Esta
historia que les quiero relatar, no sucedió ha muchos años
antes, ni tampoco en una ciudad
muy lejana, no señores lectores; esta es la historia de una chica
de unos dieciséis años
de edad, “C”, residente en un barrio obrero de Madrid, de
cara redondeada yblanca
como la nieve y una intensa mirada, que, pese a los pocos años
con los que aún contaba,
dejaban al descubierto las ganas que tenía de, aun lo poco que
pudiere, ayudar a
los demás a encontrar esa felicidad con la que ahora gozaba y
que la hacía
saber valorar cualquier cosa que ante sus semejantes pudiera pasar inadvertida.
Era
feliz solamente con escuchar el dulce canto de las aves, oler la suave
y envolvente fragancia
de las flores, y música a sus oídos eran las risas alegres
de los tiernos niños.
Aunque
al principio pareciera algo introvertida y un poco fuera de lo común,
eso no hacía
que los que la rodeaban la rechazaran, al contrario; la gente la quería
y respetaba, y
aunque no compartía en absoluto los ideales de sus compañeros,
influía (notoriamente,
en algunos casos) en sus vidas. Los corazones más endurecidos
se abrían
ante ella, de par en par, cual libro abierto; confiaban en sus consejos
(adquiridos gracias
a las experiencias vividas), muchos acudían a ella con la esperanza
de encontrar la
salida para sus problemas, (si bien era cierto que dicha salida existía),
pues confiaban en
que, si su vida había llegado a ser como ella decía que
lo había sido, entonces todo el
mundo podría salir del abismo en el que, de uno u otro modo,
se hallan metidos aquellos
quienes más libres se creen ser.
Ella
siempre les relataba sus experiencias vividas, como quien relata una
historia que tiene
muy aprendida de memoria, con la peculiar diferencia de que la suya
no era una historia
ficticia; era la realidad de lo que hasta hace unos años había
sido su vida. Si es de
su interés conocer esta verídica historia, permitan a
sus ojos deslizarse durante unos minutos
obre éstas líneas...
"Desde
el principio"
Todo
comenzó aquel trágico día de la vuelta de las vacaciones,
que no solamente señalaba el final de un precioso verano, sino
que fue un día que marcó la vida de la que entonces, tan
sólo era una niña de ocho años recién cumplidos.
“C”, regresaba de pasar unas maravillosas vacaciones junto
a su prima y sus tíos, en un apartado lugar (cuyo nombre me es
innecesario mencionar), cuando al llegar al que entonces era su hogar,
y sintiendo unas ganas enormes de abrazar a su mamá (como cariñosamente
la llamaba y, nombre que a partir de entonces muy pocas veces pronunciaría)
sintió cómo la sangre de su diminuto cuerpo se quedaba
helada, al contemplar al "ser" que le abrió la puerta,
y al cual fue incapaz de identificar hasta pasados unos segundos. Esforzándose
por reconocer a quien la había abierto la puerta, se llevó
la horrible sorpresa de que era su propia madre, con la cara deformada,
al parecer y según la explicó ésta, debido a una
grave alergia sufrida durante su ausencia. Pero no, en su corazón
una leve sospecha se levantó, de que su madre no la estaba diciendo
toda la verdad, y esa sospecha se vio confirmada cuando instintivamente
preguntó el paradero de su padre, pues ya era bastante tarde
cómo para estar trabajando. Ante las evasivas respuestas de su
madre, decidió retirarse a su cuarto a descansar, con el terrible
presentimiento de que algo no marchaba bien. Pero cuando apenas había
cerrado los ojos, sintió una extraña agitación
fuera; provenía de la escalera. Sobrecogida por un miedo atroz,
apenas pudo incorporarse para descubrir de dónde venía
aquel escándalo. Se calzó rápidamente las zapatillas
que su abuela la había regalado en su cumpleaños, y se
encaminó hasta la puerta de su habitación para abrirla,
cuando, desde dentro al percibir la que reconocía como la voz
de su padre, profiriendo una serie de gritos y maldiciones en contra
de su madre, y amenazándola con que o le dejaba ver a su hija
o no respondía de sus actos, se echó a llorar. Su padre,
al parecer, al sentir la voz de su hija llorando, cesó de golpear
la puerta y de gritar, y en los siguientes minutos todo se calmó
un poco. La niña corrió a abrazar a su madre y a pedirle
que por favor la explicara qué significaba todo aquello. Los
temores que ella había tenido en su corazón se hicieron
dolorosamente ciertos: su padre, en un ataque de histeria, le había
propinado una paliza tan sumamente brutal a su madre, que, de no haber
sido por los vecinos, podría haberla causado un daño irreparable,
y en consecuencia su madre le había echado de casa; la familia
se había roto.
