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Boletín 109 - Primavera 2008
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Nuestro pueblo de La Mata de Curueño es muy pequeño. El último padrón utilizado en las próximas pasadas elecciones asignaba cuarenta y ocho empadronados. Es sabido que este número de habitantes oficiales no se corresponde con cuantos viven habitualmente en la localidad, ya que teniendo en cuenta a los tres niños no se llega a la treintena.
La realidad es que, durante el verano, se abren las más de sesenta casas habitables en la actualidad. Además, se cuenta con la inestimable visita de los doscientos adolescentes y monitores que, en diferentes turnos, ocupan el campamento de Jumavi.
Sin embargo, a pesar de su insignificancia, nuestro pueblo dispone de cinco hermosos símbolos de toda vecindad bien organizada y leal a sus tradiciones, antiguas o cercanas. Tenemos pendón, himno, bandera, escudo y periódico trimestral.
El pendón, de tipo medio, preside la procesión del santo patrono S. Martín. Ese estandarte tradicional e inmemorial, propio de iglesias parroquiales y de cofradías, con sus cinco franjas alternando los colores verde y fucsia, nos une con nuestros antepasados.
La bandera, como insignia característica, surgió como idea en una de las reuniones preparatorias de las fiestas de 1979 y ondeó, por primera vez, en el verano de 1980. Hizo suyos los colores del pendón y en dos bandas verticales tiene incrustadas, respectivamente, las memorias del “castillo” y del “matón” de árboles, posible origen del nombre del pueblo.
El himno, con letra y música de nuestro convecino ya fallecido Fernando Sierra, aparece en 1982. Desde entonces nuestras voces se hacen eco de su hermosa melodía y entrañable cita de cuanto hace que sea “La Mata un vergel y un remanso de paz”. Mención, también, para el himno al santo patrono compuesto por Fernando en 1953.
El escudo es de 1983. Sus tres campos heráldicos son expresivos testigos de historia y lugar: leyenda del “castillo” y topónimo de La Mata es el “matón”, así como certificación del agua abundante que nos rodea por medio de la desaparecida fuente del “Mayorazgo”; en la bordura el nombre del pueblo junto con la leyenda “si vas a La Mata lleva pan que agua te la darán” y surmontado una corona de marquesado.
Finalmente, el símbolo que se hace prenda entre las manos cada trimestre: el Boletín. Con este número 109 se inicia el trigésimo año de la publicación de “La Mata de Curueño, un pueblo que nos une”. Como se ha escrito, el periódico “es nuestra voz y nos dice que no estamos solos, que somos herederos y continuadores, que somos deudores de bienhechores conocidos y que no ignoremos los recuerdos, que debemos transmitir las horas de hoy para que permanezcan… “
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Portada nº 109 |
Redacción
Plácido Fernández García
Miguel Fuertes González.
Mª Jesús Álvarez. Mercedes Abril. Mª Antonia Alvarez. Carmina Robles.
Edita
ASI
FINANCIAMOS EL BOLETÍN
La
financiación de este Boletín, con un presupuesto de 900 euros por cada
número, se realiza por medio de las cuotas de los socios de la Asociación
Cultural “La Mata de Curueño, un pueblo que nos une” y por donaciones
voluntarias.
Se pueden entregar a cualquiera de los responsables
de la Junta Directiva y en Caja España, Sucursal San Marcelo, Plaza de S. Marcelo, 5. 24002. León.
Titular: “Boletín trimestral La Mata de Curueño. Pueblo que nos une”.
Libreta de Ahorro, nº 2096.0001.23.2021302800
Se ha derrumbado un viejo horno y se ha restaurado otro.
Con la cocina de horno que le cobijaba o adosado a ella, en corral o en huerta,
son referencia viva y muda de formas de vida en algunos hogares del pueblo.
Había que hacer el pan, algún cuantioso cocido y curar la anual matanza
Cocinas de horno, de piedra rodada o de adobe, amplia o reducida,
con sus paredes y techo tiznados por el abundante “sarro” y el espeso humo;
calderas de cinc o de cobre y “plagancias”, cedazos y larga pala de madera,
varal de “escomullir”, badil y “arralladera”, aceitera y moldes, azúcar y miel…;
arriba, los largos y firmes varales y los grandes clavos que había que curar y guardar
la matanza con sus tesoros de chorizos y morcillas, jamones y perniles…
Hornos de adobe, barro y terrazo, con su gran panza abovedada y eficiente boca,
“arrojados” y ardientes sin cesar por urces, palos de hoja y escogida leña gorda,
reserva segura de calor que debía durar y no ceder hasta conseguir el pan crujiente
como hogazas para varios días que reposaban luego en el la arca de la panera.
Hornos para el pan de casa y hornos prestados para el pan de los de afuera,
testigos saludables de heredados gestos y modos, del trabajo tenaz e intenso.
Horno humilde de pueblo, en su profundo misterio de hacer el provechoso pan
por la peculiar ligazón de harina y sal, del agua caliente y la porción de hurmiento,
que conseguía como don laborioso la masa holgada y firme en la masera;
días señalados para las manos amasando y creando panes, tortas y pastas,
porque siempre hubo quien ponía toda su alma en hacer bien la tarea,
y era cierta la recompensa al ver la panera llena y la satisfacción reposada.
Reconocidos y evocadores recuerdos del horno con el pan que sabía a bendita gloria.
Lo mejor, las manos siempre. Manos maternales o no, blandas o duras, creadoras,
bienhechoras, seguras y tutelares, inventario de penurias, echando bien las cuentas
para que no faltara el pan durante días y las tortas y roscas como preciadas prendas.
Miguel Fuertes González
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