El alzamiento

 

La sublevación del 18 de julio en Valladolid.  

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Fotografía del general Saliquet 

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  1- La trama golpista en el Ejército.

El general Emilio Mola Vidal había designado al coronel Serrado, con destino en el Centro de Movilizacióny Reserva nº 13 de Valladolid presidente de la Junta encargada de preparar el alzamiento en la VII División Orgánica. Desde dicho destino realizará una constante labor propagandística a favor de la intervención del Ejército en el futuro alzamiento. Pero en abril de 1936 el teniente coronel y Jefe Accidental del Regimiento de Artillería Ligera nº 14 José Uribe Aguirre denunciará ante el general y Jefe de la División José Molero Lobo a Serrador, “por realizar actos de propaganda entre los jefes y oficiales de su Regimiento que los estimaba contrario a la disciplina y al Régimen”. Aunque la apertura de diligencias no llegará a determinar ninguna responsabilidad contra Serrador (debido a las declaraciones exculpatorias del resto de los oficiales), sospechando la realidad, se le impondrá por vía gubernativa un mes de arresto en el Castillo de San Julián de Cartagena, pasando además a estar en situación de disponible forzoso con residencia en Madrid, vigilado y con prohibición de ausentarse de la capital. Sólo en vísperas del alzamiento, y burlando la vigilancia policial impuesta tras su arresto, se trasladó a Medina, Ávila y varios lugares de las proximidades de Valladolid, a la espera del estallido nacionalista, tras el cual se presentará en la madrugada del día 19 al general Saliquet.

En esa situación, el comandante Moyano pasará a desempeñar un papel fundamental en la preparación del alzamiento. De hecho, las reuniones deliberativas previas a la sublevación habían tenido lugar en su domicilio particular, y será también en su casa en donde el capitán Gonzalo Silvela, enlace de Saliquet, reciba un mensaje indicando el comienzo del proceso alcista, con el siguiente texto encriptado (según recoge el diario El Norte de Castilla):

"`De parte de don Domingo que la recomendación que usted me ha hecho ha quedado total y absolutamente cumplida.' Esto significaba: Que las fuerzas de África estaba sublevadas y que Valladolid debía sublevarse inmediatamente. Don Domingo era el seudónimo de un prestigioso jefe militar."[i]

Para el mando y dirección del movimiento se había designado al general divisionario Andrés Saliquet, por entonces en situación de "disponible forzoso".

La Junta para la sublevación la compondrán, además de Ricardo Serrador Santes y el comandante de Artillería del Regimiento Ligero nº 14 Gabriel Moyano Balbuena, el teniente coronel de Caballería del regimiento de Cazadores de Farnesio número 5, Félix Monasterio y Tuarte; capitán de Caballería en la Sección de Contabilidad de la 6ª División, Federico García Ganjes;capitán de Artillería del Centro de Movilización y Reserva de Valladolid número 13, Enrique Soler Reynaud; comandante de la Guardia Civil, Mariano Salinas Bellver; capitán de Artillería del 14 regimiento Ligero, Eloy de la Pisa Bedoya; ycapitán de Infantería de la Sección de Destinos de la 7ª División Orgánica, Ángel Gómez Caminero y Marqués.[ii]

Poco tiempo después comenzarán su labor propagandística en las diferentes plazas de Segovia, Ávila, Medina del Campo, Salamanca, Plasencia, Cáceres y Zamora. En Valladolid se constituirán Juntas auxiliares en el regimiento de Infantería de San Quintín número 25, Artillería Ligera número 14, Caballería Farnesio número 5, 7º Grupo de Intendencia, Centro de Movilización número 13, Caja de Recluta número 44, y Cuerpo de Oficinas Militares, agrupándose en ellas también oficiales de distintas Armas y Cuerpos. Por las milicias civiles también se nombran varias Juntas, que a su vez designan como su representante al teniente de Infantería retirado Ángel Soria Celayeta. Personas de gran influencia en sus respectivos destinos como el capitán de Artillería Soler, el capitán de Caballería García Ganges, el comandante de Estado Mayor Anselmo López Maristany, se incorporan en esta segunda fase al movimiento.

El general Saliquet, quien se había desplazado con anterioridad al levantamiento en varias ocasiones a Valladolid, había recibido la orden del general Mola de estar en Valladolid a partir del día 17 de julio a la una y media de la tarde, llegando bastante antes de dicha hora acompañado del coronel Enrique Uzquiano Leonard y las otras personas llamadas a ser su Estado Mayor: comandantes de Estado Mayor Anselmo López Maristany, Luis Martín Montalvo García, capitanes José Artieda López y Fernando Pardo y teniente de Caballería Gonzalo Silvela. Poco después se les unirá  el general Miguel Ponte, quien llegará escoltado por su hijo menor. Obviamente, su estancia en la capital era peligrosa, por lo que se había convenido instalarse en la finca que José María, José Antonio y Salvador Cuesta, miembros de una conocida familia vallisoletana, tenían en el Monte de Torozos, cerca de Mucientes, conocida como Monte Mucientes. Dicha propiedad, al efecto, había sido convenientemente custodiada por falangistas. 

El día 17 estaba previsto recibir orden de Madrid para dar comienzo el alzamiento, aunque se dejaba a juicio de Saliquet la elección del momento y circunstancias concretas para llevarlo a cabo en Valladolid. Dicho general eligió la hora de las cuatro de la mañana para lanzarse por sorpresa contra el Palacio de la Capitanía General[iii].

Un factor inesperado truncará los planes previstos.

2- El primer brote insurgente.

