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  FAENAS DEL CAMPO. TEJER CALCETINES Y LAVAR LA ROPA

                                                                                  Margarita Díez González

 

TEJER CALCETINESLa Mata de Curueño

 

Durante las largas noches de invierno se hacían calcetines para toda la familia; se utilizaba la lana de las ovejas, una vez hilada y preparada y se trabajaba con cinco agujas.

En cada una de ellas se echaban, según el grosor de la lana, de 10 a 15 puntos, en total unos 60; con la quinta aguja se tejía.

Se empieza haciendo una cenefa de 8 cm., dos del derecho y dos del revés. Y se continúa todo del derecho (punto media), unos 20 cm.; se dejan  30 puntos en espera y se tejen los otros 30 para hacer el talón con dos agujas: unos 8 centímetros.

Después, se tejen 9 puntos del medio y se dejan en cada aguja los restantes que se irán quitando uno de cada aguja, cada vuelta hasta el final. Y así sale el carcaño.

Se continúa tejiendo con las cuatro agujas. En la primera vuelta se aumentan los puntos que se quitaron en cada aguja, volviendo a tener los 30;  se teje en vuelta con las cuatro agujas para hacer la forma del pie. Cuando ya tengamos el largo de pie que queremos, se van quitando uno de cada aguja hasta que quedan cuatro puntos, que se quitan de una vez. Se remata y ya está hecho el calcetín y el otro se hará de igual manera.

Ahora ya no se hacen calcetines, salvo para pasar algún rato de invierno y para regalos a los más pequeños: bebés y niños.

Los calcetines de lana gorda  los usaban los diversos miembros de la familia cada día en invierno y durante el año para las faenas del monte, de arar, etc. Cuando se utilizaban botas.

Antiguamente, a la sombra de alguna casa, era frecuente ver a un grupo de mujeres, unas hilando lana con el huso y la rueca, otras tejiendo calcetines, alguna cosiendo algún remiendo y todas dándole a la lengua, criticando las cosas llamativas o comunicando las últimas novedades.

Esos eran otros tiempos, más austeros pero no menos felices

 

LAVAR  LA  ROPA

                                                                

Hace 40 años se iba a la presa a lavar la ropa. Lo primero era hacer un puerto, como un pequeño embalse. Se volvía a casa a por la lavadera, algunos llamaban batidera, y por el cajón donde arrodillarse con la ropa,

A continuación, se separaba la ropa blanca de la de color, porque la blanca se ponía a remojo con agua y jabón en un balde. Se lavaba la de color y se ponía a secar muchas veces en las sebes.

La ropa blanca se sacaba del balde y se refregaba bien, se retorcía sobre la lavadera, se aclaraba y se tendía al verde, que consistía en ponerla bien estirada en la pradera; había que regarla cada poco para que  no se secara mucho; el sol hacía el trabajo de quitar las manchas. A continuación se volvía a aclarar y se la ponía en un balde con azulete para que tirase un poco a azulado. Y se tendía a secar.

Los lugares donde se lavaba en La Mata: en la presa detrás de casa de Amalio y Luzdivina, frente a casa de Nores y detrás de casa de Ramiro. Había lavaderos detrás de la Casa del Maestro, con tablas y otro en el albañal de la callejina, donde desaguaba el agua del Mayorazgo.

También, en algunos otros lugares como en las huertas de la entrada con agua del caballo o en la Cañada o la Huerta de cepos.

Después, llegaron las primeras lavadoras que enjabonaban y lavaban, pero no aclaraban, con lo cual había que sacar la ropa y volver a la presa para aclararla.

Hoy en día las máquinas lo hacen todo: lavar, aclarar y secar.

Hay que reconocer que a pesar del trabajo, el lavar era un momento de relación con otras personas: momentos de chismorreo y comunicación, de cuentos, dimes y diretes.


RINCONES MÁGICOS. LOS ESCRITOS DE ADOLFO

 

                                                                                                              Miguel Fuertes González

 

Nuestra Revista ofrece últimamente una sección, RINCONES MÁGICOS, donde se presentan visiones de diferentes lugares del pueblo que tienen un significado especial para quienes los escriben.La Mata de Curueño

 

Como merecido homenaje a nuestro paisano Adolfo Fernández López, recientemente fallecido, pensamos que sus páginas escritas en nuestro Boletín a lo largo de 27 años son un excelente y entrañable lugar que bien puede considerarse como mágico.

