a cocer el agua y apunto de hervir se echan las sopas de pan sin dejar cocer nada. Se hacen también en la cocina industrial del Campamento Jumavi. 
  Se dejan reposar algún tiempo antes de llevarlas al Corral y que la gente de buena cuenta de ellas, mientras siguen las actividades propias del festejo: bailes, rifa, entrega de premios y canciones, antes de ir a la Verbena en la era. 
  Esta degustación de las sopas da un carácter muy especial a nuestras fiestas y, en especial, a las dos horas de encuentro en el Corral de las Sopejas.                    
Marisa Fernández  García   


RINCONES MÁGICOS. LA PLAZUELA

 

                                                                                                       Casimiro Rodríguez Castro

 

    Cuando regreso cada mes de agosto a mi pueblín, necesariamente, tengo que pasar por uno de los lugares que más recuerdos me traen a la memoria y donde el pasado se hace presente y nos acompaña siempre formando parte de nuestra vida: ese lugar no es otro que “la Plazuela”. Así, como suena, aunque parezca despectivo o de menor tamaño, es grande en recuerdos y muy especial por sus vivencias.

   Situada en pleno corazón del Barrio Arriba aparece una zona que va tomando forma variada según las casas, rincones, calles y callejas que vertebran gran parte del dicho barrio rodeándola por todas partes.

   En uno de los flancos, lo primero que atrae mi atención es una casa de planta baja y alta, recién  remozada, que ha sido despojada de viejos aderezos para dejar contemplar la belleza constructiva de los cantos rodados del río Curueño. Se está preparando para, pronto, proseguir con lo que siempre fue: “escuela”, “casa de cultura”. Allí aprendimos los conocimientos básicos; allí se asentaron las bases de nuestra historia personal. Se impartían clases a niños y niñas conjuntamente: conjuntamente, como escuela única que era, siempre por delante de los tiempos.La Mata de Curueño

   Acudíamos de todas partes del pueblo; unos con su cartera al hombro; otros con el cabás en la mano; y otros, no pocos, con una bolsa de tela bajo el brazo hecha por su madre. A ninguno le faltaba en su interior la enciclopedia “Álvarez”, la “pizarra” con su marco de madera y amarrada a él una  pequeña almohadilla casera para borrar lo escrito con el pizarrín (ecología práctica). Aún recuerdo como la Plazuela se iba llenando de niños y niñas (antes todos éramos niños); las voces van en amento; algunos juegan mientras hacen tiempo para entrar en la escuela. El bullicio infantil invade la Plazuela. El Sr. Maestro o Maestra abre la puerta de la escuela y van entrando en tropel a la planta baja para luego, subir al aula. Si era invierno y llovía o nevaba dejaban las madreñas en la parte baja, que era de tierra, y subían en zapatillas o alpargatas; los menos llevaban “catiuscas”.

   La  Plazuela enmudece y vuelve la serenidad de pueblo; está vacía pero nunca sola y siempre bien protegida por las casas y calles que le rodean y protegen de los malos vientos y de los fríos invernales.

  Pegada a la escuela se encuentra la casa de mi tío  Amancio y mi tía Tomasa, pequeña pero  llena de niños dándole vida; una gran piedra a la puerta hacía de asiento para los momentos de recreo y para las largas noches veraniegas al fresco; hoy esta casa es de Elena e hijos.

   Adosada a ésta se encuentra la vivienda de Antonio y Felisa, que en su día ellos mismos reformaron y agrandaron y que su hija Bernarda y familia disfrutan. Aún recuerdo que la antigua vivienda tenía un ancho corredor, al menos eso me parecía a mi que era  pequeño, y muy cerca de las portonas había un ”potro” en el que jugábamos a columpiarnos.

   Estas dos casas junto con la de la escuela debieron formar parte de una gran casona a juzgar por su situación y los elementos constructivos empleados: piedras labradas en sus muros y ventanas.

   Como intentando asomarse tímidamente a la plazuela, aparece la fachada de la casa del tío Felipe y Filomena, ocultada en parte por la cuadra de mi tío Amancio, hoy casa veraniega de Teresa . Tras esa fachada se aprecia una amplia vivienda donde moran hoy Antonino y Maruja.