Aún
estaban ellas hablando, cuando de la habitación de su hermano
pequeño que tan sólo contaba un año, un ruido que
parecía ser de ventanas rotas, las hizo sobrecogerse de pánico.
El niño comenzó a llorar, y a continuación pudieron
escuchar la voz del hombre intentando acunar a su hijo menor. Con los
músculos entumecidos a causa del miedo, grato alivio les fue
escuchar lo que, si sus oídos no las estaban fallando, eran sirenas
de un coche de policía. En efecto, los vecinos conmocionados
a causa de los sucesos acontecidos, y no viendo una mejor manera de
ayudar, tomaron la que les parecía mejor decisión: avisar
a la policía. Los dos policías, que vestían sendos
trajes azules, irrumpieron en la vivienda, con el único propósito
de averiguar a qué se debía semejante discusión.
La situación pareció calmarse...pero fueron muy pocos
los días que tuvieron de tregua.
En
las siguientes noches, la niña no pudo pegar ojo, pues al cerrar
los ojos las imágenes de lo ocurrido aquella noche, se sucedían
una y otra vez en su cabeza.
Cuando
regresó al colegio, algo había cambiado: ya no era la
misma niña sonriente que
era antes, pues a pesar de que desde muy pequeña la situación
familiar en la que vivía no era muy adecuada que digamos, ella
siempre había sabido que un día todo cambiaría
para bien. Y no es que no quisiera a sus padres, no, sino que desde
muy pequeña había tenido que hacerse cargo de cosas que,
por muy responsable que pudiera llegar a ser, una niña de su
edad, no tenía porqué cargar. Sus padres acostumbraban
a irse por las noches de copas, y no regresaban hasta altas horas de
la madrugada, y ella tenía que encargarse de cuidar a su hermanito,
y aunque eso era algo que la gustaba, pues podían quedarse hasta
bien tarde mirando la televisión, siempre procuraba quedase dormida
antes de que llegaran sus padres a casa, con tal de no escuchar las
peleas que día tras día acontecían. Pero lo de
aquel día fue la gota que colmó el vaso. Tenía
en su corazón una mezcla extraña de sentimientos y emociones,
que la impedían concentrarse en lo que la rodeaba. No es que
sintiera odio hacia su padre, pero le dolía el alma al recordar
lo que le había hecho a su madre; le echaba de menos, pues le
habían prohibido cualquier acercamiento a ella hasta que se produjera
el juicio, pero en realidad tampoco quería verle. La confusión
que sentía por dentro no pasó desapercibida ante los ojos
de sus amigos y compañeros, especialmente ante los de "Pepe",
su profesor, que la quería y cuidaba como si de su propia hija
se tratara.
Al
enterarse el buen hombre de la separación de sus padres y de
por dónde estaba pasando su alumna preferida, se esforzó
por animarla y cuidarla, para que al menos las horas que pasaba en el
colegio, fuera de su casa, se le hicieran más llevaderas.
Como
ya dije, los días de tregua fueron pocos para esa familia, que
ahora sólo contaba con tres miembros. En aquella casa se respiraba
angustia y tristeza, pues aunque su madre decidió divorciarse
para que sus hijos y ella misma se libraran de vivir de aquella manera,
ella amaba a aquel hombre con todo su corazón, y aunque él
ya no estaba, su presencia inundaba cada rincón.