Durante la noche del día 17 de junio, las comunicaciones entre Valladolid y Madrid habían quedado interrumpidas. Con esta medida, se pretendía restar a los sublevados una imagen global de la situación en toda España, más allá de los rumores, desmentidos oficiales y noticias confusas. Afirma, en una conferencia impartida en enero de 1937, Francisco de Cossío:

"Una noche, la del 17 de Julio, se produce en la ciudad un fenómeno de intuición colectiva. ¿Qué va a pasar aquí? Las calles, desiertas; los espectáculos no funcionan; la orquesta de un café, en el que no me acojo con unos amigos, a las once deja de tocar inopinadamente y desaparece, como obedeciendo a una consigna... Rondas de socialistas armados... Muchachos sueltos, con paso seguro, que van a sus concentraciones..."[iv]

Los preparativos del alzamiento en Valladolid eran un secreto a voces. Sin embargo, y a falta del factor sorpresa,lo que realmente estaba en juego era la capacidad de las autoridades civiles (fundamentalmente el Gobernador civil Lavín) y militares (el Comandante Molero) de hacer cumplir sus órdenes. Durante la mañana del día 18 el Gobierno civil será un continuo ir y venir de personas, intentándose por parte de Lavín algunos arrestos de civiles identificados con la derecha ideológicamente más opuesta a la República, como Criado del Rey, Manuel Semprún, etc. Eran medidas, empero, insuficientes, más destinadas a causar cierto efecto disuasorio entre los antirrepublicanos que a estrangular los resortes del alzamiento.

Pero será precisamente el Cuerpo de Seguridad y Asalto el que protagonice el primer acto de la sublevación. Desde la muerte de Calvo Sotelo, buena parte de la plantilla venía sistemáticamente negándose a realizar los servicios que Lavín le ordenaba; según El Norte de Castilla, debido a que las consignas del Gobernador se referían fundamentalmente a la detención de falangistas significados, siendo los militantes y simpatizantes de dicha organización mayoría en el cuerpo[v].

Además, el capitán Ruiz había sido expulsado por su manifiesta desafección al Gobierno, pese a lo cual era considerado aún un jefe entre parte de la plantilla del cuerpo[vi]. El día 17 de julio (lo que corrobora la temprana desobediencia del Cuerpo respecto a las autoridades legítimas) fueron expulsados por Lavín los tenientes Fernández Sanz y Cuadra, por "estar comprometidos en el Movimiento que se preparaba [...]"[vii], como efectivamente sucedía.

En este contexto, la Guardia de Seguridad constituye una amenaza más que un apoyo para Lavín a partir del día 18 de julio. A instancias de la jefatura del cuerpo en Madrid, Lavín ordenará la salida hacia la capital de los guardias de Seguridad y Asalto. Un primer grupo partirá en dicha mañana hacia la capital al mando del Inspector General Accidental teniente coronel P. Sánchez Plaza y del capitán de Infantería E. Cuevas de la Peña[viii]. Pero por la tarde, se extenderá entre los guardias el rumor de que pretenden cometer una matanza con los guardias vallisoletanos, al tiempo que dejar disponibles las armas de sus cuarteles para entregarlos a las masas republicanas.

En este contexto preciso encontrará campo abonado la llamada a la rebelión efectuada por los ex-tenientes de Asalto Fernández Sanz y Cuadra (quienes eran "camisas viejas" de Falange) y el capitán Ruiz. Relata (en tono evidentemente propagandístico, Francisco de Raymundo):

"El teniente de Asalto destituido días antes, señor Fernández Sanz, se persona en el cuartel y asiste a esta actitud sorda de protesta e incluso vacilante para marchar, y decide en último extremo que si los guardias son al fin llevados a Madrid no separarse de ellos y correr su suerte; no abandonarlos al crimen que con ellos se quiere cometer. Los guardias desean todos un pretexto, un motivo, alguien que tenga la responsabilidad de arrostrar una actitud de franco levantamiento y desobediencia, un contacto con las demás fuerzas de la Guardia Civil y del Ejército. Es cuando providencialmente, atravesando los jardines de la Plaza de Tenerías, vieron llegar a un capitán de Artillería, el señor Perelétegui, que sin preguntarles nada, le bastó sin duda el ambiente que allí vio, y hablándoles les excita a que desobedeciendo las órdenes que tengan, no salgan para Madrid. Casi sin dejarle acabar de hablar es vitoreado por los guardias, así como se dan vivas al Ejército, de quien el capitán les dice que secundará en un todo su actitud."[ix]

El comandante de dichas fuerzas, N. Martínez Gómez, fiel al Gobernador civil, intentará tras conversar con Madrid que al menos los guardias pasen a desempeñar los servicios encomendados en Valladolid. Pero la situación ya es por entonces de franca rebeldía, llegando incluso a ser detenido Martínez Gómez por orden de Perelétegui.

Hacia las seis y cuarto de la tarde, un grupúsculo de guardias abiertamente escindidos ya de la autoridad del Gobierno civil, al que pronto se agregarán falangistas, comenzará a manifestarse por calles céntricas de Valladolid dando vivas a España y al Ejército.

Gabriel Moyano Balbuena es informado de los acontecimientos. Podemos afirmar que el alzamiento se ha anticipado a las intenciones de Saliquet; por no decir, simplemente, que ha estado a punto de inmiscuirse en sus planes. Por eso, como apunta casi de pasada (pero para nosotros es un dato absolutamente crucial) F. de Raymundo, el comandante de Estado Mayor retirado López Maristany, que ha presenciado casualmente desde una casa próxima lo ocurrido, hablará con Perelétegui "diciéndole que contuviera unas horas a la gente, pues él salía en coche inmediatamente para avisar al general Saliquet, que desde hacía dos días se encontraba en una finca en las proximidades de la población."[x]

Por su parte, a decir de Enrique G. Tuñón, también los falangistas aguardaban acontecimientos:

"También F.E. de las J.O.N.S. tenía reclutados y concentrados en el monte de Torozos desde la noche del viernes [16 de julio] mil doscientos hombres dispuestos a entrar en Valladolid al primer aviso."[xi]

El Monte de Torozos, y las localidades de  Viana y Mojados fueron los focos que, desde dos días antes del alzamiento, concentraban a los falangistas (muchos de los cuales recibieron instrucción paramilitar en lugares como Tordehumos, a cargo de Vicente Gay).En la capital, tras sufrir el pequeño grupo de militantes falangistas un ataque armado sin consecuencias por parte de anarquistas, solicitarán armas al Ejército.

