El viaje ha llegado a su fin...

¿El anillo será destruido?¿Podrá volver Frodo Bolsón a la Comarca?
El ultimo film de la trilogía del “Señor de los Anillos” ha sido estrenado estas Navidades, y en su día de estreno ya tuvo miles de espectadores en todo el mundo. Más de 3 años le ha llevado a Peter Jakson y su equipo rodar estas 3 películas de entre 2 y 3 horas. Con un estupendo reparto ha recreado los personajes de los 3 libros que escribió J.R.Tolkien.
Creo que los lectores habrán encontrado los errores, pero a pesar de eso mejor no se podía haber hecho o ¿si?.
Al salir del cine, se oye a mucha gente, que se ha leído los libros quejándose del final, de que si les había decepcionado.
Pero que le vamos a hacer, ya no se puede cambiar, espero que J.R.Tolkien no esté enfadado...

Alumna 3º e ESO ies la ALbericia

   

La progenia
La progenia es una enfermedad degenerativa que hace que los niños desde que nacen envejezcan más rápido de lo habitual. Cada año que pasa en su vida, pasan 10 en su pequeño cuerpo.
Esta enfermedad les hace tener los achaques de un anciano, dolor de huesos, embolia, infartos...
Desde que nacen y les detectan la enfermedad empiezan a tomar pastillas, para que la enfermedad no acabe con ellos en pocos años.
A los 7 años de edad, su cuerpo ya tiene los 70. Los achaques son cada vez más fuertes y su cuerpo cada vez más débil.
Las preguntas como: ¿mamá, por qué yo soy diferente a los demás?-es frecuente entre los niños que padecen esta enfermedad.Se ven diferentes, y se sienten mas protegidos que otros niños, por lo que les lleva a hacerse ese tipo de preguntas.
Lo máximo que pueden llegar a vivir son, más o menos, los 13 años,el cuerpo del niño no resiste más y muere.
Es una enfermedad poco conocida pero creo que debe conocerse...

Alumna 3º ESO ies la ALbericia

 
       
   
                 
"Una buena decisión"

Esta historia que les quiero relatar, no sucedió ha muchos años antes, ni tampoco en una ciudad muy lejana, no señores lectores; esta es la historia de una chica de unos dieciséis años de edad, “C”, residente en un barrio obrero de Madrid, de cara redondeada yblanca como la nieve y una intensa mirada, que, pese a los pocos años con los que aún contaba, dejaban al descubierto las ganas que tenía de, aun lo poco que pudiere, ayudar a los demás a encontrar esa felicidad con la que ahora gozaba y que la hacía saber valorar cualquier cosa que ante sus semejantes pudiera pasar inadvertida.

Era feliz solamente con escuchar el dulce canto de las aves, oler la suave y envolvente fragancia de las flores, y música a sus oídos eran las risas alegres de los tiernos niños.

Aunque al principio pareciera algo introvertida y un poco fuera de lo común, eso no hacía que los que la rodeaban la rechazaran, al contrario; la gente la quería y respetaba, y aunque no compartía en absoluto los ideales de sus compañeros, influía (notoriamente, en algunos casos) en sus vidas. Los corazones más endurecidos se abrían ante ella, de par en par, cual libro abierto; confiaban en sus consejos (adquiridos gracias a las experiencias vividas), muchos acudían a ella con la esperanza de encontrar la salida para sus problemas, (si bien era cierto que dicha salida existía), pues confiaban en que, si su vida había llegado a ser como ella decía que lo había sido, entonces todo el mundo podría salir del abismo en el que, de uno u otro modo, se hallan metidos aquellos quienes más libres se creen ser.

Ella siempre les relataba sus experiencias vividas, como quien relata una historia que tiene muy aprendida de memoria, con la peculiar diferencia de que la suya no era una historia ficticia; era la realidad de lo que hasta hace unos años había sido su vida. Si es de su interés conocer esta verídica historia, permitan a sus ojos deslizarse durante unos minutos obre éstas líneas...

