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Boletín 109 - Primavera 2008
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FAENAS DEL CAMPO. LA DE LA HIERBA
Plácido Fernández García
Y faena en sentido peyorativo porque se temía su época. Por el trabajo enorme que suponía y por el miedo a las tormentas y el doble trabajo que daba la hierba mojada.
Generalmente se dedicaba el mes de julio; algún año se comenzaba a finales de junio, a la tarea de recoger la hierba: el alimento de las vacas en el invierno. Esta faena suponía varias tareas a su vez: la siega; la esparcida y vuelta; la recogida en el pajar.
LA SIEGA. Hay que madrugar mucho para ir por la fresca a segar. El día anterior se había picado la guadaña y preparado la piedra en el gachapo. Quizá haya que llevar el yunque y martillo para picar de nuevo en el prado sin volver a casa.
Con todo esto y buen ánimo, nos tomamos la parva (unas galletas con un trago de orujo) y a caminar medio dormidos y echando cuentas de para cuando podemos terminar de segar, de recoger y qué otras faenas alternativas no hay que descuidar.
Echamos un marallo doble para empezar y tener dos vertientes para ir y volver (todo depende de la cara para donde esté tumbada la hierba y otros factores). Se desliza suavemente la guadaña y se oye el típico sonido de corte acompasado. Toda va bien en la madrugada .Pero cuando el sol empieza a calentar ya llevamos algunas horas de trabajo acumulado a las espaldas. Se espera con ansiedad y hambre la llegada del almuerzo. Venía en el serón de la mano de la mujer o de algún chico, que ya no está en la escuela y para esto sirve. Se dice “las diez” porque solía ser la hora de llegada (la parva estaba digerida y eliminada). Sopas, o tocino con fiambre del cerdo matado por San Martín. Y el vino de la propia cosecha., que este año salió un poco agrio. A la sombra de un árbol, se va comiendo lentamente mientras la mirada se pierde en los marallos tumbados y en lo que queda por segar.
Continuamos el ritmo lento y cansino de la brazada hasta la hora de comer. Lentamente el segador vuelve sudoroso a casa con la guadaña al hombre y el gachapo colgado del cinturón. Espera la comida y la siesta.
La tarde se solía emplear para regar, excavar u otros menesteres que no convenía olvidar. Y no se segaba toda la hierba para no tener que andar a las corridas si venía una tormenta.
ESPARCIR Y DAR VUELTA. La faena de esparcir se hacía casi al mismo tiempo de la de segar. Para eso valían los chavales que no llegábamos a segar. Con la horca de madera se hacía bien. Quedaba así extendida la hierba para recibir los rayos solares y secarse para poder meterla al pajar. Quedaba el prado con una gran sábana de hierba. Al segundo día si el sol calentaba bien, ya se podía dar la vuelta. Era faena más pesada. Uno enfilaba el territorio armado de paciencia y soportando la bravura del sol. Al dar la vuelta se hacía una especie de sendero y se iba y volvía dando la vuelta a la hierba. En prados pequeños no se tardaba mucho, pero en los grandes llevaban horas la tarea. Cuando había quedado algún montón que permanecía verde había que escamullir bien para que enseguida se secara. Una vez finalizada la tarea, con la horca al hombro se volvía a casa con paso cansino y una frente sudorosa bajo el sombrero de paja.
ACARREAR Y METER AL PAJAR. Un Primer paso era reunir la hierba en un largo marallo. Atropar, decíamos. Una gran superficie quedaba reunida en esta especie de gran gusano de hierba por donde pasaba el carro para poder cargarla. Y suponía rastriar o rastrillar el prado.
El segundo paso era cargar. Tres personas se necesitaban al menos. Uno cargando con la horca otro en el carro y otra persona para rastrear detrás del carro. El pujador de hierba iba echando las horcadas al carro. Una vez rellena la caja de los armantes venía la parte principal del arte de cargar arriba. Se hacían rodones con la horcada de la hierba y se colocaban en las esquinas para hacer pared. Para que se entienda una especie de cuatro piedras sillares en las cuatro esquinas del rectángulo que formaba el carro y el resto se ponía de pared y se rellenaba el interior. Así una vuelta dos, tres y hasta cinco y seis vueltas; lo que suponía “un buen carro”. Por último se ataban las sogas. Largas maromas que iban desde la vara del carro recogiendo en dos filas paralelas todo el conjunto hasta atarse en los verbiones de atrás después de pujar para apretar bien. El atar bien las sogas era otro arte que pretendíamos aprender enseguida de nuestros padres.
