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Preguntando se va a Roma; pero también siguiendo la flecha. Subiendo
desde la plaza hacia la iglesia, se cruza el puente sobre el barranco y
se inicia la ascensión a través de empinadas calles, aún
encementadas. Una flecha en pintura blanca sobre algunas piedras de las
paredes señala el itinerario.
Al llegar al primer cartel del Gobierno de La Rioja que indica los dos
yacimientos, se toma una calleja empedrada y pina que nos lleva a los pies
de los antiguos pajares, hoy abandonados; tuérzase a la derecha
siguiendo la flecha y se llega a la era "del Canto Grande" (¿por
qué no habrá llegado a ser del "Cantogrande" cuando el puente
nuevo de la carretera hace ya muchos años que se convirtió
en "Puentenuevo"? Quizá la despoblación y el desuso le haya
impedido hacerse viejo). El caso es que delante del canto, que ciertamente
es grande, hay un segundo cartel que nos indica el comienzo del camino
a los yacimientos y la distancia -medida en tiempo como no podía
ser menos en estos parajes-: 10 minutos al primero y 40 al segundo. Si
has tenido problema con el calzado para llegar aquí, casi es mejor
que contemples desde la era lo que se ve, que no es poco, y que vuelvas
otro día con un equipo más adaptado a las circunstancias.
Si sigues, a partir de ahora entramos en el camino de la Dehesa o de Peñalamora. Se trata de un camino de caballerías (de cuando abundaban en Soto),
amplio en su comienzo, pero lleno de cantos sueltos. De vez en cuando aparecen
restos del empedrado (muy rústico y menos trabajado que el de las
calles) que se colocaba en los pasajes más difíciles para
las caballerías; porque trozos del camino están "esculpidos"
en peñascos de caliza (dos de esas lastras albergan los dos yacimientos
de icnitas que queremos visitar).
Comienza el camino y comienza el paisaje. Vamos a media ladera por la margen derecha del río Leza que, seco habitualmente en verano, dibuja en
las traseras de la ermita y 100 metros más abajo de nuestro camino,
un meandro con nombre propio: la "Cárcara". Y aunque ahora aparezca
casi salvaje (aún se adivinan los poyos de las piezas) albergó
en sus tiempos dos molinos harineros.
Enfrente, a la otra parte de río, el barranco de Trevijano con Puentenuevo
escondido; la carretera vieja convertida por el Ayuntamiento en nuevo paseo
en el verano del 98 y, al fondo, las últimas huertas de Soto: comienza
el cañón del río Leza, desaparecen las terrazas del
río y no veremos huertas regadas con sus aguas hasta pasado el pueblo
del mismo nombre.
Llegamos al primer yacimiento. Una primera parada en nuestra excursión. En la parte alta de la lastra se hallan marcadas tres claras huellas y
podemos adivinar otras en el resto de la piedra. Pero si miramos justamente
detrás del cartel, podremos ver la mejor de todas ellas. Y para
todas, una recomendación: se ven mejor si miramos de perfil
que de frente: ganan en nitidez y en profundidad.
Y seguimos al segundo yacimiento. El camino se ha convertido en sendero;
las piedras y la maleza se han ido adueñando del camino tras años
de inactividad agraria. Porque este camino tuvo su actividad: tanto por
encima como por debajo de él permanecen, semiderruidas, las paredes
de piedra que sujetaban a la pendiente la tierra que formaba piezas de
no más de dos metros de anchura en algunos casos. Forman una especie
de escalera que trepa ladera arriba. Y aquí se sembraba cereal. Y
por este camino se acarreaban las mieses desde los términos de Bolay,
Payerne, la Sima... Dos sentimientos le surgen al visitante: admiración
por el esfuerzo de las personas que tanto lucharon por sacar unos celemines
de grano de estas peñas y total comprensión de las razones
que tuvieron para emigrar buscando una vida menos difícil.
Enfrente, a la otra parte del río, vemos la mole de piedra sobre
la que se asienta el Torrejón y, encima, en las rocas de Peñalacalzada,
la línea blancuzca que señala el lugar que ocupan los nidos
de la colonia de buitres que domina el cañón; buitres que,
si tenemos suerte, pueden iniciar su vuelo unos metros más abajo
del camino que estamos recorriendo.
Dejamos las bancadas y comienzan a llegar hasta casi el sendero los pinos
de repoblación que, agarrándose como pueden a las rocas,
suben trepando desde el fondo del río. Estamos acercándonos
a Peñalamora; se divisan ya los paneles informativos del yacimiento
y las paredes derruidas del antiguo corral. En la pared rocosa encima del
camino se abre un hueco.
El segundo yacimiento se encuentra sobre una roca horizontal; se trata
de huellas mucho más numerosas y profundas. Unos paneles explicativos
nos hablan de los animalitos de marras y -ya hemos dicho que el paseo merece
la pena también por el paisaje- de lo que se ve a poniente y a oriente.
Nos encontramos en mitad del valle del Leza a una buena altura y podemos
ver una panorámica inmejorable: abajo, a muchos metros de profundidad,
el cauce del río; detrás de nosotros la pared cortada de
Peñalamora; enfrente, el Torrejón, Peñalacalzada y -elevando
la vista- algunos edificios de Trevijano; volviendo la mirada al sur, llegamos
hasta las cumbres que marcan el límite con la provincia de Soria;
hacia el norte, el barranco de Villanueva, todo el paraje de las Fuentes
del Restauro y, abriéndose el valle a La Rioja, los tonos azulados
de tierras de Álava en la lejanía: se trata de la Sierra
de Cantabria, con 1436 m.
La visita ha acabado. Descender otra vez hasta el pueblo se hace más liviano. Los expertos nos habían anunciado en su cartel 45 minutos
de camino; la contemplación de estas rocas y montes nos ha retrasado.
Pero de verdad que ha merecido la pena. |
| © 1999 Romero |