"Desde el principio"

Todo comenzó aquel trágico día de la vuelta de las vacaciones, que no solamente señalaba el final de un precioso verano, sino que fue un día que marcó la vida de la que entonces, tan sólo era una niña de ocho años recién cumplidos. “C”, regresaba de pasar unas maravillosas vacaciones junto a su prima y sus tíos, en un apartado lugar (cuyo nombre me es innecesario mencionar), cuando al llegar al que entonces era su hogar, y sintiendo unas ganas enormes de abrazar a su mamá (como cariñosamente la llamaba y, nombre que a partir de entonces muy pocas veces pronunciaría) sintió cómo la sangre de su diminuto cuerpo se quedaba helada, al contemplar al "ser" que le abrió la puerta, y al cual fue incapaz de identificar hasta pasados unos segundos. Esforzándose por reconocer a quien la había abierto la puerta, se llevó la horrible sorpresa de que era su propia madre, con la cara deformada, al parecer y según la explicó ésta, debido a una grave alergia sufrida durante su ausencia. Pero no, en su corazón una leve sospecha se levantó, de que su madre no la estaba diciendo toda la verdad, y esa sospecha se vio confirmada cuando instintivamente preguntó el paradero de su padre, pues ya era bastante tarde cómo para estar trabajando. Ante las evasivas respuestas de su madre, decidió retirarse a su cuarto a descansar, con el terrible presentimiento de que algo no marchaba bien. Pero cuando apenas había cerrado los ojos, sintió una extraña agitación fuera; provenía de la escalera. Sobrecogida por un miedo atroz, apenas pudo incorporarse para descubrir de dónde venía aquel escándalo. Se calzó rápidamente las zapatillas que su abuela la había regalado en su cumpleaños, y se encaminó hasta la puerta de su habitación para abrirla, cuando, desde dentro al percibir la que reconocía como la voz de su padre, profiriendo una serie de gritos y maldiciones en contra de su madre, y amenazándola con que o le dejaba ver a su hija o no respondía de sus actos, se echó a llorar. Su padre, al parecer, al sentir la voz de su hija llorando, cesó de golpear la puerta y de gritar, y en los siguientes minutos todo se calmó un poco. La niña corrió a abrazar a su madre y a pedirle que por favor la explicara qué significaba todo aquello. Los temores que ella había tenido en su corazón se hicieron dolorosamente ciertos: su padre, en un ataque de histeria, le había propinado una paliza tan sumamente brutal a su madre, que, de no haber sido por los vecinos, podría haberla causado un daño irreparable, y en consecuencia su madre le había echado de casa; la familia se había roto.

Aún estaban ellas hablando, cuando de la habitación de su hermano pequeño que tan sólo contaba un año, un ruido que parecía ser de ventanas rotas, las hizo sobrecogerse de pánico. El niño comenzó a llorar, y a continuación pudieron escuchar la voz del hombre intentando acunar a su hijo menor. Con los músculos entumecidos a causa del miedo, grato alivio les fue escuchar lo que, si sus oídos no las estaban fallando, eran sirenas de un coche de policía. En efecto, los vecinos conmocionados a causa de los sucesos acontecidos, y no viendo una mejor manera de ayudar, tomaron la que les parecía mejor decisión: avisar a la policía. Los dos policías, que vestían sendos trajes azules, irrumpieron en la vivienda, con el único propósito de averiguar a qué se debía semejante discusión. La situación pareció calmarse...pero fueron muy pocos los días que tuvieron de tregua.

En las siguientes noches, la niña no pudo pegar ojo, pues al cerrar los ojos las imágenes de lo ocurrido aquella noche, se sucedían una y otra vez en su cabeza.