La "columna" de guardias de seguridad comandada por Cuadra y Fernández Sanz, tras sufrir la agregación de militantes y simpatizantes de algunos partidos contrarios al Frente Popular, tomará posteriormente algunas iniciativas como la ocupación de Correos, Telefonía y Radio Valladolid. El Gobernador civil y su secretario intentarán ponerse directamente en contacto con los militares sublevados, siendo detenidos por la noche. El Gobierno civil había quedado prácticamente desierto, siendo pronto ocupado por los sublevados. Sin embargo, Lavín Gautier y sus colaboradores, como por su parte el geneal Molero, y en contra de lo que frecuentemente se ha afirmado, habían agotado para entonces todas las opciones de hacer frente a la sublevación, como verificaremos.

Tras los sucesos protagonizados por los guardias de Asalto y falangistas en las calles de la capital, el Comandante de Estado Mayor retirado Anselmo López Maristany se dirige a la finca de los hermanos Cuesta, interrumpiendo una cena previa al alzamiento en la que participaban Saliquet, Urquiano, Silvela, Ponte, Ángel Caminero y los anfitriones y varios invitados, quienes esperaban la llegada de un enlace proveniente de Burgos.

El día 17 de julio, el general Molero había ido recorriendo los cuarteles diciendo que la sublevación de África estaba totalmente fracasada y que los Regimientos debían obedecer las órdenes del Gobierno de Madrid]. Pese a estar convaleciente de una reciente operación, el general Molero Lobo (algo que no reflejan ninguna de las narraciones propagandísticas nacionalistas al hablar de la toma de la Capitanía General por Saliquet, por ser un extremo poco épico del relato) se incorporó a su trabajo dado el cariz que tomaban los acontecimientos, intentando junto a su ayudante el coronel de Estado Mayor Quero apaciguar los ánimos. El Norte de Castilla del día 18 lo reflejaba casi como una crónica de sociedad:

"En la División. En la mañana de ayer, el general de la División, señor Molero Lobo, muy restablecido de la delicada intervención quirúrgica a que ha sido sometido recientemente, se hizo cargo del mando, despachando los asuntos pendientes con el coronel jefe del Estado Mayor, señor Quero. En su despacho oficial fue cumplimentado por los generales con mando en la plaza, coroneles de los Cuerpos, jefes y oficiales de la guarnición, que se interesaron por su estado de salud."[xiii]

Mientras, el capitán Silvela intentaba asegurar el apoyo al alzamiento por parte del segundo jefe de la Comandancia de la Guardia Civil, Mariano Salinas Bellver. En cambio, el comandante de la Guardia Civil Ruiz Guerra se opondrá al alzamiento, por lo que Salinas tomará el mando de la fuerza de dicho cuerpo.

La Guardia Civil tendrá un papel fundamental (pese a lo reducido de su plantilla) en las jornadas previas y posteriores al alzamiento. Desde mucho antes del 18 de julio, eran frecuentes los contactos entre sus oficiales y los Cuerpos de la Guarnición de Valladolid, lo que llegará a producir "recelos en algún jefe de Cuerpo, que no muy enterado de lo que se preparaba, creyó ser objeto de una vigilancia, cuando menos, molesta por lo constante."[xiv]

El 17 de julio era esperado con inquietud en la estación de Radio de la Comandancia, que constantemente se mantendrá en comunicación con la de Tetuán. Serán precisamente guardias civiles los primeros en tener noticias de dichos sucesos, comunicándolas a los guardias de Asalto. Por otra parte, desde su emisora se transmitirá en las primeras horas de la sublevación falsa información a Madrid, dando a entender que la ciudad permanecía fiel al Gobierno republicano, mientras se indicaba a otras provincias que el alzamiento había triunfado en la mayoría del país. Así lo indica en 1938 desde las páginas de El Norte de Castilla Martín Hernández, testigo presencial directo:

"Nos referimos a las actividades desplegadas por los servicios de radio de la Guardia civil y de la División. Sólo los que lo vivimos podemos asegurar, como testigos de excepción, su decisiva influencia.

Cuando, una vez en marcha el Alzamiento, quedaron delindados [sic] los campos y delimitados los términos de las dos zonas en lucha y a la perspectiva de una crítica razonada, pudimos percatarnos de la razón de encontrarse en campo enemigo y en contra nuestra provincias de ejecutoria completamente derechista, y que participaban, sin duda ninguna, de nuestros anhelos y de nuestras ideas - pongamos por ejemplo, para no citar otras, Ciudad Real, Santander, Castellón de la Plana y Cuenca -, nos convencimos de que el secreto del éxito estuvo en la rapidez de acción. [...]

Pues bien. Mientras en la tarde y la noche del día 18 la mayoría de las provincias de España, conocedoras ya de los sucesos que se desarrollaban en Canarias y África, esperaban el momento de actuar, las referidas radios oficiales de Valladolid daban a sus corresponsales de las demás Comandancias y divisiones la voz de alerta, asegurando con entusiasmo y optimismo que el Movimiento estaba ya en marcha en la Península, que se echaran a la calle sin pérdida de momento...; entusiasmando a los indecisos; alentando a los que dudaban; extendiendo desde el silencio de los estudios el Alzamiento que Valladolid, en aquellas horas, para suerte y salvación de España, comenzaba. ¡Qué horas aquellas!

