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Boletín 115 - Otoño  2009   Titulares I  Noticias |  Fiestas 09 | Divulgación | Historia |  Documento
                  
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  RECUERDOS DE MI VIDA EN LA MATA. ASÍ SE VIVÍA EN LA MATA MES A MES: DICIEMBRE

                                                                                                                                               Adolfo Fernández López

Es un mes, diciembre, en el que los ganados los vacunos y todo está recogido. Ya en el campo no hay nada que hacer, cuidar el ganado, salir con el ganado menudo al rebaño, encontrarse con los vecinos y charlar.

Pero en la casa si quedan labores: hay que cuidar la matanza, que siempre toca hacer algo con ella, adobar o cambiar de un sitio para otro, hay que partir la leña de las cepas, para que entren en la cocina, hay que revisar todas las herramientas, y arreglar las que tengan falta donde el herrero, hacer mangos para las herramientas.

Después de comer, se solía coger dos o tres cribas y repasar todos los sacos de alubia para que esté la venta sin defecto, quitar las alubias malas, o quitar alguna broza, para la venta.

Se notaba el comienzo del invierno, las noches eran largas y los días sin apenas luz, así que los mayores solían ir a las tardes a las cantinas a echar la partida y los que no jugaban en casa a la brisca, parchís, las damas, dominó…como no había radio ni televisión nos entreteníamos con eso.

Llegaban las fiestas de Navidad y se celebraban muy religiosamente, pues por  aquel entonces la iglesia tenía mucho poder e influencia. Había una cosa que no me gustaba mucho, y era que nosotros el día de Nochebuena, siempre teníamos que cenar un poco tarde, pues teníamos que esperar por un hermano, Felipe, que era abogado y llegaba muy tarde del tren, la consecuencia era que la cena se alargaba mucho, pues estaba el pavo, el pollo, que se criaban en casa, el besugo, pero en el horno estaban tostándose las nueces, las castañas estaban ya cocidas para darlas un repasín en el horno y que pelasen bien.

Todo estaba perfecto, pero no me gustaba digo porque los que éramos más pequeños y las mujeres, pasando de las 12 de la noche no podíamos probar bocado si íbamos a comulgar al día siguiente, y faltaban las pastas y las rosquillas, y nosotros callábamos y mirábamos.

En las casas no había costumbre como ahora de poner el árbol de navidad, solo se montaba el nacimiento.

Los mozos en Navidades recorríamos las calles haciendo sonar las panderetas, los almireces, las botellas de anis, y pedíamos el aguinaldo casa por casa para luego festejar con alguna buena merienda.

Con diciembre se acaba el año, se cierra el ciclo de la naturaleza y finaliza mi repaso a las labores mes a mes en este pueblo. Lamentablemente, el paso de los años hace que se olviden muchas de estas costumbres, y por ello he querido dejar estos recuerdos. La Mata de Curueño

 

Me gustaría a la edad que tengo, 87 años, acabar recordando a mis mayores; es decir a los hombres y las mujeres que vivían en el pueblo a los que yo conocí y traté, a unos más que a otros, claro.

Voy a comenzar con los que me alargaré algo más contando alguna anécdota importante de su vida. A los demás, intentaré definirlos con una frase corta que, después de tantos años, determinan en mí el recuerdo de la personalidad de cada uno.

El tío Santos, un poco loquillo. Vendió a la mujer y los hijos acudieron llorando a mi padre para que acudiera a ver lo que pasaba, mi padre que hacía de juez de paz, tuvo una disputa con el tío que la compró porque ya tenía el papel firmado y todo, entonces mi padre le dijo que si no cedía no tardaría en media hora en ir para la cárcel, y al irse el hombre muy enfadado mi padre cogió el contrato y lo rompió en pedazos.La Mata de Curueño

La tía Rosa, una pena en aquellos tiempos no sacar una foto, estaba en la plaza con madreñas, medias de lana, sayas casi hasta abajo bastante viejillas, la toquilla también, los pelos muy revueltos. Se dedicaba a convertir la lana en un hilo muy fino, colocando la rueca sobre su cintura y con las dos manos manejando el huso.

El tío Manuel, no se le ha dado lo que merecía. Ya podía nevar, llover o caer relámpagos que él recorría los nueve kilómetros para traernos la correspondencia puntual siempre.

Don Teodoro, el día de Reyes cocía una caldera grande de castañas, éramos unos cincuenta niños, muchos niños en comparación con ahora, y a todos nos daba un cazo de castañas. La Mata de Curueño

El tío Roberto, tenía un poquitín de Charlot. Vivía en una humilde casa, que una vez fallecido la compró Amalio e hizo una buena vivienda.

