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Boletín 109 - Primavera 2008
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RECUERDOS DE MI VIDA EN LA MATA. ASÍ SE VIVÍA EN LA MATA MES A MES: JULIO
Adolfo Fernández López
Julio es el mes más caluroso del verano, y sus días los más largos del año. En julio es cuando el labrador tiene que trabajar más. Las siegas eran lo principal. A primeros de mes los trigos y las cebadas iban cogiendo color de secos, y mientras terminaban de madurar se empezaba a segar y recoger la hierba. En la actualidad estas labores con las segadoras-empacadoras y los tractores no duran más que unos días y requieren poca mano de obra, pero antiguamente era un trabajo agotador porque la siega se hacía a hoz y guadaña. Esta labor posiblemente era la única exclusiva de hombres, precisamente por lo duro que era tirar de guadaña.
Como todos sabréis la guadaña llevaba una hoja de acero de unos 70 cm. de longitud y un poco curvada que termina en pico con la que se cortaba la hierba a ras de suelo, sujeta a un mango de madera con dos agarres uno en la parte superior donde se agarraba con la mano izquierda y otro en la parte central, a media altura, donde se cogía con la mano derecha dando la fuerza del corte. La distancia entre un agarre y otro convenía que se adaptara a la corpulencia o tamaño del segador o de lo contrario tenía que hacer un superior esfuerzo. Vísperas de San Pedro se empezaban a preparar y picar las guadañas del año anterior a base de martillo y yunque, y si se necesitaba alguna nueva se compraba en la feria de Boñar.
La siega comenzaba al amanecer, con la fresca, y entre las nueve y las diez de la mañana ya se hacía un pequeño descanso para tomar “las diez”, unos buenos tacos de chorizo, tocino, cecina y jamón con la hogaza de pan y vino, que llevaban a esa hora las mujeres o algún rapaz, y que ayudaban a reponer fuerzas y poder aguantar hasta el mediodía que ya se hacía una comida fuerte.
Si no cortaba bien la guadaña se sacaba la piedra de afilar de una especie de estuche de madera (gachapa) o de cuerno de buey que se llevaba colgado al cinto, con agua y hierba mojada, y se le daba un repaso a la hoja sacándola el filo.
Los marallos o manojos se esparcían por la finca con la horca de la hierba para que pudiese secar. Al día siguiente se le daba la primera vuelta y a la otra mañana siguiente la segunda; pasados esos dos días, cuando ya estaba bien seca, se atropaba con la horca y repasar bien con el rastro de madera, haciendo distintos montones para después cargarla en el carro, especialmente preparado con armantes para que tuviera una capacidad más grande.
Para cargar el carro, se subía una persona en él distribuyendo y pisando la hierba que desde abajo le iban echando. Era importante saber colocarla para conseguir un buen equilibrio de la carga a ambos lados, y luego al acabar se ataba con sogas, bien tensadas, para evitar riesgos de entornar y perder la carga por los caminos. Las horcas y los rastros se colocaban en la parte trasera del carro espetados en la hierba. Para ir a casa, un hombre se situaba delante del carro pendiente de agarrar a una de las vacas de la pareja por un cuerno, según la dirección que tuviera que tomar, o pincharlas con la ijada, para que no se detuvieran, y atento a los posibles desniveles del camino. Detrás iban otros, preparados por si hiciese falta en cualquier momento agarrarse de los armantes para evitar que el carro entornase, y no faltaba alrededor el perro.
Voy a contaros una anécdota, no sé si Isidro tendría 8 años cuando le dije un día: ¿me quieres cuidar en el prado las dos parejas de trabajo? Ese día entro Isidro a cuidar como niño, luego paso a motril y terminó como criado y como de casa. Isidro y Pertines, eran primos y muy amigos siempre se les veía juntos, los dos con carácter un poco diferente. Isidro más serio, Pertines siempre sonriente. Un año teníamos que cuidar el semental cabrío porque no podía ir con el rebaño. Era un animal con unos cuernos grandes como su barba, había que sacarlo a la sebe del prado, tenía un collar donde se cogía una larga y sencilla cadena. Cuando lo sacaba Pertines el animal se ponía sobre dos patas amenazante, Pertines siempre tenía buenas palabras para él y el animal obedecía, sin embargo cuando lo cogía Isidro la cosa cambiaba, si se levantaba el animal Isidro se acaloraba “no me cabrees, mira que saco la navaja y te la clavo hasta el alma”. Un día acarreando hierba, cuando ya estaba la hierba en el carro, resulta que llevaba alguna “fina” espina. Isidro iba delante de la pareja con la ahijada, y Pertines detrás con un rastro. Pertines dice “hoy Adolfo comiste bien, hay te van unos buenos escarbadientes”, y risa a carcajadas. Así era Pertines.