Cuando regresó al colegio, algo había cambiado: ya no era la misma niña sonriente que
era antes, pues a pesar de que desde muy pequeña la situación familiar en la que vivía no era muy adecuada que digamos, ella siempre había sabido que un día todo cambiaría para bien. Y no es que no quisiera a sus padres, no, sino que desde muy pequeña había tenido que hacerse cargo de cosas que, por muy responsable que pudiera llegar a ser, una niña de su edad, no tenía porqué cargar. Sus padres acostumbraban a irse por las noches de copas, y no regresaban hasta altas horas de la madrugada, y ella tenía que encargarse de cuidar a su hermanito, y aunque eso era algo que la gustaba, pues podían quedarse hasta bien tarde mirando la televisión, siempre procuraba quedase dormida antes de que llegaran sus padres a casa, con tal de no escuchar las peleas que día tras día acontecían. Pero lo de aquel día fue la gota que colmó el vaso. Tenía en su corazón una mezcla extraña de sentimientos y emociones, que la impedían concentrarse en lo que la rodeaba. No es que sintiera odio hacia su padre, pero le dolía el alma al recordar lo que le había hecho a su madre; le echaba de menos, pues le habían prohibido cualquier acercamiento a ella hasta que se produjera el juicio, pero en realidad tampoco quería verle. La confusión que sentía por dentro no pasó desapercibida ante los ojos de sus amigos y compañeros, especialmente ante los de "Pepe", su profesor, que la quería y cuidaba como si de su propia hija se tratara.

Al enterarse el buen hombre de la separación de sus padres y de por dónde estaba pasando su alumna preferida, se esforzó por animarla y cuidarla, para que al menos las horas que pasaba en el colegio, fuera de su casa, se le hicieran más llevaderas.

Como ya dije, los días de tregua fueron pocos para esa familia, que ahora sólo contaba con tres miembros. En aquella casa se respiraba angustia y tristeza, pues aunque su madre decidió divorciarse para que sus hijos y ella misma se libraran de vivir de aquella manera, ella amaba a aquel hombre con todo su corazón, y aunque él ya no estaba, su presencia inundaba cada rincón.

Un día, a eso de las cinco de la tarde, una llamada telefónica acabó con el descanso. Había vuelto. Al principio, intentó enmendar su error; llamaba suplicando perdón, diciendo que no podía vivir sin ellos, que si no le readmitían en aquella familia, de nada le valdría seguir viviendo...pero fueron en vano. Ni la madre, ni la niña querían dejarle volver, aunque en el fondo le querían, también eran conscientes de lo que supondría dejarle volver. No le creían, y no podían arriesgarse, no, era demasiado riesgo. Al sentirse él rechazado por su propia gente, su carácter se tornó en agresivo. Las amenazas iban en aumento, tanto, que la pobre mujer temía salir de casa por si estuviera esperándola. La policía se hizo visitante habitual de aquella casa, pero de nada servía. Sólo el paso del tiempo hizo que las cosas mejoraran...aunque no para todos.
.Con el paso de los meses, la situación familiar se relajó; las llamadas se terminaron, e incluso su madre comenzó a salir con algún que otro amigo, nada serio, pero al menos esas salidas, no la permitían olvidar que el mundo seguía ahí fuera, esperándola, y que no podía olvidarse que siendo una mujer todavía joven, no podía darle la espalda a la idea de rehacer su vida, aunque no por el momento, pues los recuerdos de aquel hombre con quién había compartido la mayor parte de su vida, afloraban en su cabeza y no conseguía olvidarlos. Pero tenía la esperanza de que algún día, conseguiría olvidarle. También al padre (aunque se le quitó la patria y potestad de los niños) se le permitía pasar a recogerlos todos los domingos por la mañana, con la condición impuesta por los tribunales, de que habrían de estar de vuelta en casa de su madre antes de que el reloj marcara las diez de la noche. Los llevaba al parque, de vez en cuando, a comer a casa de los abuelos (padres de él, naturalmente), al cine...en fin, el hombre se esforzaba mucho con ellos, quizá fuera por la enorme culpabilidad que debería de sentir en su interior, o quién sabe porqué, pero la cuestión es que acabó por concederles todos los caprichos que se les antojaban. Un día, estando ellos en un parque cercano de dónde vivía él con sus padres, los niños estaban jugando junto al grupo de gente con los que habitualmente salía su padre. Y estando “C”, cansada de correr y entretener a su hermanito, se sentó junto a ellos. Éstos, absortos en su conversación, no se percataron apenas de la presencia de ella, y ésta, casi sin querer, percibió algunos términos de la conversación, que sin saber el motivo, le parecieron bastante extraños. Lo que más raro le resultó es que personas adultas estuvieran tan interesados en ir a comprar "chocolate", pero no dijo nada. Al llegar a casa y tras despedirse de su padre, le preguntó a su madre si existía algún tipo de dicho producto que no fuera el que se vendía en las tiendas. La madre algo sorprendida por la pregunta tan inesperada que le había hecho su hija, le contestó con franqueza que sí, había uno; le explicó que era un tipo de droga, de las más débiles, pero una droga, y ante la cara de estupefacción de la niña, le preguntó que dónde había oído ella semejante palabra. “C”, ,comprendiendo dónde podía llegar a parar eso, mintió diciéndole que lo había visto por la tele, cosa que su madre sabiendo detalles de la vida de su ex-marido que la niña desconocía, no se creyó. El domingo siguiente, todo transcurrió con normalidad, todo excepto la llegada a casa de los niños. Mantuvieron una conversación (de la que el niño estaba totalmente ajeno, jugando con dos cochecitos) en la que el padre la advirtió que lo que él hiciera o con la gente que él se juntara, no era asunto de su madre. La niña asintió y prometió a su padre (más por miedo que por otra cosa) que no le volvería a contar nada a nadie de lo que pudiera escuchar. Él la persuadió diciéndola que si se enteraban de que algo raro estaba sucediendo, era probable que no le volvieran a ver nunca más. Al llegar a casa, sentía ganas de gritar a su madre, se sentía traicionada por ella. Su madre se la llevó al salón, que solía ser el lugar dónde se sentaban para tratar los temas de importancia. Le explicó que cuando conoció a su padre, todo le llamó la atención de él; lo amable que era, lo simpático y cariñoso que se mostraba con ella...todo. Una sola cosa había que de él no le gustaba: consumía droga. Cuando vieron cómo su relación iba en serio, él la prometió no volver a probar ni una pizca de nada, por ella, cosa que con el paso de los años incumplió, como muchas otras promesas. Y al parecer, después de la separación y todo lo ocurrido, había vuelto a las andadas, y por el bien de sus hijos, eso era algo que ella no podía permitir. La explicó que sabiendo esto, cuando ella le había ido con aquella
duda, supo inmediatamente de dónde provenía esa información. La muchacha dejó escapar algunas lágrimas amargas, y, sin saberlo, ese día dejó para siempre de ser una niña.