¡Y cómo decidieron en pro de nuestra Causa las abnegadas y patrióticas intervenciones de los operadores de esas radios que acaso al solo tac-tac de los manipuladores ventilaran en unas horas de permanente servicio el resultado final de esta Santa Cruzada!"[xv]

Otras informaciones provenientes de la Guardia Civil dejan entrever este hecho:

"Mientras tanto, la estación de Radio de la Comandancia trabajando sin descanso durante varios días, recibía desde Tetuán las órdenes que el Generalísimo dictaba y que ésta transmitía fielmente, constituyendo una poderosa ayuda, pues por ella se dictaron los bandos de guerra a las provincias de la Región y se entretenía mientras a los enemigos, dándoles noticias tranquilizadoras para dar lugar al a organización de nuestra defensa ante posibles ataques que eran de presumir, como lo demostró más tarde el telegrama interceptado en la Central de Telégrafos, en el que el Ministro de la Guerra anunciaba el envío de numerosas fuerzas y milicias, que dos días más tarde fueron detenidas en el Alto de los Leones por las columnas de Valladolid."[xvi]

Por otra parte, el Gobernador civil, Lavín, no podrá contar con la intervención de este cuerpo para parar los planes golpistas que, sin duda, le eran conocidos. Sabedor de lo que sucedía en Torozos, en la mañana del día 18 ordenó a la Guardia Civil una batida contra los falangistas concentrados, con nulos resultados:

"[...] huelga decir que el servicio llevado a cabo por numerosos guardias al mando de un capitán y precisamente en la misma finca donde se encontraban aquellos, "no dio el resultado" que esperaba la ya menguada autoridad que lo ordenó."[xvii]

Lo contrario, es obvio, pudo haber alterado sin duda el devenir del alzamiento en la provincia. Por otra parte, inmediatamente sublevados los guardias de Asalto, la mayoría de los guardias civiles concentrados ex-proceso en el cuartel de Fabionelli mostrarán su apoyo a los insurgentes cuando éstos desfilen bajo dicha sede. Pero sin duda la actuación fundamental del cuerpo será impedir que los partidarios del Frente Popular se hagan con armas. Por una parte, un grupo de guardias detendrá a unos 30 "jóvenes socialistas que asaltaban el Garaje Zurbano para con los coches allí depositados proceder al reparto de armas por la provincia."[xv

iii] Por otra, desobedecerán las órdenes reiteradas de entrega de armas. Indica El Norte de Castilla:

"Dura fue la lucha que hubo de sostener la Guardia civil de Valladolid en las horas anteriores a la salida de las primeras fuerzas del Ejército; las continuas y apremiantes órdenes de Madrid, las no menos imperativas del Gobierno civil, que exigía la entrega inmediata de cuantas armas había depositadas en el cuartel (más de dos mil), a las Juventudes socialistas, órdenes que fueron reiteradamente desobedecidas."[xix]

La no entrega de dicho arsenal fue, sin duda, un factor clave para entender la poco activa defensa del orden vigente por una población en la que la fuerza numérica del socialismo era considerable (unos 12.000 afiliados. Por otra parte, también los guardias civiles encargados de la custodia de Radio Valladolid desobedecerán las órdenes recibidas que les conminaban a romper los aparatos a culatazos antes de permitir que los sublevados se acercaranal micrófono (factor que, en ese contexto de informaciones contradictorias, era crucial para ambos bandos).

3- La ocupación de la Comandancia de la Región Militar.

Sin duda el acontecimiento de mayor carga simbólica de los que constituyen las cruciales jornadas del 18 y 19 de julio tendrá lugar en el cuartel de la 7º División, consumándose el traspaso efectivo del poder de dicha región militar del general Molero (afecto como dijimos al Gobierno republicano) al general insurgista Saliquet. Tal vez por ese mismo carácter de acontecimiento "estrella", con frecuencia las crónicas y cronistas del mismo han incurrido en descripciones poco menos que novelescas. De entre los relatos, el más minuciosos (pese a que, reiteramos, no deben tomarse muy al pie de la letra los detalles) existente es el de F. de Raymundo.

Según el mismo, en el cuartel de la 7ª División el capitán de Destinos Ángel Gómez Caminero (pronto ascendido a comandante) hizo formar a los apenas 150 soldados disponibles. Hay que destacar que, pese al período estival, buena parte de los permisos de la tropa del citado capitán habían sido derogados, con el fin del contar con alguna tropa para el planeado golpe.

Esta tropa entrará en el edificio de la División, permaneciendo armada y en posición de espera bajo órdenes de Gómez Caminero en el patio interior. Al poco tiempo, la fuerza se distribuye por los lugares estratégicos de la División para prevenir un hipotético ataque proveniente del exterior. Es preciso tener en cuenta que en estos momentos se vive en algunos barrios como el de Santa Clara los momentos de mayor violencia en el denominado "paqueo": los sonidos de armas de fuego de los frentepopulistas contra los cuerpos de seguridad, Guardia civil, patrullas falangistas, etc., llegaban con nitidez hasta dicha sede. Era un momento aún confuso, en el que no se podía calibrar la verdadera fuerza de quienes se oponen a la rebelión. Aunque en un tono tal vez exagerado, escribía Cossío, con el recuerdo de dichos momentos aún fresco:

"Al día siguiente surgió el chispazo, y tras el chispazo el triunfo. [...] El mayor enemigo estaban entre nosotros. desde la fundación del partido socialista, Valladolid era la Meca del socialismo. Pasaban de doce mil los socialistas militantes de nuestra ciudad. Es decir, que en nosotros el alzamiento representaba una gran batalla."[xx]

Hacia las once y media de la noche, los generales Saliquet y Ponte, el coronel Uzquiano, los comandantes Maristany, Martín Montalvo y Gómez Caminero, los capitanes Artieda, Silvela y el de Artillería Soler el teniente Cuadra (como vemos, extraordinariamente activo durante toda la jornada), el marqués de Valdesevilla y el afiliado al partido político Renovación Española Emeterio Estefanía (primera víctima del alzamiento, según El Norte de Castilla[xxi]), entran en el edificio de la División. Una composición, la de esta expedición, sumamente reveladora del heterogéneo corpus de los insurrectos: oficiales de distintas armas del ejército, un oficial de Asalto y dos civiles. Su objetivo es entrevistarse con Molero, para lograr que finalmente éste diera su aquiescencia al golpe de fuerza nacionalista, a lo que se negará. El general Nicolás Molero, masón, había sido ministro en el gobierno de Portella, y siempre se sentirá obligado con la legalidad entonces vigente.

