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Llegados a este punto
quizá sea oportuno tratar de profundizar algo
más en las categorías de comportamiento
antisocial. Siguiendo
con el trabajo de Moreno Olmedilla en la Revista
Iberoamericana de Educación, Tecnología y
Sociedad ante la Educación, éste distingue las
categorías de comportamiento antisocial que
sería conveniente diferenciar:
- "A:
Disrupción en las aulas
- B:
Problemas de disciplina
(conflictos entre profesorado y alumnado)
- C:
Maltrato entre compañeros («bullying»)
- D:
Vandalismo y daños materiales
- E:
Violencia física (agresiones,
extorsiones)
- F:
Acoso sexual
La disrupción en las
aulas constituye la preocupación más directa y
la fuente de malestar más importante de los
docentes. Su proyección fuera del aula es
mínima, con lo que no se trata de un problema
con tanta capacidad de atraer la atención
pública como otros que veremos después. Cuando
hablamos de disrupción nos estamos refiriendo a
las situaciones de aula en que tres o cuatro
alumnos impiden con su comportamiento el
desarrollo normal de la clase, obligando al
profesorado a emplear cada vez más tiempo en
controlar la disciplina y el orden. Aunque de
ningún modo puede hablarse de violencia en este
caso, lo cierto es que la disrupción en las
aulas es probablemente el fenómeno, entre todos
los estudiados, que más preocupa al profesorado
en el día a día de su labor, y el que más
gravemente interfiere con el aprendizaje de la
gran mayoría de los alumnos de nuestros centros.
Las faltas o problemas
de disciplina, normalmente en forma de conflictos
de relación entre profesores y alumnos, suponen
un paso más en lo que hemos denominado
disrupción en el aula. En este caso, se trata de
conductas que implican una mayor o menor dosis de
violencia desde la resistencia o el
«boicot» pasivo hasta el desafío y el insulto
activo al profesorado, que pueden
desestabilizar por completo la vida cotidiana en
el aula. Sin olvidar que, en muchas ocasiones,
las agresiones pueden ser de profesor a alumno y
no viceversa, es cierto que nuestra cultura
siempre ha mostrado una hipersensibilidad a las
agresiones verbales sobre todo insultos
explícitos de los alumnos a los adultos
(Debarbieux, 1997), por cuanto se asume que se
trata de agresiones que «anuncian» problemas
aún más graves en el caso futuro de no atajarse
con determinación y «medidas ejemplares».
El término
«bullying», de difícil traducción al
castellano con una sola palabra, se emplea en la
literatura especializada para denominar los
procesos de intimidación y victimización entre
iguales, esto es, entre alumnos compañeros de
aula o de centro escolar (Ortega y Mora-Merchán,
1997). Se trata de procesos en los que uno o más
alumnos acosan e intimidan a otro
víctima a través de insultos,
rumores, vejaciones, aislamiento social, motes,
etc. Si bien no incluyen la violencia física,
este maltrato intimidatorio puede tener lugar a
lo largo de meses e incluso años, siendo sus
consecuencias ciertamente devastadoras, sobre
todo para la víctima.
El vandalismo y la
agresión física son ya estrictamente fenómenos
de violencia; en el primer caso, contra las
cosas; en el segundo, contra las personas. A
pesar de ser los que más impacto tienen sobre
las comunidades escolares y sobre la opinión
pública en general, los datos de la
investigación llevada a cabo en distintos
países sugieren que no suelen ir más allá del
10 por ciento del total de los casos de conducta
antisocial que se registran en los centros
educativos. No obstante, el aparente incremento
de las extorsiones y de la presencia de armas de
todo tipo en los centros escolares, son los
fenómenos que han llevado a tomar las medidas
más drásticas en las escuelas de muchos países
(Estados Unidos, Francia y Alemania son los casos
más destacados, como cualquier lector habitual
de prensa sabe).
El acoso sexual es, como
el bullying, un fenómeno o manifestación
«oculta» de comportamiento antisocial. Son muy
pocos los datos de que se dispone a este
respecto. En países como Holanda (Mooij, 1997) o
Alemania (Funk, 1997), donde se han llevado a
cabo investigaciones sobre el tema, las
proporciones de alumnos de secundaria obligatoria
que admiten haber sufrido acoso sexual por parte
de sus compañeros oscila entre el 4 por ciento
de los chicos de la muestra alemana y el 22 por
ciento de las chicas holandesas. En cierta
medida, el acoso sexual podría considerarse como
una forma particular de bullying, en la misma
medida que podríamos considerar también en
tales términos el maltrato de carácter racista
o xenófobo. Sin embargo, el maltrato, la
agresión y el acoso de carácter sexual tienen
la suficiente relevancia como para considerarlos
en una categoría aparte."
Moreno Ortega establece la
siguiente jerarquía en cuanto a las
preocupaciones que generan los comportamientos
antisociales: "así, mientras que a los
profesores les preocupa y les afecta de manera
especial la disrupción y, en segundo término,
la indisciplina, a los padres, a la
Administración educativa y a la opinión
pública les afectan mucho los episodios
supuestamente aislados de violencia
física (sobre todo de alumno a profesor) y de
vandalismo; los alumnos, por su parte, quizá
estén más preocupados y sin duda más afectados
por los fenómenos invisibles debullying,
extorsión y acoso sexual [los estudios de Ortega
(1994, 1997) sobre bullying en España estiman
que uno de cada cinco alumnos está implicado en
este tipo de procesos, como agresor, como
víctima o como ambas cosas a la vez; los
estudios llevados a cabo en Alemania y Holanda
sobre acoso sexual en las escuelas (Funk, 1997;
Mooij, 1997) ofrecen resultados muy dispares
entre el 5 y el 20 por ciento de alumnos
admite haber sufrido este tipo de acoso,
pero en ningún caso nos permiten pensar que el
problema sea menor". A continuación
reconoce la falta de estudio que el problema ha
presentado en España donde sabemos
"bastante poco". Reconoce una vez más
que la problemática ha sido abordada como
interés periodístico en los últimos tiempos:
" , lo cierto es que, por el momento,
sabemos bastante poco acerca de los distintos
fenómenos que hemos agrupado bajo la gran
denominación de comportamiento antisocial en los
centros escolares. A veces incluso da la
impresión de que sobre este tema están más
interesados y saben más los periodistas que los
educadores. En cierta medida, habría que admitir
que los investigadores en educación en España
no hemos prestado suficiente atención a las
relaciones horizontales entre los alumnos como
parte o elemento fundamental de su experiencia
escolar y, en concreto, de su aprendizaje de la
convivencia." Reconoce,
no obstante que ya se ha empezado a considerarlo
en su justa medida, y cita:"... nuestro
informe a la Conferencia de Educación organizada
por la Presidencia Holandesa de la UE (Moreno,
1997) revisa y resume la investigación llevada a
cabo en nuestro país sobre comportamiento
antisocial en centros escolares. Además, un
número monográfico recientemente publicado por
la Revista de Educación (1997) contiene
artículos con informes actualizados de
investigaciones realizadas en los últimos años
en varios países europeos. El lector interesado
podrá hacerse una idea pormenorizada, a través
de dichas fuentes, de hasta dónde ha
profundizado la investigación." El
profesor completa su estudio con análisis de las
posibles causas, y aporta posibles soluciones o
acciones de la sociedad encaminadas a paliarlo.
Éstas opiniones se recogen en otros apartados de
este trabajo.
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