Y a salir de la finca y marchar para casa. Labor no siempre fácil dado el estado del terreno en las salidas de los prados y en los caminos de entonces. Más de uno entornó en el camino.
El pajar nos atraía de pequeños por aquello de tirarnos desde las vigas al colchón de hierba. Pero era un duro trabajo de mayores por el polvillo que desprende la hierba seca, que es asfixiante. Y había que pisar y atacar bien los espacios porque el pajar no era grande y tenía que entrar toda la hierba. Una persona descargaba desde el carro al boquerón o bocarón (ventana del pajar) Y otra desde ahí la echaba hacia la zona a llenar y allí el pisador la iba colocando y pisando. Una hora solía llevar esta faena a buen ritmo. Si daba la sombra ya en la zona donde se ponía el carro era una buena ventaja.
Según las distancias, en la tarde se podían traer dos carros. No había tiempo para más. Cansados, llenos de polvo y sudorosos, mejor era ir directamente al río a darse un buen baño ya oscureciendo el día. Porque mañana esperaba otra dura jornada.
Marisa Fernández García
Uno de los sitios más frecuentados de nuestra vida en La Mata han sido las Eras. Según me contaba mi madre nos llevaban a los niños a tomar el sol y a jugar. Siempre me han recordado la anécdota de que en una ocasión me pidieron que diera un beso a Juan Helios, de mi edad, y en vez del beso le mordí en la cara.
Los chicos jugaban con frecuencia al escondite entre las parvas y las torres de centeno, con el riesgo consiguiente del enfado y la bronca de los dueños.
Durante muchos días en el verano, la era se convertía en nuestra casa. Desde las 11 de la mañana hasta la puesta del sol había que trillar: era duro y aburrido. Deseábamos que llegase la hora de la comida para descansar y comer a la sombra del carro o de un árbol. Comida a roncho, todos de la misma cazuela.
En nuestra era, la de Román y Asunción, estaba el manantial de la fuente de la “Llamosa” que daba y da agua a las fuentes de la Rinconada y de la Plaza de Felipe Fernández. Venían de todas las eras a buscar agua con sus botijos. Suponía un buen alivio, porque siempre se podía hablar un poco. También, a veces, íbamos los chicos o chicas de nuestra edad a subir a otros trillos y dábamos varias vueltas charlando.
En nuestra juventud era el punto de reunión de la panda. Se acercaban los chicos de Pardesivil o de Santa Colomba y allí hacíamos las tertulias y algún que otro ligue.
Cuando llegaba el calor nos refugiábamos en las eras que tenían nogal para dar buena sombra, como en la Era de Florinda.
Y cuando llegaba la Fiesta del pueblo, el sitio elegido era y es la Era. Hace años se hacía en la Era también el Corro de la Lucha Leonesa y a la vez tocaba la música. Se veía bien lo que había y participaba todo el mundo porque la fiesta se celebraba pronto, a media tarde. Y se oían los comentarios según el ambiente que hubiera: “hay poca o mucha fiesta”.
La era siempre trae añoranzas. Desde algún desaguisado de la pareja que se escapaba de la trilla, al recuerdo de algún ligue romántico de la fiesta; o el rebusco al día siguiente por si se encontraba algo de valor, o los momentos tranquilos de paseo los domingos esperando que pasase el tiempo.
Las Eras de la Mata estaban casi todas a los largo de la carretera: desde la de la tía Gilda más al sur hasta la del tío Ramiro al norte. A la entrada del pueblo y a la salida de la “callejina”, por donde el inicio de La Moral, se juntaban los núcleos de eras más numerosos
La Era trae a mi memoria muchos y bellos recuerdos de mi niñez y juventud. ¿Y a vosotros?
Presentamos este plano de La Mata que la Diputación de León entregó hace unos años al pueblo, donde se indican los lí,mites de la zona urbana. Pueden observarse los recintos de las edificaciones de casas y cuadras, así como las calles, presas y otros aspectos del pueblo, junto con los solares dedicados a huertas y prados dentro del casco urbano.
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