Con el paso del tiempo, la joven se fue transformando, y al poco tiempo, ya casi ni sus más allegados podían ni apenas reconocerla. Su personalidad estaba cambiando; ya no era la misma chica tierna y sonriente que antaño había sido. No, ahora era tan sólo un corazón endurecido que rechazando todo consejo y corrección por parte de la gente, decidió no ser cómo los demás. Comenzó a faltar a clase, y cada vez iba ascendiendo más y más en la "escala social" de los barrios bajos.
Pasaron los años y “C” se convirtió en una adolescente muy atada por lo vivido en el
pasado y eso la hizo rebelarse contra la sociedad. Todo comenzó cuando al enamorarse de un chico mulato, del que no se hablaba muy bien en el barrio, se hizo integrante de una pandilla que en sus ratos libres, se dedicaban a robar en los supermercados y a pintar en las paredes; chiquilladas, sí, pero la cosa no acabó ahí, ni mucho menos. Ese fue su comienzo en el mundo de la delincuencia. A pesar de que en casa e incluso en el colegio se había forjado una máscara de "niña buena", la realidad se alejaba mucho de lo que, ante los ojos de los adultos intentaba aparentar. Sentía desprecio por aquella sociedad que no la había sabido comprender cuando ella lo había necesitado, pero lo que ella no entendía por aquel entonces es que, las heridas del corazón ni el tiempo ni cualquier otra cosa en realidad las cura, que sólo las esconde temporalmente, pero el dolor siempre queda ahí, rezagado pero no olvidado. Pero eso fue algo que ella no entendería hasta varios años después.