Gabriel Cardona ofrece una interpretación correcta de la posición de Nicolás Molero Lobo frente a los golpistas:

"En la capital militar estaba bien enraizada la Falange, pero en [sic, por "el"] general Nicolás Molero Lobo era un soldado disciplinado que había sido el jefe de las fuerzas encargadas de reducir la revuelta anarquista del Alto Llobregat en 1932.

Como no esperaban su adhesión, los conspiradores decidieron sustituirle por Saliquet, general dejado disponible por el Gobierno, hombre durísimo que había sido gobernador civil en la dictadura de Primo de Rivera. Para la operación le acompañó Ponte, general retirado voluntariamente al proclamarse la República, aristócrata monárquico que no había dejado de conspirar desde 1931."[xxii]

Les recibe el anciano conserje de la División, Lera, a quien Caminero había explicado previamente cómo debía actuar. Lera, tras solicitar permiso, se persona en el despacho de Molero, ocupado también por los comandantes Riobóo y Liberal.

En estas circunstancias se desarrolla el encuentro entre ambos generales, que F. de Raymundo (por supuesto, interesado en culpabilizar de la inútil derrama de sangre ocasionada a los leales al Gobierno electo) retrata en estos términos:

"Momentos después sale a su despacho el general Molero, acompañado de sus ayudantes los comandantes de Infantería, Liberal, y el tristemente célebre Rioboo.

Los que acompañan al general Saliquet se retiran a la parte exterior, para que ambos generales pudieran hablar [...] El general Molero contestó que él no entregaba el mando de la División y que ordenaría detener al general Saliquet y a sus acompañantes; por lo tanto les mandaba se retirasen al hotel o fonda donde se hospedasen, mientras él consultaba con el ministro de la Guerra.

A esto el general Saliquet respondió: - Sentiría mucho verme en el caso de tener que ordenar tu detención.

Molero entonces llamó a la guardia de la División para que le auxiliasen, pero nadie acudió.

Nuevamente el general Saliquet, usando de toda prudencia y diplomacia dijo a Molero que le daba media hora para pensarlo. De repente el ayudante de este último, Ruperto Rioboo, que ha pagado con su vida el crimen cometido, dijo: "Ni nos entregamos, ni nos rendimos" [,] y sacando la pistola comenzó a disparar hasta agotar el cargador. Uno de los primeros disparos hirió mortalmente al joven abogado y afiliado a Renovación Española, señor Estefanía. Momentos después caía también herido por los mismos disparos, con un muslo atravesado, el digno teniente coronel de Estado Mayor señor Uzquiano, resultando con la visera de la gorra atravesada por otra bala el teniente.

Por su parte, más en consonancia con la visión ofrecida por Iturralde[xxiii], Thomas describe en los siguientes términos el mismo encuentro entre los dos generales:

"A medida que pasaban los minutos, podría oírse en la calle el comienzo de las luchas entre falangistas y obreros. De pronto, el general Molero abrió la puerta de par y gritó: "¡Viva la República!". Uno de sus ayudantes abrió el fuego."[xxiv]

En realidad el grito a favor de la república (distinto al descrito por Raymundo, autor que intenta ocultar la fidelidad heroica - en el sentido de sacrificar la vida por un ideal- que en el mismo se encuentra), fue pronunciado por Rioboo, iniciándose así el intercambio de disparos.

En una tercera versión, el periodista de El Norte de Castilla Conrado Sabugo relata:

"Lera se adelantó, y pidiendo permiso, pasó al despacho donde se hallaba el general Molero, acompañado de sus ayudantes, comandantes Riobóo y Liberal.

- El general Saliquet desea hacerle una visita - anunció Lera.

Molero, visiblemente impresionado, preguntó:

- ¿Quién viene con él?

- Otro general y sus ayudantes- respondió el servidor.

- Pues bien, dígales que pasen.

Saliquet y sus acompañantes penetraron en el despacho de Molero, y después de los saludos reglamentarios, el general Saliquet hizo uso de la palabra en la siguiente forma:

- Se ha alzado el Ejército de España contra el Gobierno del Frente Popular. Figuran a la cabeza del movimiento los generales de mayor prestigio de nuestro Ejército, Sanjurjo, Franco, Mola y Queipo de Llano.

El general Molero contestó secamente:

- Yo estoy a las órdenes del Gobierno.

Todavía el general Saliquet intentó convencerle, diciendo que contaba con todas las fuerzas de la guarnición, pero Molero, preparando una estratagema, pidió media hora para pensarlo, indicando la conveniencia de que Saliquet y los suyos se retiraran del Palacio de la División al Hotel Inglaterra. El coronel Uzquiano había subido ocho soldados armados de la guardia, y sin perder un momento de entreabrir la puerta del despacho tenía al corriente del curso de los acontecimientos a los demás, que se impacientaban en las habitaciones contiguas. Por fin, los dos generales salían por la puerta del despacho principal, cuando Saliquet, ya impaciente, pidió rendición inmediata. Se oyó la palabra siguiente:

- La cosa está decidida y basta de complicaciones.

El ayudante Riobóo, que tenía preparada la mano sobre la pistola, hizo un movimiento súbito y disparó. El caballero Emeterio Estefanía, que entraba disparado por la puerta del despacho, cayó muerto sobre Silvela. El coronel Uzquiano y demás acompañantes sacaron sus pistolas y repelieron la agresión que, cobarde, inesperada y criminal, había provocado Riobóo. Don Enrique Uzquiano resultó con un muslo atravesado y a Silvela le atravesó una bala la visera de la gorra, arrancándole parte del cuero cabelludo. Los ayudantes de Molero Riobóo, que había provocado la agresión, y Liberal, resultaron gravemente heridos y fallecieron poco después."[xxv]

Pero es preciso incidir en una información que proporciona el mismo texto citado: en la División se encontraban también convocados, por parte de los sublevados, cierto número de falangistas armados, entre los que se encontraba Conrado Sabugo:

"Pero la nota de más alto interés humanitario la dio el general Saliquet, que había salido milagrosamente ileso de la colisión. fue que los falangistas de Valladolid, que seguían de ceca el curso de los acontecimientos, subieron precipitadamente, armados con fusiles y pistolas, lanzándose como flechas sobre el general Molero, pero Saliquet se interpuso, librando la vida al que hasta el momento que historiamos había sido jefe de la División militar de Castilla."[xxvi]

De esta forma quedaba consumado el acceso a la jefatura de la División de Saliquet. Completaremos la narración de los hechos añadiendo que también resultará herido el general Molero (siendo seis las personas lesionadas). Ángel Liberal Travieso, comandante de Infantería de 45 años de edad morirá el 20 de julio, y al día siguiente Roberto Riobóo Llobera, comandante de Infantería de 46 años, siendo posteriormente trasladado a Burgos el general Molero tras realizársele un Consejo de Guerra, paradójicamente condenado a muerte por "rebelión militar" en Consejo de Guerra, aunque posteriormente se limitará a pasar unos años en la cárcel, muriendo de muerte natural en Barcelona tiempo después.

Sólo a las dos de la madrugada del día 19 se producirá la declaración del Estado de guerra por su parte, emitida desde el gobierno civil."[xxvii]

Las organizaciones políticas de derechas (y especialmente Falange) tendrán en los días inmediatos al 18 de julio un poder casi ilimitado para la realización de registros, detenciones, etc.:

"A las fuerzas, leales al movimiento se suman nuevos contingentes; hombres valerosos a los que se les impone un brazalete de Acción Ciudadana con un aspa verde y se les provee de un fusil cooperando eficazmente al restablecimiento de la normalidad.

Pronto se ve que merced a ellos sigue el tiroteo pero con mucha menos intensidad."[xxviii]

Empero, una vez superada toda amenaza contrainsurgente, uno de los principales denuedos del nuevo Gobernador civil será precisamente el desmontar ese aparato paramilitar, que ocasionalmente se arroga funciones y competencias más allá de la férrea disciplina, orden y sensación de normalidad que las nuevas autoridades pretenden imponer.

Desde el Ayuntamiento un grupo (luego se comprobará que reducido) de personas había mantenido en jaque con sus disparos a las fuerzas nacionalistas, cuyos desfiles por calles adyacentes (como Santiago) habían tenido que soportar numerosas descargas de balas. Por eso, y tal vez exagerando el poder real de los congregados en el Ayuntamiento, se orquestó una compleja maniobra militar, ya avanzada la madrugada del lunes. Tras tomar militarmente la Plaza Mayor, se instalarán cañones en diversas casas de las inmediaciones. Tras un breve tiroteo, se comprobó que los refugiados en la Casa consistorial eran apenas 6 ó 7 bomberos, que desde horas antes manteníanuna acción de “paqueo” (según la expresión de la época)[xxix].

En cambio, en la Casa del Pueblo sí era constatable la existencia de un nutrido grupo de oposición al golpe insurrecto. Según algunas crónicas, más de ochocientas personas llegaron a agolparse aquel día en dicho lugar:

"Al reunirse en la "casa del pueblo" más de ocho centenares de individuos, parece ser que unos a otros se infundían alientos, estando dispuestos a sofocar ellos solos con sus traiciones y otras ilegalidades, que todos sabemos, el glorioso movimiento que se iniciaba. Aquella misma tarde por la "casa del pueblo" se dio la orden de huelga general que apenas sí tuvo consecuencias por el rápido desarrollo de los acontecimientos."[xxx]

En realidad, a la hora en que fue tomada sus ocupantes eran algo mucho menor, si lo cotejamos con el número de detenidos y juzgados en Consejo de Guerra bajo acusación de rebelión militar, y teniendo en cuenta que en la Casa del Pueblo, según testimonios de prensa, también se habían cobijado algunos niños[xxxi].

El relato de los hechos, según F. de Raymundo, será el siguiente:

"Se pidió el envío de una pieza de Artillería, que se emplazó en la calle de la Galera Vieja, haciéndose dos disparos previos de intimidación que abrieron dos grandes boquetes en la fachada. Como consecuencia se presentaron seis o siete marxistas, tres o cuatro heridos gravemente, eligiéndose dos, el primero de los cuales se envió como emisario a la Casa del Pueblo para que en el plazo de cinco minutos saliesen todos. Al llegar a la puerta y sin saber desde donde dispararon cayó muerto. Se envió un segundo tras alguna resistencia, garantizándole, como al anterior, la vida por parte del Ejército, y cumplió su misión notificando la orden a los refugiados.

Pasados los cinco minutos se rompió de nuevo el fuego, taponando previamente las calles adyacentes, fuerzas del Ejército, Asalto y falangistas.

Ante los disparos, comenzaron a salir y entregarse los marxistas en grupos de 50 ó 60, siendo conducidos a la calle de Enrique IV, donde se los ordenó ponerse cara a las paredes de las casas y con los brazos en alto [...] siendo el número total de marxistas detenidos, 478 [...]".[xxxii]

 

4- La resistencia a la sublevación.

En contra de lo que con frecuencia se ha afirmado, sí existió una importante (pero ineficaz) resistencia a la sublevación. Buena parte de la oposición desarrollada en las primeras horas tras el alzamiento va a recaer en la masa de obreros ferroviarios, en la que existía un importante núcleo de socialistas y anarquistas y en el colectivo de tipógrafos[xxxiii]. Sin embargo, es claro que, a raíz de la comentada falta de armas, se tratará de una lucha desigual. En cualquier caso, la noche del día 18 fue sumamente tensa. Beltrán Calvo la describe escuetamente: "Fuego incesante de fusilería."[xxxiv]

En Villarrobledo será detenido un convoy de ayuda procedente de Asturias y con destino a Madrid, que, según supieron las nuevas autoridades instaladas en la Delegación del Gobierno, iba a auxiliar a los republicanos vallisoletanos. Por otra parte, fueron apresados camiones con armas en Medina del Campo.

Ante esta perspectiva, quienes presenten resistencia a la sublevación deberán nutrirse de armas por sus propios medios, como refleja la siguiente información de prensa:

  "Buen servicio policial.