Al llegar a casa, se acercaba el carro al boquerón de la tenada o del pajar, se calzaba bien, se desuncía la pareja si es que no se iban a hacer ese día más acarreos, y luego se “metía” la hierba.
Cuando era un chaval a mí me tocaba estar dentro del pajar, en el pajar hondo o sea que no tenías piso, para pisar la hierba éramos tres: una novilla, el burro y yo. El burro tenía mala leche, soltaba cada patada que mi cabeza se libraba de milagro. Cuando el pajar estaba a más de medio llenar se hacía una pequeña rampa hacia la puerta para que saliera la novilla. El burro seguía hasta dar con las vigas, este salía por el bocarón al carro de hierba y de allí al suelo. De la cantidad de hierba recogida dependía el poder cebar en condiciones al ganado vacuno durante todo el invierno, así que se pisaba mucho para que cupiese la mayor cantidad posible.
Aunque en todos los sitios la siega se hacía de forma manual, era más fácil en unos que en otros dependiendo de la situación de las huertas o prados y de lo arregladas que se tuvieran. Recuerdo como estaban dos fincas mías. La primera “la Huerta cepos”. Salías de casa y a pocos metros entrabas en la finca, por la que pasaba el reguero muy lleno de berros de los que Felisa la vecina disfrutaba y a nosotros nos parecía una cosa rara y no lo entendíamos. Lo mismo que cuando veíamos a la tía Filomena cogiendo caracoles. Esta había nacido en Mioño en un pueblo de Santander, un bonito pueblo donde después mi familia y yo hemos pasado y merendado muchos fines de semana. Tanto la ensalada de berros como la ración de caracoles son dos platos caros en Vizcaya y Santander. Bueno, pues en la huerta el reguero al salirse había un gran palero donde daba mucha sombra para lavar, dos cajones con sus batideras, que la familia usaba y también Isidora, una larga soga para tender la ropa, y la fina hierba para extenderla. Hoy todo esto se ha perdido, no hay nada, hortelana y cosas parecidas. En la otra parte del prado, al oeste, la sebe de negrillo muy tupida y lo restante y lo demás gruesos chopos, Esta finca y la huerta mayorazgo, hoy de los herederos de Celestina, era el pasto del caballo.
Contigua a la huerta cepos estaba la huerta arriba, de 50 heminas, la mayoría de la finca rodeada de gruesos chopos, las sebes limpias y bien cuidadas. Pocas personas quedarían sin conocer esta bonita finca. La cruzaban vecinos que esperaban a que sus ganados bajaran de Valderramos o que iban al soto a cuidarlos. Otros que iban en dirección a la fábrica, o a recorrer las aguas de riego, y otros simplemente distrayéndose.
Esta finca era famosa y estimada por los segadores, por el fácil segar y la buena hierba. Recuerdo a muchos, y voy a nombrar a Leonardo, Doro, Argemiro, y con ellos el tío Cayetano que segaba y les preparaba las guadañas. Estos eran de Pardesevil, yo era muy jovencillo, y ellos no se si estaban solteros o casados. La finca era de trabajo y también de diversión.
Recuerdo las meriendas-cena a las sombras de los chopos. Mientras los mayores preparaban todo, extendían el mantel, sacaban las tortillas de patata y embutidos caseros, mientras tanto mis hermanos y yo nos bañábamos en la Palerona. Mi hermano Antonio llevaba la relumbrera, que escondía bien, y regresábamos con las truchas envueltas en su camisa. ¡Que ratos más felices!. En la Palerona, cuando la bañaba el sol, era una delicia contemplar las truchas, las bandas de barbos, veías una trucha grande oscura que salía de una cueva para meterse en otra, una culebra que venía en mi dirección…era un bañadero estupendo. Hasta las chicas disfrutaban las sombras de la Palerona si en el serrón hacía mucho calor. Yo alguna vez que veía que se iban a bañar procuraba no ser visto para que disfrutaran del baño, si alguna pasaba algún apuro era debido a las ropas que antaño se llevaba para bañarse. Estas dos fincas eran mi ilusión.
En Julio, por otra parte, seguían los riegos de las patatas, fréjoles, plantón, garbanzos…
En la década 1940 hubo un aviso del ayuntamiento que había o venía una plaga de gusanos que se comían los patatales, que se avisara nada más que se viera algún detalle, nosotros fuimos los primeros en darnos cuenta oreando las patatas en las secadas vimos seis plantas que estaban casi comidas por gusanos rojos, escarabajos. Dimos cuenta al ayuntamiento, el cual al comprobarlo nos facilitó arseniato gratis para sulfatar. Así empezó el gasto y el trabajo de sulfatar las fincas de las patatas. Unos decían que la culpa era de los americanos que echaron la plaga desde aviones, para poner industrias sulfamidas, otros que de los alemanes...