   Lindando con la casa de Teresa se abre una calleja, que partiendo de la Plazuela accede a la casa vieja de Martín, da entrada al corral  del tío Felipe; siguiendo, al fondo, se encontraba una cuadra a la izquierda y una casa vieja a la derecha, ambas del tío Lázaro; la calle finalizaba en el huerto de mi abuelo Sergio, hoy casa, huerta y jardín de Flora Cecilia.

    Volviendo sobre nuestros pasos regresamos a la Plazuela y a nuestra izquierda nos encontramos con una pequeña callejuela a cuyo lado derecho se situaba la desaparecida casa de la tía Marciana  Hoy, en su lugar, disfrutamos de un bello y precioso jardín que Bernarda y Maruja cuidan con tanto cariño y esmero. Enfrente,  Juan y Rosario construyeron su vivienda. A un lado del jardín surge un "caño” con agua de la fuente la Llamosa, que aunque le cuesta darnos agua, nos refresca y ayuda a que el jardín este siempre florido y verde y que pequeños y mayores admiren los  peces de la fuente. “Jardín” y “caño” son dos elementos que contribuyen a embellecer y a hacer más agradable la estancia en la Plazuela.

    La zona cercana al caño, antes, su lugar lo ocupaba una laguna que con la llegada de las lluvias y heladas se convertía en pista de patinaje; sobre ella nos deslizábamos hasta con madreñas y alguna se quedó sin “peya” con “tarucos” incluido; por supuesto, que no conocíamos los patines.

    La Plazuela hoy se ha ampliado al desaparecer la casa de la tía Marciana y dejar ver el "centro rural” y la calle en la que está ubicado, junto con otras casas.

    La iglesia parroquial surge vigilante en uno de los extremos del amplio recinto; de ella parte la calle  de su mismo nombre en cuyo recorrido nos vamos a encontrar con el viejo caserón de Elvira y su huerta medio abandonada; Pura y Juanín edificaron una preciosa vivienda ajardinada, recién retejada por el sobrino Juanín.

    Siguiendo calle abajo se podía contemplar el discurrir de las aguas del reguero, los curros nadando por la presa y las mujeres del barrio lavando en la esquina de la “obra” de Víctor, pues no existía la edificación que más tarde realizó Antonio, y que hoy es pajar, almacén  y cuadra de caballos de José Antonio.

    La ahora denominada calle de la Iglesia prosigue hacia el “Campo y la Rinconada donde se despide de la bulliciosa Plazuela que fue y sigue siendo centro de vida; allí acudíamos para ir a la escuela; fue patio de recreo y castro de bolos de los pequeños. En la actualidad, allí acuden en verano a columpiarse, a recorrerla en bici, a refrescarse al caño, a encontrarse con los amigos y amigas; allí se citan en las noches de agosto para esconderse.

    Hoy, igual que ayer, la Plazuela comparte espacio con peques y mayores, con fuente y  jardín, con juego y descanso y siempre como lugar de encuentro, tertulia y vida: Plazuela del Barrio Arriba.

 

 


SANTA MISIÓN, 1933La Mata de Curueño

  Entre los recuerdos fotográficos de algunas familias de La Mata y en el archivo del Boletín existe una fotografía, de tamaño mediano, que recoge la participación de los vecinos en la Santa Misión o Misiones realizadas en la parroquia  hace 76 años, en el mes de marzo de 1933.   
  En dos ocasiones, nuestra revista ya ha dejado constancia de la existencia de esta fotografía, pero la reproducción ha sido en dimensiones demasiado reducidas como para distinguir apenas a nuestros antepasados.   
   Mostramos, en tamaño de doble página como permite las centrales de este ejemplar, la instantánea ampliada de aquella concentración de adultos, jóvenes y niños que testimoniaban su participación en la función religiosa