"Fue por una carta"
Llevando el ritmo de vida acelerado que ella misma se había marcado, y no sintiéndose
plenamente reconocida por la gente a la que admiraba (delincuentes juveniles), optó por
llamar más la atención, y contaba con un poderoso "as" bajo la manga para ello.
Conociendo como conocía (casi sin quererlo) el mundo de la droga y la delincuencia, no le resultó muy difícil hacer creer a la gente que consumía heroína. Quiso hacerlo para atraer la atención de los demás, y todo se le acabó yendo de las manos. Queriendo hacerlo de manera que pareciera real, pensó escribírselo en una carta a uno que tenía por amigo, al que en realidad temía. Estaba concentrada en ello, cuando terminaron la clase y el profesor les permitió salir al recreo, entonces, se introdujo distraídamente la carta en el
bolsillo trasero del pantalón (o al menos eso era lo que ella creía) y se dirigió junto al
resto de sus compañeros.

Pasaron los días, y ella se olvidó de la existencia de aquella carta, pero de lo que no se olvidó fue de que sus "colegas" se enteraran de su contenido. Aquello causó un gran impacto entre ellos; algunos la admiraron desde entonces, otros la miraban con recelo, pues ella había "traspasado" el límite que ellos temían traspasar...hubo diversidad de opiniones, eso sí, que contribuyeron a que su grado en "la escala" siguieran aumentando, y a su vez atrapándola más y más, sin que ella pudiera darse cuenta de ello. Pero sucedió que un día, estando en clase de matemáticas, con Don Clemente, una visita inesperada, cambió en curso de su vida. Celedonio, el conserje, se presentó comunicándole a Don Clemente que aquella alumna debía presentarse de inmediato ante el director del colegio. Ella sin comprender nada, se encaminó hacia su despacho. Cuando se encontró frente a él, llamó a la puerta y solicitó muy cortésmente permiso para entrar. Una vez acomodada, el buen hombre, aparentemente acalorado, extrajo un pedazo de papel arrugado de su escritorio; era su carta. Sintió como si el mundo se le viniera encima, y más aún cuando su viejo director con lágrimas en los ojos le dijo que se veía en la obligación de comunicarle la dolorosa noticia a su madre, con el firme propósito de impedir que la que en un tiempo fue su alumna más brillante, acabara con su vida de aquella manera tan miserable. Ella, sintiéndose incapaz de confesar que todo había sido una invención ya que de enterarse sus amigos sería el final de su vida social, asumió todas las culpas, y, así comenzó una larga cadena de mentiras y engaños que, posteriormente, le costaría mucho deshacer. No pensó en los sentimientos de su madre, fue muy egoísta, y eso a la larga, le pasaría factura. El director la permitió retirarse a su clase. Llegando junto a sus amigos, todos estaban muy interesados en saber el motivo por el cual había sido llamada. De repente, una oscura nube cruzó por su cabeza y por primera vez pensó en cómo habría podido llegar esa carta hasta ahí, pues claro estaba que las cartas no caminan solas.

Preguntó una y otra vez, amenazando de que si alguien había llevado esa carta hasta el
director, más le valdría no ser descubierto. De repente, una cizañera de baja estofa le reveló lo que deseaba saber. Ésta no había acabado aún cuando ella sintió que le hervía la sangre de odio, de deseo de venganza, y no tardó mucho en apaciguar esas ganas que tenía de vengarse. Enfurecida, y con todos sus compañeros en la retaguardia, se dirigió a la causante del fin de su "libertad" y la sacudió con violencia. Repetidas veces la empujó contra la pared, la golpeó y pateó recriminándole el por qué lo había hecho, gritándola y maldiciéndola, y, de no haber sido por los presentes que las separaron, todo pudo haber terminado en una terrible tragedia. Por suerte, lo único que sufrió la muchacha fueron unas cuantas costillas rotas, y una serie muy variada de moretones y señales por el cuerpo.