Un
día, a eso de las cinco de la tarde, una llamada telefónica
acabó con el descanso. Había vuelto. Al principio, intentó
enmendar su error; llamaba suplicando perdón, diciendo que no
podía vivir sin ellos, que si no le readmitían en aquella
familia, de nada le valdría seguir viviendo...pero fueron en
vano. Ni la madre, ni la niña querían dejarle volver,
aunque en el fondo le querían, también eran conscientes
de lo que supondría dejarle volver. No le creían, y no
podían arriesgarse, no, era demasiado riesgo. Al sentirse él
rechazado por su propia gente, su carácter se tornó en
agresivo. Las amenazas iban en aumento, tanto, que la pobre mujer temía
salir de casa por si estuviera esperándola. La policía
se hizo visitante habitual de aquella casa, pero de nada servía.
Sólo el paso del tiempo hizo que las cosas mejoraran...aunque
no para todos.
.Con el paso de los meses, la situación familiar se relajó;
las llamadas se terminaron, e incluso su madre comenzó a salir
con algún que otro amigo, nada serio, pero al menos esas salidas,
no la permitían olvidar que el mundo seguía ahí
fuera, esperándola, y que no podía olvidarse que siendo
una mujer todavía joven, no podía darle la espalda a la
idea de rehacer su vida, aunque no por el momento, pues los recuerdos
de aquel hombre con quién había compartido la mayor parte
de su vida, afloraban en su cabeza y no conseguía olvidarlos.
Pero tenía la esperanza de que algún día, conseguiría
olvidarle. También al padre (aunque se le quitó la patria
y potestad de los niños) se le permitía pasar a recogerlos
todos los domingos por la mañana, con la condición impuesta
por los tribunales, de que habrían de estar de vuelta en casa
de su madre antes de que el reloj marcara las diez de la noche. Los
llevaba al parque, de vez en cuando, a comer a casa de los abuelos (padres
de él, naturalmente), al cine...en fin, el hombre se esforzaba
mucho con ellos, quizá fuera por la enorme culpabilidad que debería
de sentir en su interior, o quién sabe porqué, pero la
cuestión es que acabó por concederles todos los caprichos
que se les antojaban. Un día, estando ellos en un parque cercano
de dónde vivía él con sus padres, los niños
estaban jugando junto al grupo de gente con los que habitualmente salía
su padre. Y estando “C”, cansada de correr y entretener
a su hermanito, se sentó junto a ellos. Éstos, absortos
en su conversación, no se percataron apenas de la presencia de
ella, y ésta, casi sin querer, percibió algunos términos
de la conversación, que sin saber el motivo, le parecieron bastante
extraños. Lo que más raro le resultó es que personas
adultas estuvieran tan interesados en ir a comprar "chocolate",
pero no dijo nada. Al llegar a casa y tras despedirse de su padre, le
preguntó a su madre si existía algún tipo de dicho
producto que no fuera el que se vendía en las tiendas. La madre
algo sorprendida por la pregunta tan inesperada que le había
hecho su hija, le contestó con franqueza que sí, había
uno; le explicó que era un tipo de droga, de las más débiles,
pero una droga, y ante la cara de estupefacción de la niña,
le preguntó que dónde había oído ella semejante
palabra. “C”, ,comprendiendo dónde podía llegar
a parar eso, mintió diciéndole que lo había visto
por la tele, cosa que su madre sabiendo detalles de la vida de su ex-marido
que la niña desconocía, no se creyó. El domingo
siguiente, todo transcurrió con normalidad, todo excepto la llegada
a casa de los niños. Mantuvieron una conversación (de
la que el niño estaba totalmente ajeno, jugando con dos cochecitos)
en la que el padre la advirtió que lo que él hiciera o
con la gente que él se juntara, no era asunto de su madre. La
niña asintió y prometió a su padre (más