Son detenidos varios individuos que en los primeros días del alzamiento nacional, se dedicaron a recorrer el barrio de las Delicias, exigiendo la entrega de armas para oponerse a aquel.

[...] Después de diversos trabajos, se obtuvo el siguiente resultado: la certeza de que en el mencionado barrio actuaron la noche del 18 de Julio y siguientes varios grupos, compuesto de elementos extremistas, y de que uno de ellos estaba capitaneado por un sujeto afiliado a la C.N.T., conocido por Holguín, y que formaban otros varios, apellidados San José, Holgera, González Juste, Moya y otros dos apodados "El Rojo" y "El Viruela".

Después se logró la detención de Carlos San José Rodríguez, de 18 años, con domicilio en María Cruz, 4; Gonzalo Moya Álvarez, de 17, que habita en Huelgas, 32; José González Juste, de 18, que vive en Travesía del Marqués, 41, y Rafael Holguera Sesmero, de 18, con domicilio en Asunción, 12, todos ellos autores de la sustracción de armas." [xxxv]

 

  Desde los primeros momentos de la proclama lanzada por los guardias de Asalto y Seguridad y falangistas, comenzarán las hostilidades. En la tarde del día 18, apenas iniciada la manifestación de exhortación falangista a la población civil en favor del alzamiento, los anarquistas abrirán fuego. Eran los primeros disparos de la guerra civil en Valladolid:

"Un grupo de jóvenes falangistas y simpatizantes (creemos que dirigidos por Girón) al pasar por delante del centro de la C.N.T. son tiroteados cobardemente por los canallas en el mismo refugiados[xxxvi]

  A finales del domingo 19 de julio se podía enumerar seis muertos y 18 heridos entre los partidarios de la sublevación (además de un número difícilmente cuantificable de "pacos" y de personas a las que se aplica la ley de fugas). La ciudad cobraba en aquellos momentos, al menos en determinadas zonas y momentos, cierta fisionomía de ciudad disputada (pese a los momentos y zonas en los que no existe señal alguna de guerra), con continuos controles de patrullas, algunos de los cuales provocarán víctimas. El propio subjefe de milicias de Falange, Regino Sevillano, será una de las víctimas del paqueo, falleciendo el 20 de julio. La noche del 21 morirá en Valladolid el abogado de 26 años, y también afiliado a F.E.T. de las J.O.N.S. Luis Cuesta Sanz[. Félix San Burgueño, vecino de Olmos de Esgueva, fallece el 24 de julio de 1936. Todavía 2 de agosto de 1936 morirá David Escudero Escudero, joven de 20 años natural de Castromonte del Cerrado, afiliado a F.E. de la J.O.N.S., y al día siguiente el también falangista Ángel Cantalapiedra Bayons.

  A los sucesos de armas hay que añadir el intento de paralizar la actividad productiva, ya decretado en forma de una huelga general desde la Casa del Pueblo por dirigentes como Garrote, y que, en los primeros momentos, será efectiva en algunos sectores, pese a la ya comentada disposición que consideraba incursos en "auxilio a la rebelión" a los huelguistas. También serán los ferroviarios quienes protagonicen la oposición más encarnizada a la vuelta al trabajo.

Pese a la aparente unanimidad, tampoco faltó una férrea oposición al golpe de estado por parte de algunos sectores del ejército. Incluso entre cuerpos que en el conjunto de la VII División se habían mostrados protagonistas del alzamiento, como el de Asalto, existen algunos casos de oposición a la sublevación: es el caso del Teniente de Asalto Fernando Carbó Valdivieso. Del cuerpo de Seguridad existen cinco implicados. Entre los guardias civiles se citan al teniente coronel Ruiz Guerra[xliii] (máxima autoridad del cuerpo en Valladolid hasta el 18 de julio), y otros nueve miembros. Del Cuerpo de Carabineros serán juzgados el comandante Emilio Ortega García, por rebelión, además de otros cinco miembros.

En las filas del ejército existe una gran variedad de la procedencia y casuística o participación de los luego juzgados. Serán juzgados 27 miembros de la tropa y 25 oficiales (la mayoría de baja graduación). Esto supone un total de 72 miembros de las fuerzas o cuerpos de seguridad del Estados. Pero a hora de valorar estas cifras debe tenerse en cuenta el hecho de que dadas las fechas estivales en las que se produce el alzamiento, los cuarteles estaban semivacíos. 

5- Conclusión.

El alzamiento nacionalista triunfó con relativa facilidad en la provincia de Valladolid. Incluso con más facilidad de la esperada por parte de los golpistas; y casi al margen de sus planes: bastó una manifestación improvisada por parte de los guardias de Seguridad y Asalto (ciertamente ya en actitud de rebeldía desde días antes), pronto apoyados por falangistas,para forzar una situación desfavorable de antemano para las autoridades republicanas. Con dicha acción, los militares veían rotas sus previsiones, y pese a haber mostrado cierto recelo a la hora de iniciar la sublevación de modo inequívoco (esperando órdenes de un enlace de Burgos que se demorarán), Saliquet irá a Valladolid cuando los sublevados ya se han enseñoreado de la ciudad.

Desprovista de armas (o con las pocas que entre la población civil pudieron ser requisadas a la fuerza), la resistencia al alzamiento se refugiará en los tejados y las técnicas típicas del llamado “paqueo”, a la espera de una ayuda exterior que finalmente será interceptada (en parte por casualidad, al ser interceptado el mensaje en el que las autoridades republicanas comunicaban la llegada de refuerzos, siendo detenidos en Villarrobledo).Casi quinientas personas optarán por la solución, difícil de comprender desdeun punto de vista táctico, de encerrarse en la Casa del Pueblo, para rendirse a las pocas horas sin ninguna opción de resistencia

Cuando Saliquetintervenga, la situación está ya prácticamente controlada. Con una Guardia Civil abiertamente opuesta al Gobernador Civil, y que se negará a la entrega de armas a la población por encima de las órdenes dadas (factor, creemos, crucial en el desarrollo final de la sublevación en la provincia) poco significará la existencia de una masa obrera anarquista y socialista dispuesta a presentar batalla, e incluso la existencia de un contingente no tan reducido como a veces se ha hecho ver de militares y cuerpos de seguridad partidarios del Gobierno republicano.