En la primavera del año 2004 conmemoramos el 25 aniversario de la publicación de nuestra revista “La Mata de Curueño, un pueblo que nos une” con un número extraordinario. Adolfo participó con un interesante artículo titulado ¡Ánimo, ánimo, ánimo!”

En él escribía: “¡Qué suerte la nuestra! ¡Qué orgullosos podemos estar todos los matenses por haber mantenido esta fórmula de encuentro durante 25 años! ¡Qué satisfechos se sentirán allá arriba Fernando y cuantos nos han precedido de este gran pueblo!”

Ahora que acaba de morir, esos sentimientos de fortuna, de orgullo y de satisfacción que expresaba Adolfo los debemos percibir nosotros al contemplar su amplia colaboración literaria en las 2.012 páginas ya de nuestra revista.

Porque muchas de ellas fueron escritas por este Hijo del Pueblo que se consideró feliz sintiendo de ese modo. Quiso participar de manera tan directa y real que, muchas horas de su larga vida, las dedicó para reseñar recuerdos vivos sobre su pueblo y sus gentes

Es admirable y reconfortante contemplar a este vecino del pueblo, solamente con su aprendizaje en la escuela, inclinado sobre hojas de papel para ofrecernos en unas sencillas líneas, a lo largo de tantos años, su esfuerzo para “compartir noticias, recuerdos, penas y alegrías”, como decía en el citado artículo.

“Pensar en 1979, seguía, cuando recibí el primer ejemplar del Boletín que escribiría en él, era para mí ciencia-ficción. Me imaginaba que iba a hacer muchas cosas en la vida, pero jamás que iba a escribir las vivencias de mis años en La Mata. Me ha resultado muy fácil porque me ha salido del alma reflexionar sobre mi pueblo; y muy gratificante porque ha sido una forma de volver a recorrer los caminos de mi niñez y juventud, recordar cada rincón, volver a mi origen”.

Breve y resumidamente testimoniamos esos recuerdos escritos por Adolfo. Lo hizo desde su primer artículo publicado en 1983, nº 18, con su “Historia de monaguillos”. Iniciaba un  período hasta 1987 con Recuerdos de NavidadDoblan las campanas y Por los Cantarales.

Desde la primavera de 1992 hasta la navidad de 2005, publica una veintena de artículos bajo el epígrafe de Recuerdos de mi vida en La Mata donde expresa desde Viajes a Vegarada y Cerulleda a su Tío Ruperto. Durante esos trece años, de manera periódica, Adolfo testimonia hechos y anécdotas de la Guerra Civil, los bolos y aluches, las truchas, las peras y los quesos, la escuela y el día del árbol, las cantinas y la ribera, los jergones y guantes, las misas y los nervios, etc., etc.

Entre los años 2001 y 2002 se dedicó a ensalzar los “lugares y personajes de La Rinconada”. En cuatro interesantes artículos describe vida y milagros de los vecinos del Barrio Arriba, tan próximo a su casa natal en el inicio de Los Cantarales, donde pasó la infancia, juventud y primeros años de casado.

En los últimos números publicados del Boletín es donde Adolfo, ya anciano, ha pretendido hacernos ver cómo se vivía en La Mata mes a mes. En estos tres años ha conseguido que la imaginación de muchos y la memoria de unos pocos participaran nítidamente en el discurrir de los días de abuelos, padres y convecinos de antaño.

Adolfo, con sus palabras escritas ha querido y sabido dar aldabonazos contra el olvido y mantener la ilusión colectiva, ha mostrado su amor por las raíces y ha deseado con todo el alma “ánimo y a seguir adelante afanosos, que nada os detenga y que podáis celebrar el 50º aniversario por todo lo alto”.

Gracias, muchas gracias, a este buen Hijo del Pueblo por su excelente y entrañable obra. Y gracias a su hija, Gloria Elisa, que ha preparado sus escritos con verdadero cariño filial y sintiendo ser Hija del Pueblo.

 

 


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