por miedo que por otra cosa) que no le volvería a contar nada
a nadie de lo que pudiera escuchar. Él la persuadió diciéndola
que si se enteraban de que algo raro estaba sucediendo, era probable
que no le volvieran a ver nunca más. Al llegar a casa, sentía
ganas de gritar a su madre, se sentía traicionada por ella. Su
madre se la llevó al salón, que solía ser el lugar
dónde se sentaban para tratar los temas de importancia. Le explicó
que cuando conoció a su padre, todo le llamó la atención
de él; lo amable que era, lo simpático y cariñoso
que se mostraba con ella...todo. Una sola cosa había que de él
no le gustaba: consumía droga. Cuando vieron cómo su relación
iba en serio, él la prometió no volver a probar ni una
pizca de nada, por ella, cosa que con el paso de los años incumplió,
como muchas otras promesas. Y al parecer, después de la separación
y todo lo ocurrido, había vuelto a las andadas, y por el bien
de sus hijos, eso era algo que ella no podía permitir. La explicó
que sabiendo esto, cuando ella le había ido con aquella
duda, supo inmediatamente de dónde provenía esa información.
La muchacha dejó escapar algunas lágrimas amargas, y,
sin saberlo, ese día dejó para siempre de ser una niña.
Con
el paso del tiempo, la joven se fue transformando, y al poco tiempo,
ya casi ni sus más allegados podían ni apenas reconocerla.
Su personalidad estaba cambiando; ya no era la misma chica tierna y
sonriente que antaño había sido. No, ahora era tan sólo
un corazón endurecido que rechazando todo consejo y corrección
por parte de la gente, decidió no ser cómo los demás.
Comenzó a faltar a clase, y cada vez iba ascendiendo más
y más en la "escala social" de los barrios bajos.
Pasaron los años y “C” se convirtió en una
adolescente muy atada por lo vivido en el
pasado y eso la hizo rebelarse contra la sociedad. Todo comenzó
cuando al enamorarse de un chico mulato, del que no se hablaba muy bien
en el barrio, se hizo integrante de una pandilla que en sus ratos libres,
se dedicaban a robar en los supermercados y a pintar en las paredes;
chiquilladas, sí, pero la cosa no acabó ahí, ni
mucho menos. Ese fue su comienzo en el mundo de la delincuencia. A pesar
de que en casa e incluso en el colegio se había forjado una máscara
de "niña buena", la realidad se alejaba mucho de lo
que, ante los ojos de los adultos intentaba aparentar. Sentía
desprecio por aquella sociedad que no la había sabido comprender
cuando ella lo había necesitado, pero lo que ella no entendía
por aquel entonces es que, las heridas del corazón ni el tiempo
ni cualquier otra cosa en realidad las cura, que sólo las esconde
temporalmente, pero el dolor siempre queda ahí, rezagado pero
no olvidado. Pero eso fue algo que ella no entendería hasta varios
años después.
"Fue
por una carta"
Llevando el ritmo de vida acelerado que ella misma se había marcado,
y no sintiéndose
plenamente reconocida por la gente a la que admiraba (delincuentes juveniles),
optó por
llamar más la atención, y contaba con un poderoso "as"
bajo la manga para ello.
Conociendo como conocía (casi sin quererlo) el mundo de la droga
y la delincuencia, no le resultó muy difícil hacer creer
a la gente que consumía heroína. Quiso hacerlo para atraer
la atención de los demás, y todo se le acabó yendo
de las manos. Queriendo hacerlo de manera que pareciera real, pensó
escribírselo en una carta a uno que tenía por amigo, al
que en realidad temía. Estaba concentrada en ello, cuando terminaron
la clase y el profesor les permitió salir al recreo, entonces,
se introdujo distraídamente la carta en el
bolsillo trasero del pantalón (o al menos eso era lo que ella
creía) y se dirigió junto al
resto de sus compañeros.
