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Boletín 107 - Otoño 2007
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Titulares I
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07
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Joaquín García Gafo
La tarea del preparado de las viñas; arar, y preparar las cepas con una buena poda se solía hacer en el mes de Marzo. Las personas más jóvenes o que no sean originarias del pueblo se preguntarán: Pero ¿dónde estaban las viñas en la Mata?
Por los años 50 en el monte del lado Oeste (lado de la carretera, desde Moncabrón hasta Vallinofondo o Roseco, prácticamente todo eran viñas. Aún hoy quedan algunas cepas de recuerdo por la zona.
No se hacía vino para vender. Pero si para el consumo propio. Todos tenían al menos una pequeña vina y en todas las casas había un lagar para pisar las uvas.
Mes de Septiembre:
Terminadas otras faenas tardías de la era se comenzaban los preparativos para la vendimia. En la orilla de la presa – acequia del pueblo se veían aparecer las cubas de distinto tamaño. Dos funciones tenía el agua. Una ir hinchando la madera para que no hubiera pérdidas y la otra el lavado de las cubas. Una vez terminadas estas tareas se colocaban bien en la bodega y ya estaban listas para recibir el mosto.
En esta época era corriente ver el desfile de carros por la mañana temprano. Todos cargados con los carriegos, camino de las viñas. Allí se dejaba todo el día. En cada carro cogían seis carriegos. Para quien no sepa qué son los carriegos les decimos que so n unos cestos muy grandes tejidos con bilortas de la zona. Con una capacidad aproximada de 200 kilos sin estar muy llenos.
Hacia las 10 de la mañana llegaban las cuadrillas de vendimiadores para comenzar la faena. Cada persona o a veces entre dos, llenaban una cesta que era llevada a hombros por los más fuertes al carro y depositada en los carriegos..
Por la tardecica cada una enganchaba su pareja de vacas o bueyes y llevaba el carro a casa. Se arrimaba lo más posible a la bodega para descargar los carriegos en el lagar. Labor que corría a cargo de un buen mozo si lo había y cargaba a sus espaldas el tremendo peso, o de dos personas para transportar el carriego, con un pato de soporte.
Una vez descargado el carro de uvas venía el rito del pisado del lagar. Los pisadores se descalzaban y se lavaban bien los pies. Y a pisar… cosa que a los chavales nos encantaba.
El primer mosto sabía a gloria. Era un rito sagrado tener un vaso para que el visitante probara el mosto. El mosto caía por un tubo del lagar al pozal (recipiente de cemento más bajo que el lagar)
Antes de echar el mosto en la cuba se escogía unos racimos de uvas – prieto picudo tenía buena fama – para echarlos a la cuba para hacer de madre. El mosto se echaba en la cuba. Y allí se dejaba fermentar. Cuando paraba de hervir, se tapaba la cuba con paño y luego con barro amasado y de esta forma permanecía tapado hasta el momento del embotellado, que era lo más normal para que no se perdiera el vino.
Casi todos llenaban una cubeta pequeña, que se empezaba casi siempre por Navidad y era la que se “iba gastando”.
En alguna casa además del lagar tenían una prensa, donde se llevaban los sarmientos pisados para que exprimiera hasta la última gota.
Los sarmientos pisados y exprimidos aguardaban a que viniera Cesar, el aguardentero de barrillos. Se lo llevaba para destilar y sacar el orujo. Y así terminaba todo el proceso de la Vendimia.
RINCONES MÁGICOS. EL POZO DE LA OLLA
Gemma Miranda Robles
Me sentí “mayor” el día en que me dejaron ir sola al río. Bueno, sola significaba sin mi madre, pero con mi hermana y con las amigas. Cambié, también, de pozo: de “Los Asturianos” al de “La Olla”. Del de los críos al de la juventud y de los que sabían nadar.
El “Pozo de la Olla” era más recogido y hermoso que ahora: Se cerraba primero sobre la roca, donde había un saliente que se usaba a modo de trampolín, y se abría, en su final, en abanico sobre las piedras, ya sin profundidad. ¡Ni una gota de cemento! Solo la charca, el limo en la orilla y un pequeño remolino en el centro. Semejaba una olla en ebullición, redondo y burbujeante. ¡Ah! Y lleno de truchas.
Por la fiesta, la pandilla, enorme (más de quince personas) y crecida porque nos acompañaban “los de Barrillos”, salimos al pozo de noche. Sin linternas y con todo necesario para la “queimada”. Que ya veis que en La Mata es un rito que tiene tradición. Unos por el camino de “La Fábrica”, siempre inundado, ¿dónde le voy a decir a mi madre que estuve cuando vea estos vaqueros? y otros por las huertas, más corto pero con salto en la presa. Y en aquella ocasión, seguro que algunos aún se acuerdan, con caída entre el abono. Que era bastante peor que el agua, claro. Barro, abono y frío. Pero el pozo iluminado por la luna (ya ven los malpensados que, aún sin linternas no faltaba la luz) era divino. Y con el fuego de la “queimada” era aún mejor. No había conjuros, pero los sustituían con ventaja los “cago’n la luna” de Pinti.
Hubo fiesta para todos: Para los que se perdieron, para los que se encontraron, para los que se bañaron (para los malpensados, no había traje de baño, pero tampoco la luna iluminaba tanto) (y he escrito “los que se bañaron” no “las que se bañaron”), para los que bebieron, para los que se mojaron, para los que estuvieron solo en espíritu…
El “Pozo de la Olla” sigue, aunque cambiado: como nosotros mismos. La fiesta también. Y la queimada, en La Mata, aún sabe a recuerdos compartidos.
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