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Boletín 116 - Navidad 2009
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HISTORIAS PRESTADAS. DE LOS ABUELOS JOAQUÍN Y AVELINA
Joaquín de Robles González
Sin duda alguna, mis abuelos Joaquín Robles y Avelina Bayón estaban hechos de buena madera. Personas de fe, que la practicaban y la vivían con hechos. Hechos tan simples como ayudar a los demás, en vivir en la comunidad del pueblo que coopera entre sí mejorando su entorno. También, rezaban con naturalidad, incluso durante el trabajo.
Muchas estampas son las que vienen a mi memoria, tanto de ellos como del querido pueblo de La Mata de Curueño.
Terminábamos de cenar y, mientras se fregaba los platos y cazuelas en la cocina, se rezaba el rosario en voz alta. Por todos los que estábamos allí y por los que ya no estaban con nosotros, pero que formábamos iglesia.
Una vez regresábamos a Asturias mi madre y mi hermana con la abuela Avelina. Al subir al tren en el transbordo de La Robla había desparecido una maleta. La abuela nos tomó la mano a mi hermana Carmina y a mí y se puso a rezar el rosario tranquilamente, después de haber animado a mi madre, Teresa, a que buscase con calma la maleta por todos los departamentos de los vagones (a Dios rogando y con el mazo dando). La maleta apareció, pues tenía que aparecer, aunque la habían escondido muy bien. La gente nos miraba y cuchicheaban entre ellos, como si fuéramos de otro planeta. Es que lo éramos, porque éramos del planeta “fesinmiedo”.
Tendría yo doce o trece años y estaba en el pueblo con los abuelos. Se me había metido en la cabeza construir una carretilla de mano y para ello había escogido unas tablas de madera que me parecían las mejores de las muchas que tenía el abuelo en el pajar. Estaban ya medio trabajadas y cepilladas, colgadas contra el tillado del techo y algo apartadas de otras que tenía allí. Cogí una escalera para bajarlas al suelo, pero mi tío Juan que me observaba, me indicó que aquéllas no, que eran del abuelo. El no a secas a un chico de doce años cuando todos son porqués no es una respuesta fácil de digerir, así que dejé la idea de mala gana y acompañé a mi tío que salía a arar la tierra.
Mientras íbamos con el arado en el carro de vacas salió el porqué de la negativa a aquellas tablas, cuando el abuelo solía darme todo lo que pedía. Y me contó lo que muy pocas personas sabían.
Era lo siguiente. Cuando la primera guerra mundial o europea, de 1914 a 1918, hubo epidemias de las que moría mucha gente. Esta epidemia o gran gripe llegó a la ribera del Curueño y en todas las casas hubo fallecimientos. Los abuelos entendieron que a los que fallecían había que enterrarles y no había muchas personas con fuerza para ello. Así que, con algún otro vecino, fueron de casa en casa recogiendo muertos para darles sepultura.
Tenían claro que antes o después habría de llegarles la hora a ellos. El abuelo tomó sus medidas y las de la abuela y preparó las tablas para los dos ataúdes, de forma que solo hiciera falta clavar las puntas. Y no le dieron más vueltas al asunto. Las tablas quedaron allí, años y años, ya que no les tocó morir entonces sino vivir y trabajar duro para ayudar a los suyos más tarde.
En los años de 1928 a 1931, dos de sus hijos se establecieron como socios en Asturias con un almacén de vinos, bien instalado y aprovisionado de maquinaria, bien moderna entonces, como bomba trasegadora, embotelladora, corchadoras semiautomáticas y como envases buen número de bocoyes, barricas, corambres y garrafones. Una camioneta Ford, oficina con libros de contabilidad requeridos y una máquina de escribir Smith Corona completaban parte del inventario del negocio que extenderían por toda la provincia.
Los abuelos habían sido los avalistas del negocio de los hijos que llamaba la atención. Lo comparo con un negocio actual que dispusiera de grandes medios de todo tipo a su servicio. Pero la rueda de la fortuna siempre sigue dando vueltas, entonces, ahora y siempre seguirá siendo así. Poco tiempo después vendría la revolución de Asturias de 1934 y, poco después, la guerra civil, que darían al traste con muchos proyectos, esfuerzos y vidas.
Recuerdo que una de las cosas que me contaba mi padre sobre el abuelo era su sentido de la que era justo, la claridad con que discernía entre lo que estaba bien de lo que estaba mal.
Siendo mi padre aún joven, recibió del abuelo una regañina que no olvidó en la vida. Según parece, un día habían decidido en casa cargar el abono en el carro y llevarlo a las tierras. Para ir a una de ellas, en zona de secano, el camino estaba más que malo, con piedras y regatos que habían dejado las aguas durante el invierno. El abuelo, juzgando a los demás como se juzgaba a sí mismo, pensó que lo más natural era proponer a un vecino que tenía tierras en la misma zona y seguro que llevaría abono a las mismas, el arreglo del camino, retirando las piedras y rellenando las mayores hondonadas. El trabajo entre dos vecinos, teniendo ambos hijos mozos y fuertes, se haría en un santiamén; pero el vecino le dijo que nones.