Pasaron
los días, y ella se olvidó de la existencia de aquella
carta, pero de lo que no se olvidó fue de que sus "colegas"
se enteraran de su contenido. Aquello causó un gran impacto entre
ellos; algunos la admiraron desde entonces, otros la miraban con recelo,
pues ella había "traspasado" el límite que ellos
temían traspasar...hubo diversidad de opiniones, eso sí,
que contribuyeron a que su grado en "la escala" siguieran
aumentando, y a su vez atrapándola más y más, sin
que ella pudiera darse cuenta de ello. Pero sucedió que un día,
estando en clase de matemáticas, con Don Clemente, una visita
inesperada, cambió en curso de su vida. Celedonio, el conserje,
se presentó comunicándole a Don Clemente que aquella alumna
debía presentarse de inmediato ante el director del colegio.
Ella sin comprender nada, se encaminó hacia su despacho. Cuando
se encontró frente a él, llamó a la puerta y solicitó
muy cortésmente permiso para entrar. Una vez acomodada, el buen
hombre, aparentemente acalorado, extrajo un pedazo de papel arrugado
de su escritorio; era su carta. Sintió como si el mundo se le
viniera encima, y más aún cuando su viejo director con
lágrimas en los ojos le dijo que se veía en la obligación
de comunicarle la dolorosa noticia a su madre, con el firme propósito
de impedir que la que en un tiempo fue su alumna más brillante,
acabara con su vida de aquella manera tan miserable. Ella, sintiéndose
incapaz de confesar que todo había sido una invención
ya que de enterarse sus amigos sería el final de su vida social,
asumió todas las culpas, y, así comenzó una larga
cadena de mentiras y engaños que, posteriormente, le costaría
mucho deshacer. No pensó en los sentimientos de su madre, fue
muy egoísta, y eso a la larga, le pasaría factura. El
director la permitió retirarse a su clase. Llegando junto a sus
amigos, todos estaban muy interesados en saber el motivo por el cual
había sido llamada. De repente, una oscura nube cruzó
por su cabeza y por primera vez pensó en cómo habría
podido llegar esa carta hasta ahí, pues claro estaba que las
cartas no caminan solas.
Preguntó
una y otra vez, amenazando de que si alguien había llevado esa
carta hasta el
director, más le valdría no ser descubierto. De repente,
una cizañera de baja estofa le reveló lo que deseaba saber.
Ésta no había acabado aún cuando ella sintió
que le hervía la sangre de odio, de deseo de venganza, y no tardó
mucho en apaciguar esas ganas que tenía de vengarse. Enfurecida,
y con todos sus compañeros en la retaguardia, se dirigió
a la causante del fin de su "libertad" y la sacudió
con violencia. Repetidas veces la empujó contra la pared, la
golpeó y pateó recriminándole el por qué
lo había hecho, gritándola y maldiciéndola, y,
de no haber sido por los presentes que las separaron, todo pudo haber
terminado en una terrible tragedia. Por suerte, lo único que
sufrió la muchacha fueron unas cuantas costillas rotas, y una
serie muy variada de moretones y señales por el cuerpo.
A
partir de ese día, la madre de “C” intentó
por todos los medios recuperar lo que pudiera de su amada hija, pues
a partir del día en el que recibió aquella llamada informándole
de todos los hechos de su hija, se había dado cuenta de que lo
que ahora tenía ante sus ojos era un corazón endurecido
y triste, cuyo semblante reflejaba esa apatía por vivir que la
embargaba. Ahí comenzaron las visitas a psicólogos y demás
especialistas que su madre, en su intento de ayudarla fue encontrando,
pero todo resultó en vano. La muchacha era muy astuta y no confiaba
ni lo más mínimo en aquella gente, ¿y qué
era lo que hacía?, mentirles a ellos también.
Llegó
el verano y con él la etapa culminante en la vida de la joven.
