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Boletín 111 - Otoño 2008
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RECUERDOS DE MI VIDA EN LA MATA. ASÍ SE VIVÍA EN LA MATA MES A MES: AGOSTO
Adolfo Fernández López
En agosto, mes
de gran calor, había dos acontecimientos muy importantes: la trilla que era la
labor principal, y la fiesta en honor del patrono San Martín que se celebraba el
día 26.
Una vez terminada la siega, como explicaba en el mes de julio, se llevaba a la
era el cereal segado, y se iba esparciendo haciendo un círculo grande y ancho,
sobre el que se colocaban los trillos, que consistían en una plancha de madera
curvada en la parte delantera y que por la parte de abajo llevaba incrustadas
piedras afiladas de pedernal que cortaban la paja. 
Los trillos en su parte delantera llevaban un gancho con el que se
unían al cambicio, vara gorda de madera que, a su vez mediante una cabija o
especie de pasador, de madera o de hierro, se unía al yugo con el que se uncían
a la pareja de vacas.
Los trillos mejores eran los de Cantalejo, un pueblo de Segovia. La faena de
la trilla era algo fácil de hacer, pero muy latoso, aunque no se madrugaba
mucho, porque esta tarea se hacía mejor cuanto más seca estuviera la espiga.
Normalmente se trillaba con dos o tres parejas que se colocaban unas en un
sentido y otras en el sentido contrario, y durante horas se pasaban los trillos
rotando en circulo, cuantas más vueltas mejor, hasta que la paja quedaba
triturada muy fina y el grano se soltaba de las espigas.
En cada trillo iba un “conductor” con la ijada, sentado en una silla pequeña,
pendiente de que la pareja de vacas no se salieran de la trilla y con la pala
preparada por si alguna de ellas tuviera “un apretón”, para evitar que se
manchara todo con las boñigas.
Recuerdo una vez que se marchó una pareja de novillas porque era la primera
vez que las llevábamos y se salieron sin control por la Callejuela, al comienzo
de La Moral, que antes era más ancha.
Estar un ratito dando vueltas en el trillo era entretenido, y para los
chavales divertido, pero aguantar todo el día con aquel calor sofocante y aquel
polvo…
Cuando teníamos sed se mandaba ir a los rapaces más pequeños con los botijos a
por agua fresca a la era de mi tío Placido que tenía una fuente hermosa que
venía del monte y era un agua buenísima.
Se paraba para comer el almuerzo que las mujeres nos llevaban a la era y
echar la siesta a la sombra de algún árbol grande; también, se desenganchaban
los animales para que comieran y descansaran.
Después se le daba la vuelta a la paja con los bieldos, horcas con dientes de
tablillas, para sacar arriba la paja pegada al suelo por el peso de los trillos
y que quedara abajo la que estaba más molida, y ¡hala!, otra vez a los trillos
hasta el atardecer en que ya, por fin, se atropaba y se hacía una gran parva.
Y así cada día se procedía a extender el cereal y a trillarlo hasta que se
terminaba de trillar todo. Era bonito ver las eras llenas de parvas, cuando
todos los vecinos iban finalizando la trilla, ya que cada vecino tenía la propia
a cada lado de la carretera; ahora, la mayoría son solares y en algunos se han
construido casas.
Había veces que, en mitad de una trilla, se veía que el cielo se llenaba de
nubes y se sospechaba que iba a comenzar alguna tormenta; entonces teníamos que
recoger a toda velocidad y tapar los montones con plásticos para que el daño
fuera menor, porque si se calaba de agua el bálago, era una faena porque había
que interrumpir la trilla varios días hasta que se secara.
Una vez trillado, había que hacer la limpia que consistía en separar la paja
del grano; para esto tenía que hacer aire, pues se hacía cogiendo con los
bieldos y tirando al alto así el aire se llevaba la paja para adelante y el
grano, como pesa más, se quedaba en un montón.
Esta tarea era mucho más incómoda de lo que pudiera parecer por el polvillo
que se desprendía y que se metía en los ojos y entre la ropa, provocando un
picor fastidioso.
En la Mata, como en muchos pueblos, apareció pronto una máquina, la
aventadora o «beldadora» que nos facilitó mucho el trabajo; se llenaba por
arriba, se daba vueltas a una manivela que hacía girar unas aspas y se iba
separando el grano y la paja.