La tía Dolores, yo siempre la conocí muy mayor, con carácter muy agradable. Vivía arrimada a sus vecinos cercanos. Esta señora tiene un poco de historia, resulta que en argentina había una señora que era riquísima, murió y dejó el usufructo a su marido, entonces él vivía como un gran señor, descendía de Santa Colomba, así se presentó como el riquísimo con sombrero y  bastón, haciéndose como un gran señorito, así lucía sus posesiones. Se enamoró de la tía Dolores cuando tenía dieciséis años, y ella no quiso y se marchó al monte. En un valle lejano de la mata la encontraron a los dos días y la obligaron a casarse, pero resulta que pidieron a ese rico en Argentina, permiso para tirar unos robles, y entonces los hijos de la rica fallecida le denunciaron porque no tenía derecho a tirar dichos robles, de tal forma que se quedó sin un duro. Entonces él y la tía Dolores tuvieron que ir a pedir y con ese sombrero que lucía en su cabeza, recogía ahora las limosnas.La Mata de Curueño

El tío Cayetano, valiente, tres esposas, doce hijos.

El tío Sergio, labrador y ebanista, su señora, conocida curandera, muy conocida curandera.

El tío Vicente, engordando a su ovejita para darla a su fin.

El tío Ramiro y Delfina, sufridores en la guerra y después de la guerra.

El tío Pedro, viudo, siempre con sus historias.

El tío Antonio, alcalde durante la dictadura.

El tío Felipe, siendo muy mayor me lloró como un niño.

El tío Lisardo, mal día cuando se le quemó su segunda casa. Su ganado se salvó gracias a la valentía de dos de sus vecinos.La Mata de Curueño

El tío Tarsicio, ebanista.

El tío Lázaro, presidente.

La tía María, nervio y figura.

El tío Juan, cantinero. Si llega a pescar a ese pobre aquel día, qué se yo lo que hubiese pasado.

El tío Melquiades, hombre bajito que me ayudó mucho a cuidar el ganado.

El tío Félix, que ese día no tuvo cambios.

La tía Emilia, la mayor en edad. Tenía cuatro patos y una pata y se los llevaron anoche.

La tía Martina, los sábados cuando se pedía para las ánimas se enfadaba mucho.

El tío Mauro, tejedor. Nos ayudaba mucho allí en casa, tanto a las mujeres como a los hombres.

El tío Mariano, viudo. Familia bastante representativa en el pueblo.

Don Ángel, maestro muchos años de la Mata. La Mata de Curueño

Los tíos Esteban y Arsenio, dos labradores; uno vivía a la entrada y el otro dentro del corral que tenían.

El tío Benigno, muy bromista.

La tía Josefa, se la veía muy poco.

El tío Tomás, muy trabajador haciendo carbón para traer la comida a casa.

El tío Matías, le conocí cuidando de dos vacas. La una se llamaba Belinda y la otra Coneja.

Don Pepe, maestro muchos años en Pardesivil.

El tío Joaquín, único vecino que trabajaba el lino.

El tío Faustino, cantinero donde iban a echar la partida los mayores.

El tío Antón, tenía cantina y mercería; con una pequeña mercería que recorría los pueblos en su pequeño carro, con toldo y lona.

El tío Felipe, mi abuelo, muy aficionado a la pesca.

El tío Manuel, presidente. La Mata de Curueño

El tío Valerio, muy crítico siempre.

El tío Amancio, labrador y muy servicial, tanto al campo como a la familia.

El tío Fabriciano, labrador.

El tío Andrés y su mujer, malhumorados casi siempre.

El tío Joaquín, viudo, con historias que contar y con buena familia.

El tío Plácido, hombre de mucha personalidad, llenaba mucho donde estuviera.

El tío Nilo, casero y labrador, muy trabajador.

El tío Gregorio, hombre pacífico y padre mío.

Donato, herrero, labrador, ciclista, etc.; era de todo con mucho temperamento y muy trabajador.

Para los fallecidos, que reciban la gracia de Dios, y para los que vivimos, salud y bienestar.

 

Con este artículo que se publica a los pocos días de su fallecimiento y que Adolfo había dictado a su hija Gloria Elisa, pues ya se encontraba muy enfermo, finalizaba un ciclo de escritos sobre las costumbres y los quehaceres de su pueblo y de sus vecinos.

La redacción del Boletín le testimonia su respeto, su afecto y su agradecimiento más sentido. Sin duda alguna, las generaciones futuras valorarán el gran tesoro literario que nos ha ofrecido.

             


    

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