Su padre solicitó permiso para llevárselos con él
una temporada, cosa que le fue concedida. “C”, comenzó
a hacerse nuevas amistades en el barrio dónde vivía su
padre, pero ¡menudas amistades!. Y a raíz de pasar mucho
tiempo con ellos, las cosas siguieron empeorando. Su pobre abuelo bajaba
a buscarla a altas horas de la noche, rogándola, con lágrimas
en los ojos que se apartara de esa gente, que por favor, subiera a casa.
Pero la respuesta que recibía el anciano eran las repetidas risas
y burlas de parte de los nuevos "colegas" de su nieta, e incluso,
de ella misma. Y sólo eso le faltaba a aquel anciano enfermo
que se desvivía por sus nietos, y al ver como su nieta estaba
perdida, fue la gota que colmó el vaso de sus disgustos. Al poco
tiempo, el hombre murió, sin darle tiempo de ver a su familia
como a él había deseado toda su vida...y la muchacha nunca
tuvo oportunidad de pedirle perdón, y eso nunca se lo perdonaría.
Al
llegar septiembre, la calle era su hogar. Su madre habiéndose
dado por vencida, no la dejaba ni siquiera entrar en casa para cambiarse
la ropa. Su hermano pequeño era quién a escondidas de
su madre la tiraba las pocas pertenencias que poseía, por la
ventana, cuando su madre estaba trabajando. Ya ni siquiera asistía
a clase, se pasaba las horas muertas en un callejón sin apenas
luz, evadiéndose de su triste realidad. Porros, alcohol, tabaco...
a eso se veía ahora reducidas todas las ilusiones y sueños
que un día había tenido, y ni eso la llenaba. Sus facciones
habían cambiado, su rostro era incapaz de reflejar ni la más
mínima expresión o sentimiento, pues la vida de su corazón
se iba consumiendo, día tras día. Se alimentaba de lo
que conseguía robar de los supermercados, era una sucia vagabunda.
Por propia decisión había perdido el contacto con su padre
y con su abuela y los únicos que sufría la amargura de
su situación eran su madre y su hermano, del que ya no se puede
decir que a esas alturas fuera "pequeño", pues había
visto y sufrido mucho, y por mucho tiempo fue el único y máximo
apoyo moral de su madre.
Un
día, en otro intento por entrar en su casa, su madre se lo permitió
y eso la hizo percatarse de que algo había cambiado. Su madre,
con lágrimas en los ojos le comunicó la triste noticia.
Le indicó que entrara en el salón, por lo que ella pudo
autoconfirmarse las sospechas que habían surgido en su interior
desde el mismo momento en el que su madre la permitió entrar
en casa después de tantos meses. La expresión en el rostro
de su madre difuminaba cualquier intento de burla o indiferencia por
parte de la joven muchacha. En los instantes que permanecieron en silencio,
por la mente de la chiquilla pasaron escenas fugaces de lo que, hasta
entonces, había sido su vida. Recordó cómo disfrutaba
de pequeña yendo a montar en bici con su padre, cuando sólo
eran tres. También recordaba con cierta nostalgia el día
en el que se enteró que iban a contar con un miembro más
en la familia: la llegada de su hermanito. A medida que sus recuerdos
se acercaban más al presente, todo se iba oscureciendo, pues
recordaba cómo había llenado su vida con "máscaras",
esas cosas que, acabaron por dominarla, que terminaron por atraparla,
y todo por intentar ser "más" que el resto, para que
nadie tuviera nunca nada que decir en contra suya...¡qué
terrible engaño!. Con amargura se daba cuenta de que por mucho
que quisiera tapar ese vacío que sentía en su corazón,
siempre necesitaba más.
Pensaba
en esas noches en las que, llorando por lo infeliz que se sentía
al reconocer que
todo lo que había comenzado por diversión, se había
convertido en su razón de vivir, alzaba sus ojos empañados
al cielo y, rogaba que si en realidad existía Aquel que lo dominaba
todo, que, por favor, la sacara de ese infierno dónde ahora se
encontraba metida.