Se juntaba todo el grano rastreando y barriendo bien con baleos, escobas
hechas con ramas de monte, y después se cribaba con las cribas o las cerandas.
La criba es un es un instrumento de madera en forma de cerco con la base de
cuero agujereado, que se llena de grano y se mueve, cayendo limpio, y la ceranda
es como la criba, pero con agujeros más grandes.
Luego, una vez cribado el grano, se metía en sacos o costales y se llevaba al
granero o panera, y la paja se guardaba en el pajar. Cuando estaba todo
almacenado ya podías descansar, porque como dice el refrán: “Cosecha en el
campo, de Dios y del diablo; cosecha en el granero, de Dios y de su dueño”.
Se procuraba terminar la trilla antes de las Fiestas del Pueblo, cosa que no
siempre era posible, y así dejar las eras bien limpias y dispuestas porque en
ellas se hacían los aluches y el baile.
Ahora todo se ha modernizado, como todas las labores del
campo, y con las cosechadoras, que efectúan la siega, trilla y limpia en un sólo
proceso, lo que antiguamente necesitaba un montón de personas trabajando durante
15 ó 20 días, se cosecha ahora en un día o dos, con la máquina y dos personas.
La cantidad de cereal recogido se calculaba con diversas medidas: la
fanega, que son 42 kg. y se medía con un recipiente de forma cuadrada y un
lado triangular que tenía esta capacidad; el celemín, que es la doceava
parte de la fanega; el recipiente con que se medían los celemines se dividía a
su vez en varios apartados: un celemín, medio y un cuarto; luego estaban también
la hemina, que son 14 kg, y la arroba 11,5 Kg.
El otro acontecimiento más importante del mes de agosto en La Mata era, y
sigue siendo, la fiesta patronal que se celebra en honor de san Martín.
Antiguamente esta fiesta se celebraba el mes el 26 de agosto cayera en el día de
la semana que cayera. Más tarde se pasó al domingo y lunes últimos del mes.

La noche anterior a la Fiesta, según se oía el tambor y
la gaita, se salía a las puertas de las casas y todos estábamos ya contentos.
Los tamborileros daban la vuelta al pueblo acompañados por los mozos y algunos
forasteros y parientes que habían acudido; todo el mundo les miraba y algunos
hasta les aplaudían, porque cantaban todos muy bien.
En mi tiempo, los tamborileros solían ser Eloy, Elicinio de Pardesivil y su
hermana Marucha, que tocaba el bombo. Al día siguiente íbamos todos a misa con
la ropa mejor que teníamos. Era muy solemne, concelebrada por dos o tres
sacerdotes, y en varios momentos de la celebración se tocaba la gaita.
Por la tarde se llenaba el pueblo de gente, y todo el mundo iba a las eras,
primero cuando empezaban las aluches acudíamos a verlos. Luego, los jóvenes
también iban por el baile y los chavales a comprar caramelos o barquillos;
entonces todo era muy barato y por una perra que valía 10 céntimos te daban 10
barquillos o más.
Desde hace años, por motivos laborales, la Fiesta se trasladó al último fin de
semana de agosto, justo antes de que los veraneantes regresen a sus hogares, y
ha cambiado a mejor. Se hacen muchas más actividades gracias a la entrega y
esfuerzo de los vecinos y al entusiasmo y participación de la gente.
Además, el descubrimiento del Corral de las Sopejas ha sido muy importante
para la fiesta, que comienza allí cada año el viernes con la lectura del pregón,
la rifa, las sopas y limonada y la entrega de trofeos, entre otros actos.
Yo muchas veces pienso que sería bonito revivir estos dos sobresalientes
acontecimientos de agosto, haciendo en una jornada festiva una trilla a la
antigua usanza. Creo que ya hay pueblos que, en determinadas fechas, recuperan
las actividades tradicionales del pueblo, enseñando a los más jóvenes cómo
trabajaban sus abuelos en el campo, porque para muchos la parva y el trillo, por
ejemplo, son palabras que les suena a música celestial.
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DESPEDIDA A PLÁCIDO
Te vas
un tiempo,
LOS
NIÑOS DE LA MATA.
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AL ABUELO PEPE
La Mata
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Alfonso González Sierra. León
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DÍA DE FIESTA
Hicimos un día de fiesta especial
Joaquín Pérez. La Mata. |
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