A partir de ese día, la madre de “C” intentó por todos los medios recuperar lo que pudiera de su amada hija, pues a partir del día en el que recibió aquella llamada informándole de todos los hechos de su hija, se había dado cuenta de que lo que ahora tenía ante sus ojos era un corazón endurecido y triste, cuyo semblante reflejaba esa apatía por vivir que la embargaba. Ahí comenzaron las visitas a psicólogos y demás especialistas que su madre, en su intento de ayudarla fue encontrando, pero todo resultó en vano. La muchacha era muy astuta y no confiaba ni lo más mínimo en aquella gente, ¿y qué era lo que hacía?, mentirles a ellos también.

Llegó el verano y con él la etapa culminante en la vida de la joven. Su padre solicitó permiso para llevárselos con él una temporada, cosa que le fue concedida. “C”, comenzó a hacerse nuevas amistades en el barrio dónde vivía su padre, pero ¡menudas amistades!. Y a raíz de pasar mucho tiempo con ellos, las cosas siguieron empeorando. Su pobre abuelo bajaba a buscarla a altas horas de la noche, rogándola, con lágrimas en los ojos que se apartara de esa gente, que por favor, subiera a casa. Pero la respuesta que recibía el anciano eran las repetidas risas y burlas de parte de los nuevos "colegas" de su nieta, e incluso, de ella misma. Y sólo eso le faltaba a aquel anciano enfermo que se desvivía por sus nietos, y al ver como su nieta estaba perdida, fue la gota que colmó el vaso de sus disgustos. Al poco tiempo, el hombre murió, sin darle tiempo de ver a su familia como a él había deseado toda su vida...y la muchacha nunca tuvo oportunidad de pedirle perdón, y eso nunca se lo perdonaría.

Al llegar septiembre, la calle era su hogar. Su madre habiéndose dado por vencida, no la dejaba ni siquiera entrar en casa para cambiarse la ropa. Su hermano pequeño era quién a escondidas de su madre la tiraba las pocas pertenencias que poseía, por la ventana, cuando su madre estaba trabajando. Ya ni siquiera asistía a clase, se pasaba las horas muertas en un callejón sin apenas luz, evadiéndose de su triste realidad. Porros, alcohol, tabaco... a eso se veía ahora reducidas todas las ilusiones y sueños que un día había tenido, y ni eso la llenaba. Sus facciones habían cambiado, su rostro era incapaz de reflejar ni la más mínima expresión o sentimiento, pues la vida de su corazón se iba consumiendo, día tras día. Se alimentaba de lo que conseguía robar de los supermercados, era una sucia vagabunda. Por propia decisión había perdido el contacto con su padre y con su abuela y los únicos que sufría la amargura de su situación eran su madre y su hermano, del que ya no se puede decir que a esas alturas fuera "pequeño", pues había visto y sufrido mucho, y por mucho tiempo fue el único y máximo apoyo moral de su madre.

Un día, en otro intento por entrar en su casa, su madre se lo permitió y eso la hizo percatarse de que algo había cambiado. Su madre, con lágrimas en los ojos le comunicó la triste noticia. Le indicó que entrara en el salón, por lo que ella pudo autoconfirmarse las sospechas que habían surgido en su interior desde el mismo momento en el que su madre la permitió entrar en casa después de tantos meses. La expresión en el rostro de su madre difuminaba cualquier intento de burla o indiferencia por parte de la joven muchacha. En los instantes que permanecieron en silencio, por la mente de la chiquilla pasaron escenas fugaces de lo que, hasta entonces, había sido su vida. Recordó cómo disfrutaba de pequeña yendo a montar en bici con su padre, cuando sólo eran tres. También recordaba con cierta nostalgia el día en el que se enteró que iban a contar con un miembro más en la familia: la llegada de su hermanito. A medida que sus recuerdos se acercaban más al presente, todo se iba oscureciendo, pues recordaba cómo había llenado su vida con "máscaras", esas cosas que, acabaron por dominarla, que terminaron por atraparla, y todo por intentar ser "más" que el resto, para que nadie tuviera nunca nada que decir en contra suya...¡qué terrible engaño!. Con amargura se daba cuenta de que por mucho que quisiera tapar ese vacío que sentía en su corazón, siempre necesitaba más.