Y
también fue el día en el que por primera vez se fijó
en la mujer (para ella ahora desconocida) que estaba frente a ella.
Se fijó en su cara, envejecida a causa de los muchos disgustos
recibidos, y en su corazón, después de tanto tiempo volvió
a sentir el peso del dolor, de la condenación. Hubiera corrido
a abrazarla, la hubiera explicado cuánto lo sentía, la
habría suplicado ayuda y perdón...pero algo se lo impedía.
Unas cadenas invisibles de pecado, orgullo y vergüenza la ataban
y la inmovilizaban el corazón, y no la permitían mostrar
en su apariencia ni la más mínima señal de debilidad.
Antes de poder reaccionar, la voz de su madre la rescató de sus
pensamientos. Las palabras que la joven escuchó, fueron cómo
frías dagas clavándose en su propio corazón: debería
abandonar inmediatamente Madrid, aquella misma semana, de lo contrario
sería conducida a un correccional de menores de dónde
no podría salir hasta que cumpliera la mayoría de edad.
En ese momento crucial de su corta (aunque vivida) vida, comprendió
realmente lo lejos que había llegado. Ahora tendría que
abandonarlo todo, absolutamente todo.
Pero
a nadie le dolió su partida más que a su madre. La pobre
mujer lo intentó de todas las maneras posibles...pero ninguna
surtió efecto. Ésta era la única solución
que le quedaba por intentar, y, aunque apenas tenía un mínimo
de esperanza de recuperarla, su instinto maternal la empujaba a no darse
por vencida. Al día siguiente, la muchacha partió. No
sabía hacia dónde se dirigía, ni cómo iba
a ser su vida a partir de aquel momento, pero si algo había en
lo más profundo de su corazón era la confianza de que
las cosas iban a cambiar.
No
sabía que no tenía nada que temer, que ya había
quién se estaba preocupando de ella. Al principio le costó
mucho. Le costó mucho reconocer la necesidad que sabía
que tenía pero que su orgullo le impedía mostrar. Comenzó
a valorar a su familia, a aquellos a quienes teniendo cerca, nunca supo
apreciar. Tuvo que dejar de lado todas esas cosas que hasta entonces
había aprendido, y que no servían para nada. Encontró
a personas llenas de un amor cómo nunca antes había conocido;
un amor desinteresado, sincero, que únicamente buscaba el bien
de otros. Un amor verdadero. Comprendió a través de ver
el ejemplo de aquellas personas, el verdadero significado de la amistad
y de la fidelidad. Aunque muchas veces ganas le dieron de abandonar,
de tirar la toalla, algo no la dejaba, algo la empujaba a seguir hacia
adelante. Fue a gracias a personas pacientes que estuvieron a su lado
en toda clase de momentos, que la cuidaron y amaron, (y a las que ella
les estaría eternamente agradecida) que pudo rehacer su vida.
Pero hubo algo, que fue lo esencial de ese cambio. Algo hacia lo que
la gente normal siente un rechazo casi natural. Y ese "algo"
es que todo ese amor y esa libertad que ella llegó a experimentar,
provenían directamente del corazón de Dios. Y hoy es el
día en el que puede testificar de que hay una salida, pues hubo
"Alguien" que cambió su tristeza en alegría.
"Uno" que todas las noches la escuchaba y que, únicamente
esperaba
el momento oportuno. Y ese era Dios. Él quitó con mucho
cuidado y amor, esas cadenas que la ataban y no la dejaban casi ni respirar,
quitó ese odió, y puso amor, cambió
el rencor por el perdón, y curó, una a una las heridas
de su corazón. Y ahora ella vive una vida plena, no necesita
nada para llenar su corazón, pues Él lo llena todo. ¿Quieren
saber el por qué sé qué esta historia es real?
Porque esa chica, es la que desde algún lugar y con el único
fin de demostrar que es posible encontrar la salida, es la que agradecida,
les dedica éstas líneas.