A mediados de mes se empezaba la siega de los cereales: primero el centeno, luego la cebada y por último el trigo, y normalmente para Santiago concluía ya la siega, pero el acarreo de las gavillas a la era, la trilla y limpia se hacía mayormente en agosto así que de esto hablaré en el próximo mes.
Durante los 3 meses de verano había mucha animación en La Mata y alrededores, porque además de los mozos y mozas del pueblo estaban los motriles que se cogían para sacar el ganado vacuno al pasto, y las cuadrillas de segadores que se contrataban para los trabajos de siega y trilla.
La diversión consistía en que si en algún pueblo cercano había fiesta se iba a la fiesta, como el día 26 que era Santa Ana, patrona de Santa Colomba, y por supuesto los domingos misa y juego de bolos por la mañana, y partida de cartas y paseos por la tarde.
Recuerdo un domingo, la misa cantada. Sacristanes Eladino y yo. Yo subo un misal al coro muy pesado y viejo en latín que no había quien lo entendiese. En el coro me lo coge uno de los que van a cantar la misa, se lo entrega a Joaquín Robles, padre de Conrado, Elena y Juan. Entre los cantantes están Valerio, Martín, D. Pepe el maestro, Román, Eliseo, Virgilio…..La misa empieza a cantar siempre el tío Joaquín. El cántico es más parecido a los árabes o musulmanes, un latín cerrado. Debajo del coro estaba la pila de bautizos separada por una verja de madera y al lado un largo banco donde se sentaban los hombres. Vi que estaba lleno y que en medio había un pobre. El párroco Don Teodoro al empezar el sermón había que ponerle un ligero sillón. Alguna vez se pasaba de tiempo. Esta vez se paso mucho después de explicar el evangelio empezó a hablar de los santos y sobre todo de Santa Benedictina, “los milagros eran por 100”, seguía hablando “por 400”, seguía otro poco “por 500”, seguía “por 1000”, entonces se levanta el pobre con una voz potente dice: “un millón y termine ya” y siguió hablando y refunfuñando el pobre pero yo ya no le entendí más, el cura como un resorte bajo del sillón y siguió la misa de espaldas al pueblo como era entonces. Eliseo baja del coro coge por un brazo al pobre, este se levanta coge el palo que solían llevar los pobres para librarse de los perros, se echa un saco a estilo de alforja, para un lado el pan para el otro patatas, y cogido por el brazo lo echa a la calle. Al terminar la misa y ayudar a desvestir, y tras dar los días al sacerdote y recibir los cinco céntimos, salimos a ver si veíamos al pobre. Estaban unos hombres al lado de la iglesia, y unos metros más desviados el pobre con los ojos casi salidos mirando a Eliseo y diciendo “malo, malo, mucho malo, mucho mucho mucho malo…”
A partir de mediados de julio los muchos cerezales nos ofrecían ya sus cerezas negras o rojas, y los pardales y grajos si nos descuidábamos nos ayudaban a comerlas. También había ya algunas manzanas tempranas. Y por todo los lados montones de cigarras dando buena tabarra con sus “cantos”, y cuando callaban las cigarras empezaban su serenata los grillos.
En nuestro pueblo también existen los restos de lo que debió ser un edificio de los considerados como de carácter singular y que, con cierta frecuencia, se pueden observar si no han sido derruidos, junto con la iglesia y alguna casa solariega, en la mayoría de los pueblos de cierta importancia.
En estos días ha quedado al descubierto la tercera de las fachadas de un posible antiguo torreón, que es conocido como “Palomar de Valerio” y que forma parte de la actual casa de Manuel Díez y Emilia Bayón en la calle Real, nº 15. En el corral de la casa, conocido como “Corral de las Sopejas” desde 1979, es donde se celebra el inicio de las fiestas del pueblo por medio del Pregón y el Encuentro de los vecinos y forasteros que acuden a tal fin.
La causa del descubrimiento ha sido la demolición de lo que era un pajar y cuadras del solar, edificio que se sostenía entre el citado palomar y la casa que fue de Plácido Fernández y luego habitada por su hija Honorina, tía Nores, y su esposo Manuel Castro. En estos días, Camino, hija de Manolo y Emilia, inicia ahí la construcción de su futura vivienda.
En la Edad Media se construyeron los torreones como puntos estratégicos. Se consideraban decisivos para la defensa, como atalaya para vigilar las tierras y otear el horizonte. En general, eran símbolos distintivos de autoridad y de poder económico. La edificación solía tener un carácter pesado, sólido y adusto debido a la proporción entre base y altura.