Pensaba en esas noches en las que, llorando por lo infeliz que se sentía al reconocer que
todo lo que había comenzado por diversión, se había convertido en su razón de vivir, alzaba sus ojos empañados al cielo y, rogaba que si en realidad existía Aquel que lo dominaba todo, que, por favor, la sacara de ese infierno dónde ahora se encontraba metida.

Y también fue el día en el que por primera vez se fijó en la mujer (para ella ahora desconocida) que estaba frente a ella. Se fijó en su cara, envejecida a causa de los muchos disgustos recibidos, y en su corazón, después de tanto tiempo volvió a sentir el peso del dolor, de la condenación. Hubiera corrido a abrazarla, la hubiera explicado cuánto lo sentía, la habría suplicado ayuda y perdón...pero algo se lo impedía. Unas cadenas invisibles de pecado, orgullo y vergüenza la ataban y la inmovilizaban el corazón, y no la permitían mostrar en su apariencia ni la más mínima señal de debilidad. Antes de poder reaccionar, la voz de su madre la rescató de sus pensamientos. Las palabras que la joven escuchó, fueron cómo frías dagas clavándose en su propio corazón: debería abandonar inmediatamente Madrid, aquella misma semana, de lo contrario sería conducida a un correccional de menores de dónde no podría salir hasta que cumpliera la mayoría de edad. En ese momento crucial de su corta (aunque vivida) vida, comprendió realmente lo lejos que había llegado. Ahora tendría que abandonarlo todo, absolutamente todo.

Pero a nadie le dolió su partida más que a su madre. La pobre mujer lo intentó de todas las maneras posibles...pero ninguna surtió efecto. Ésta era la única solución que le quedaba por intentar, y, aunque apenas tenía un mínimo de esperanza de recuperarla, su instinto maternal la empujaba a no darse por vencida. Al día siguiente, la muchacha partió. No sabía hacia dónde se dirigía, ni cómo iba a ser su vida a partir de aquel momento, pero si algo había en lo más profundo de su corazón era la confianza de que las cosas iban a cambiar.

No sabía que no tenía nada que temer, que ya había quién se estaba preocupando de ella. Al principio le costó mucho. Le costó mucho reconocer la necesidad que sabía que tenía pero que su orgullo le impedía mostrar. Comenzó a valorar a su familia, a aquellos a quienes teniendo cerca, nunca supo apreciar. Tuvo que dejar de lado todas esas cosas que hasta entonces había aprendido, y que no servían para nada. Encontró a personas llenas de un amor cómo nunca antes había conocido; un amor desinteresado, sincero, que únicamente buscaba el bien de otros. Un amor verdadero. Comprendió a través de ver el ejemplo de aquellas personas, el verdadero significado de la amistad y de la fidelidad. Aunque muchas veces ganas le dieron de abandonar, de tirar la toalla, algo no la dejaba, algo la empujaba a seguir hacia adelante. Fue a gracias a personas pacientes que estuvieron a su lado en toda clase de momentos, que la cuidaron y amaron, (y a las que ella les estaría eternamente agradecida) que pudo rehacer su vida. Pero hubo algo, que fue lo esencial de ese cambio. Algo hacia lo que la gente normal siente un rechazo casi natural. Y ese "algo" es que todo ese amor y esa libertad que ella llegó a experimentar, provenían directamente del corazón de Dios. Y hoy es el día en el que puede testificar de que hay una salida, pues hubo "Alguien" que cambió su tristeza en alegría. "Uno" que todas las noches la escuchaba y que, únicamente esperaba
el momento oportuno. Y ese era Dios. Él quitó con mucho cuidado y amor, esas cadenas que la ataban y no la dejaban casi ni respirar, quitó ese odió, y puso amor, cambió
el rencor por el perdón, y curó, una a una las heridas de su corazón. Y ahora ella vive una vida plena, no necesita nada para llenar su corazón, pues Él lo llena todo. ¿Quieren
saber el por qué sé qué esta historia es real? Porque esa chica, es la que desde algún lugar y con el único fin de demostrar que es posible encontrar la salida, es la que agradecida, les dedica éstas líneas.

                               
 
     
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