Así que entre el abuelo y los dos hijos mayores, Matías y Conrado, dejaron el camino libre de piedras y en bastante buen estado para hacer posible el traslado del abono a las tierras altas, tras su recogida en los corrales; lo cargaron y allá fueron durante dos días hombres y carros.
Pero, lo que son las cosas. Al volver a casa, mi padre observó que en el corral del vecino estaban recogiendo el abono para llevarlo. Pensó que no se iban a reír de él, así que, por la noche y sin decir una palabra a nadie, salió de casa como que iba a dar una vuelta y se dirigió al dichoso camino de las piedras que había retirado, costándole mucho menos volver a dejarlas rodar al medio y desde media cuesta adelante después de una curva.
No es difícil imaginar los carros del vecino cargados la tarde anterior para salir a la mañana siguiente ya listos para las tierras. Al llegar a la mitad del camino de marras, atasco monumental, tal que no se podía seguir y ni para atrás ni hacia delante. Me imagino al vecino clamando al cielo.
No hizo más que regresar al pueblo, cuando fue a pedirle cuentas al abuelo y éste sin saber nada de nada. Llamó a los hijos y mi padre confesó su fechoría y el abuelo le obligó a ir a pedir perdón al vecino.
Cuando mi padre me contaba esta historia, yo era muy joven y confieso que le decía que yo habría hecho lo mismo. Pero mi padre me corrigió haciéndome ver lo inmaduro que aún era mi carácter, como había sido el de él años antes. Este hecho había servido de lección a muchos, gracias al abuelo que supo reconducir por el camino recto a quienes había tomado el erróneo.
Al parecer, el vecino dejó constancia de cambio, pues más tarde, tanto él como sus hijos trabajaron codo con codo con los de casa del abuelo, cuando tocaba ir a hacendera.
Aquello era el campo, donde habían nacido, había vivido y se habían educado. Esto es raza y ¡estas también son mis raíces! Santander, diciembre de 2009.
CURUEÑO
La
revista anual Curueño de la cercana localidad de Sta. Colomba de Curueño,
ha publicado este mes de diciembre su número 20, por medio de la Asociación
Cultural Sta. Ana.
Como balance de la vida del pueblo destaca los sucesos más importantes
ocurridos con abundancia de fotografías: La participación popular durante la
Semana Santa, la celebración del día de S. Isidro, la realización de la romería
a la Ermita de Sta. Ana, los festejos variados de las Fiestas del Cristo, etc.
En otro orden de cosas refiere el arreglo el puente sobre el río, la
remodelación de las pilas de agua bendita de la iglesia y señala la instalación
del taller de forja artesanal y carpintería metálica por parte de Andrés
Menéndez (Suko).
Hace memoria por la defunción de dos vecinas: Beatriz Valbuena Díez y
María Lía Gómez Ruiloba (Mari) y destaca el homenaje al benefactor del pueblo,
Isidoro Manzano, al que se ha dedicado el polideportivo y un monumento
recordatorio.
Desarrolla la segunda parte de la Historia de la Ermita de Sta. Ana y da
buena cuenta en su sección de las Cosas de Aquí de lo referido a nacimientos,
bautizos, confirmaciones, bodas y defunciones, así como de los diversos talleres
didácticos realizados durante el verano.
Varios otros asuntos completan sus 44 páginas.
LA VOZ DE SOPEÑA
Con el número 14 de su revista anual, La Voz de Sopeña, la Asociación Cultural
“La Nogalona” difunde la cultura y la actividad de la localidad próxima de
Sopeña a través de sus 36 páginas.
Una vez más, es fiel a sus secciones fijas como son la Crónica del Año con
variedad de noticias y profusión de fotografías, la Historia del Pueblo (la de
un soldado en ultramar y veinticinco años de penurias), los Relatos en esta
ocasión expresados por cuatro muy interesantes.
Como siempre, en esta revista, destaca la rica participación de vecinos y
amigos por medio de once artículos referidos a poesías y narraciones en la
sección interesante de El Pueblo Habla.
La expresión de la Opinión dedicado a la montaña, la Tradición Oral, su
rincón particular de la Naturaleza, el lugar para los Recortes de Prensa y,
finalmente, no faltan las Recetas caseras.
CAMPARREDONDA
Hacemos mención de la revista anual Camparredonda, nacida hace diez años en la
localidad de Otero de Curueño. En la actualidad se ha transformado en una
revista divulgativa y cultural, con más de cien páginas, con un carácter menos
localista, aunque siga interesándose por los asuntos del Curueño, ya que “buscó
su primera inspiración en el Curueño”.
EL CANTARICO VERDE
No
se ha publicado este año la revista de El Cantarico Verde que edita la
Asociación Cultural “El Canto” de Ambasaguas de Curueño y que relata,
principalmente, las actividades de la importante Semana Cultural que se organiza
en la citada localidad.
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