Fernando, en el Boletín nº 6, junio de 1980, escribió en su importante artículo “La Mata, palmo a palmo”: “Los puntos fundamentales del casco urbano fueron fundamentalmente tres; de su localización y hegemonía hablan hasta las mismas piedras…
Desde La Rodera hasta la calleja del Mayoralgo, en
el tramo más abundante de agua, se asentaron varios colonos; pero, en un buen
principio, se debió tratar de un lugar solitario ocupado por huertas y presidido
por un alto torreón, conservado casi en su integridad en la actualidad, y que
sirvió de cárcel en los tiempos del feudalismo. Nos referimos al llamado,
popularmente, “Palomar de Valerio”, perteneciente hoy a Manuel Rodríguez y
Emilia Bayón. Sus puertas, baja y a media pared, en arco y piedra labrada,
hablan por sí solas de su ancestral y recio abolengo”.
Cuando hacia 1970 se restauró el torreón dejándolo en su estado actual, el edificio tenía una altura aproximada de unos ocho o nueve metros, con tejado a cuatro aguas; constaba de tres habitáculos superpuestos con sus respectivas puertas al corral, construidas de la forma anteriormente descrita y que servirían de acceso independientes a cada uno.
En el inferior, con suelo de tierra y puerta al interior de la entrada actual, utilizada ahora y, posiblemente siempre, como bodega, pudiera haber sido destinada, en su tiempo y en distintos períodos, a calabozo para delincuentes y maleantes hasta que fueran llevados a la cárcel del castillo o lugar más importante; de ahí, la denominación de cárcel que la tradición oral ha mantenido.
El segundo, en la actualidad un hermoso y amplio salón con chimenea, con pequeña ventana a la calle, enmarcada de robustas piedras labradas, se destinaría a vivienda o sala principal de los ocupantes del edificio, el cual disponía de la puerta actual al corral que quizá al inicio tuviera adosada una escalera de madera, pero que desde hace muchos años estaba sustituida por un montón de piedras agrupadas hasta la construcción de la actual escalera con barandilla.
El último aposento con ventana y puerta, inexistente desde la reforma citada, se dedicaría a vivienda o despensa de víveres, ropa o mobiliario diverso o, quizá, a zona de observación ya que era una ocupación importante de todo torreón o edificación similar. Posteriormente se utilizaría como palomar, puesto que últimamente se distinguían perfectamente los huecos apropiados para tales aves; de ahí su denominación de “palomar de Valerio”, anterior dueño de la casa junto con su esposa Aurelia que no tuvieron hijos, a quienes bastantes vecinos han conocido; también se accedería al mismo por una escalera exterior de madera.
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BESAR
Me decías que el besar es difícil corregir, porque es tan grato el sentir que el alma muestra al besar, que ya una vez el empezar es forzoso reincidir.
¿Por qué es bálsamo de amor? ¿Por qué es esencia de amor? Porque en su grato sabor es la razón de ser, ya te podrás convencer de esta verdad inmortal, si tus labios de coral dan un beso de mujer.
Te puedo a ti jurar que la impresión de sentir cuando el primer beso di jamás lo podré olvidar. Fue tan grato mi delirio y tan lleno de embeleso, fue tan dulce y con exceso el almíbar que probé, que desde entonces bien sé el sabor que tiene un beso.
Ni más te puedo decir, ni más te puedo explicar, no se puede describir el sabor de un beso en sí. Ya verás cuando los dos nos demos al amor. ¡Es lo mejor que hizo Dios!
Joaquín Pérez. La Mata
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POEMA
¡Ay! Camino, no sabes cuánto te admiro. ¡Ay! Camino, tu rostro me hace caer en mi esplendor. ¡Ay! Camino, tu boca es tan hermosa como una estrella fugaz. ¡Ay! Camino, tus ojos son tan brillantes como el agua del mar. ¡Ay! Camino, tienes algunas cuestas como la bajada a un volcán. ¡Ay! Camino, tienes algunas curvas como una culebra de río. ¡Ay! Camino, no sabes cuánto te admiro.
Iris Campos Rodríguez. 13 años. La Mata
A LA ORILLA DE TU ORILLA
Hoy, en la inmensidad del mar, se me acorta tu distancia, viendo en su profundidad el espejo de tu alma. Te oigo entre las olas cual música que danza y como si en gaviota llegaras a esta playa. En esta espuma blanca veo tu mente clara y en esta fina arena tu huella muy marcada. Un barco en la lejanía une el cielo y el mar; parece que se abrazan quedando mar adentro buscando nuevas playas. Esa es mi suerte hoy, barco en la lejanía, niño que al agua abraza, arena que acaricia tu huella en mi señalada. Teresa Valladares. Avilés |
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