  Era costumbre que el párroco, con la ayuda de predicadores pertenecientes a alguna congregación religiosa que predicaban de pueblo en pueblo, organizase algún año que otro una reunión de los feligreses donde, durante dos o tres días, había una dedicación especial a la vida cristiana con la asistencia masiva a varios sermones sobre el Evangelio y con prácticas religiosas, con el fin de promover y acentuar la religiosidad de la gente. 
 Uno de estos hechos ocurrió en nuestro pueblo durante el tiempo de cuaresma del año 1933. Una cruz de madera colocada en una pared del templo parroquial testimonia desde entonces tal circunstancia; en la misma se lee la siguiente leyenda: Recuerdo de la Santa Misión. Padres Capuchinos. 26-3-1933. También aparece la fecha de 29-5-1965, ya que durante unos días de ese año se repitió esta práctica religiosa y se sirvieron de la misma enseña de la cruz. Además, en alguna casa se conservarán estampas como recordatorio de las mismas. 
  Valiosa, por tanto, es esta fotografía que recuerda aquel acto. Al parecer está tomada en las eras de Gregorio Fernández y de Lucas Ruíz, bien de su esposa Petronila Fernández, que lindaban con la carretera y a las que se llegaba desde el pueblo por La Callejina, la cual salía desde el inicio del Camino de La Moral.   Como dato significativo es que debieron participar algunos feligreses de las parroquias de Sta. Colomba y de Pardesivil. Así se ve, en la parte izquierda de la fotografía  (al observarla), a un grupo de niños y adultos pertenecientes al primer pueblo citado, otro grupo de niños  de Pardesivil hacia la parte central, mientras que un buen grupo de niños de La Mata están agrupados en la parte derecha, alrededor de la imagen del Niño Jesús de Praga colocado en sus andas. 
 Con la ayuda de Mª Ángeles Fernández López que tenía entonces 8 años, identificamos a continuación algunas de las cerca de doscientas personas que “posaron” hace tantos años y esperamos que algunos de nuestros mayores completen esta relación al contemplarla. 
La Mata de Curueño
  En la primera fila de abajo, y de izquierda a derecha, algunos reconocidos son: Eduardo García; Imelda Fernández, hija de Maximino; Sagrario, esposa de Patricio; Pascuala, hermana de Alberta y Clara (estas cuatro de Pardesivil); los niños:Celestina Bayón, Patricio Bayón, Francisco Díez (Quico) o Eladino; Amelia hija del tío Valentín, de Pardesivil. 
 En la segunda fila: D. Cayetano, D. Eulogio y D. Teodoro, párrocos, respectivamente, de Sta. Colomba, de Pardesivil y de La Mata y un padre capuchino predicador; Amancio Fernández y Román Fernández (con jarra y cazo); Eufemiano Díez con un niño en brazos (¿Pedro García, hijo de Antonio y Felisa?); Paula y Julia Bayón; con las andas, Eliseo Álvarez, nieto del tío Faustino y Ángel García, Mª Ángeles Fernández (con vestido blanco). 
 En la tercera fila: grupo de niños de Sta. Colomba; Dominica Bayón, (detrás de D. Teodoro); Marucha Bayón, hija del tío León, Andrea Bayón; Pura,  varias mujeres con mandil y entre ellas, Chonita García, Consuelo Fernández,  Amalia Muñiz, Honorinda García, nieta del tío Joaquín, Nila Fernández y Mª Luisa Cuesta; delante, Felisa, hija de la tía Nicolasa con una niña en brazos y Andrea Bayón; con las andas, Luis Fernández y Pedro Orejas; Nieves Castro, Ovidia Castro, Tomasa Castro, con un niño en brazos, D. Braulio, párroco de La Cándana o Sopeña. 
  En la cuarta y quinta filas, niños de Sta. Colomba y un amplio grupo de niños de Pardesivil y La Mata, reconociendo al final de la fila a Adolfo Fernánde, al lado del padre predicador.  
  En la última fila, quizás colocados sobre la carretera, mujeres y hombres de La Mata en su mayoría: Juana Fernández, Elena Robles, Florinda Álvarez, Asunción o Luz, María Bayón, Cecilia Robles, Marucha de Pardesivil, Elisa Getino, Eloy que era tambolirero, Fabriciano Cuesta, Amable el sastre, Víctor García, Juan Robles (con gorra), Filomena Castro, Pepa García (con el estandarte), Emilia Bayón y Máxima, nieta del tío Faustino (vestidas de primera comunión), Modesta Álvarez, Aníbal Fernández, Mª Andrea Fernández, Teresa Robles, Delfina, madre de Marcelino, Otilia y Adela Bayón y Melánea Bayón.  

 


 

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