En estas condiciones, y pese a la inexistencia de un enfrentamiento abierto en la capital, sorprende la feroz represión que se llevará a cabo por parte de las nuevas autoridades (argumentando que es obligado por ser los sublevados una minoría, y con un carácter intimidatorio): según datos que hemos comprobado de fuentes oficiales[xliv] además de un número indeterminable de fusilado por los llamados “escuadrones del amanecer” falangistas, morirán fusilados en el parajede San Isidrotras un Consejo de Guerra 335 personas (hasta octubre de 1937), siendo juzgadas en 1936 nada menos que 1.145 personas en Valladolid (el número de detenidos hasta octubre de 1936 ascendió a 2.051).

   



 [i]El Norte de Castilla, jueves 21 de julio de 1938, p. 6, artículo "De la Historia. El Alzamiento nacional en Castilla".

 [ii]Cfr. Vicente Gay, Estampas rojas y Caballeros blancos. Burgos, Hijos de Santiago Rodríguez, 1937, p. 85.

 [iii]El Norte de Castilla, jueves 21 de julio de 1938, p. 6.

 [iv]El Norte de Castilla, miércoles 27 de enero de 1937, p. 6.

 [v]El Norte de Castilla, martes 18 de julio de 1939, p. 8, artículo "El primer grito de rebeldía le dieron las fuerzas del Cuerpo de Seguridad y Asalto de Valladolid".

 [vi]El Norte de Castilla, martes 18 de julio de 1939, p. 8.

 [vii]Íb.

[viii]Ramón Salas Larrazábal, Historia del Ejército Popular de la República. Editorial Nacional, Madrid, Tomo 1, pp. 105 y 236.

[ix] Francisco J. de Raymundo, Cómo se inició el Glorioso Movimiento Nacional en Valladolid y la Gesta heróica del Alto del León. Con prólogo de Ignacio Valverde. Valladolid, Imprenta Católica, 1936, p. 21.

 

[x]Francisco de Raymundo, o.c., pp. 21-22.

[xi]Diario Regional, martes 29 de diciembre de 1936, p. 6ª. "Las cosas en su punto", por Enrique G. Tuñón (carta fechada en Valladolid el 25-XII-1936)

[xii]El Norte de Castilla, jueves 21 de julio de 1938, p. 6.

[xiii]El Norte de Castilla, sábado 18 de julio de 1936, p. 5.

[xiv]El Norte de Castilla, martes 18 de julio de 1939, p. 5, artículo "El espíritu de la Guardia Civil."

[xv]El Norte de Castilla, sábado 16 de julio de 1938, p. 1, artículo "Sobre la capitalidad del alzamiento. Una razón inédita", por Martín Hernández.

[xvi]El Norte de Castilla, martes 18 de julio de 1939, p. 5, artículo "El espíritu de la Guardia Civil."

[xvii]El Norte de Castilla, martes 18 de julio de 1939, p. 5, artículo "El espíritu de la Guardia Civil."

[xviii]El Norte de Castilla, martes 18 de julio de 1939, p. 5, artículo "El espíritu de la Guardia Civil."

[xix]El Norte de Castilla, martes 18 de julio de 1939, p. 5, artículo "El espíritu de la Guardia Civil."

[xx]Cossío, o.c., pp. 327-329.

[xxi]El Norte de Castilla, sábado 17 de julio de 1937, p. 6.

[xxii]Gabriel Cardona, "El cataclismo de julio", en VV.AA., La Guerra Civil, vol. 4, "El 18 de Julio. La sublevación, paso a paso", p. 30. Historia 16, Madrid, 1994.

[xxiii]Juan de Iturralde, El catolicismo y la cruzada de Franco. 2 vols. Bayona, 1955.

[xxiv]H. Thomas, o.c., vol. IV, p. 60.

[xxv]El Norte de Castilla, jueves 21 de julio de 1938, p. 6, artículo "De la Historia. El Alzamiento nacional en Castilla"

[xxvi] El Norte de Castilla, sábado 15 de abril de 1939, p. 4, artículo "Mi última crónica de guerra", por "C. Kellex"

[xxvii]El Norte de Castilla, domingo 19 de julio de 1936, p. 1.

[xxviii]Francisco de Raymundo, o.c., p. 40.

 [xxix]Francisco de Raymundo, o.c., pp. 36-37.

 [xxx]Francisco de Raymundo, o.c., p. 32.

 [xxxi] Diario Regional, domingo 18 de julio de 1937, p. 9ª

 [xxxii]Francisco de Raymundo, o.c., pp. 37-38.

[xxxiii]Archivo de la Delegación del Gobierno, leg. OP-470, Comisaría de Investigación y Vigilancia, Nº 10.852.

[xxxiv]El Norte de Castilla, miércoles 18 de julio de 1937, p. 4, artículo "Valladolid hace un siglo", por Félix Beltrán Calvo.

[xxxv]El Norte de Castilla, sábado 19 de septiembre de 1936, p. 6.

[xxxvi]Francisco de Raymundo, o.c., p. 24.

[xxxvii] El Norte de Castilla, miércoles 22 de julio de 1936, p. 5.

[xxxviii]El Norte de Castilla, martes 20 de julio de 1937, p. 4.

[xxxix]Archivo de la Delegación del Gobierno, leg. DA-13, "Relación de los caídos en la Cruzada de liberación en la Provincia [sic]".

[xl]Cfr. El Norte de Castilla, domingo 1 de agosto de 1937, p. 8

[xli] El Norte de Castilla, sábado 31 de julio de 1937, p. 2.

[xlii]El Norte de Castilla, miércoles 22 de julio de 1936, p. 5.

43Elaboración propia a partir de los partes oficiales publicados en El Norte de Castilla y Diario Regional de 1936 a 1939.

 

 

 

 

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