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             De visita obligada


Plaza de la Constitución

Iglesia Parroquial

Ermita de la V. del Cortijo

Nevera

Cañón del Leza

Huellas de dinosuarios

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Ermita
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De visita obligada
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Ermita de la Virgen   

 
 

    Es una de las visitas clásicas para los que vienen a la localidad. Y es que en realidad son tres visitas en una:

  • La ermita: una ermita barroca del siglo XVIII conservada con cariño por el pueblo
  • Panorámica de la villa y del río Leza: mirando desde la ermita hacia el sur
  • La "Cárcara": vista impresionante desde las eras de detrás de la ermita

La ermita de la Virgen del Cortijo.

    Se encuentra ubicada en un sitio privilegiado, con dominio sobre el pueblo y el valle, coronando la ladera sobre la que se asienta la parte más antigua de la localidad.

    Se trata de un hermoso edificio de una nave con un pórtico abierto al sur y al oeste, donde puedes sentarte en un poyo de piedra bien protegido de los vientos que soplan a esta altura. Una espadaña con la campana más volteada en este pueblo a lo largo de su historia marca el perfil de esta ermita. Unida al edificio está la vivienda del santero.

    En su interior, una fuerte reja de hierro forjado separa el pequeño crucero (un altar en cada brazo) de la zona de bancos. Una cúpula apoyada sobre pechinas con una luminosa linterna se asienta sobre el crucero. El altar mayor, en el que se encuentra la imagen de la Virgen del Cortijo, tiene un pequeño pero hermoso retablo barroco dorado

    Saliendo afuera por la puerta que da a la casa del santero podemos voltear la campana tirando de la cadena, siempre que la Virgen esté "descubierta", según manda la tradición.

 

Panorámica de la villa y del río Leza. 

    La costumbre (en muchos casos la necesidad) manda que cuando se termina la ascensión a través de empinadas calles y se entra en el recinto de la ermita hay que sentarse en el poyo y contemplar lo que se ve abajo. Y no es poco.

    A la derecha podemos ver las traseras de las casas construidas en la orilla izquierda del barranco, que, restauradas en los últimos años, muestran su estructura de madera y adobe recubierto de yeso. Detrás de ellas la inmensa mole de la Iglesia parroquial, con su torre campanario y los cipreses del "Cementerio viejo", utilizado hasta el siglo pasado. En el centro, tras el edificio de las antiguas escuelas, la plaza y el casino. Y mirando más a la derecha, el río con su puente de piedra de dos ojos y la carretera. Y en la carretera, a la salida del pueblo en dirección a Logroño, el antiguo Hospital de San José, hoy convertido en un activo albergue juvenil. Más abajo, junto al río, las pistas polideportivas.

    Las choperas dibujan el recorrido del río Leza por el fondo del valle y, vestigios de un pasado bien cercano, podemos ver las eras de trilla agrupadas en los sitios donde soplaba y sigue soplando un vientecillo suave (mejor el cierzo que el bochorno) que permitía aventar tras la trilla; tres son los grupos de eras: eras de San Antón, eras de El Campo y eras de La Virgen.

 

La "Cárcara": el río Leza visto desde las eras

    Saliendo a las eras de detrás de la ermita podemos ver abajo (casi 100 metros de desnivel en picado) la "cárcara", que es como en Soto se conoce a esta parte del río donde comienza el llamado cañón del río Leza, un cañón que se va a a extender a lo largo de 7 kilómetros en dirección a Logroño.

    Habitualmente sólo en invierno y primavera podemos ver agua. El río va seco por aquí en los meses del estiaje: el agua se acaba de filtrar en el Pozo de la Olla y en los anteriores y no volverá a aparecer hasta 7 kilómetros más abajo, en las llamadas Fuentes del Restauro, ya en el límite de la jurisdicción. A pesar de ello, el paisaje impone por su grandiosidad, silencio y belleza. No es difícil poder observar el vuelo solemne de la colonia de buitres que anida más abajo, en la zona del Torrejón. A la izquierda, a media ladera, se ve el camino que lleva a las huellas de icnitas. Enfrente, a la otra parte del río, la carretera que conduce a Logroño.


 
Cañón
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Cañón del Leza   

     El Torrejón podría ser algo así como el símbolo de Soto. Al subir por la carretera de Logroño, llegar a este peñasco firme ante el paso del tiempo se siente como llegar al pueblo; es final de camino para los paseos de jubilados y veraneantes; hace muchas veces de barrera contra las nieblas que suben del valle.

    El Torrejón es una especie de mirador natural y permite detener brevemente el coche. Lo más llamativo es el paisaje que lo rodea, que te traslada a los escenarios de las películas del Oeste clásico.

    Nos encontramos en pleno cañón del Leza y la altura desde la carretera al fondo del río es de metros; "Peñalacalzada" (nombre bien descriptivo, por cierto, para la pared de caliza que nace en la carretera), añade sus metros más. Y dando la espalda a la roca tenemos una panorámica de más de 180 grados.

    Frente al Torrejón, a la otra parte del río, vemos ascender el monte rápidamente hasta los 1145 metros del pico de "La Cucurucha"; rocas peladas y pendientes guardan las huellas de los dinosaurios. Un camino a media ladera, que nace en las eras de la ermita, lleva a las antiguas piezas que, pared a pared, trepan por el monte. Cerca del río, los pinos se agarran con fuerza a la escasa tierra que cubre las repisas en la roca.

    A la izquierda, valle abajo, se ven los montes de Villanueva y Zenzano y los pliegues de las rocas a cuyos pies renace el río (oculto en verano desde kilómetros más atrás) en las Fuentes del Restauro, ya en el límite de la jurisdicción.

    Y mirando hacia el sur, las espaldas de Soto: las traseras de la ermita que corona el pueblo, los Picos de la Horca, San Babilés, el camino de Tregujantes y, al fondo, los montes del valle alto del Leza.

    Habitualmente hay suerte y podemos contemplar la colonia de buitres que habita en estos parajes. Con unos primáticos podríamos localizar sus nidos, pero a simple vista podremos verlos volar a nuestra altura o por debajo de nuestros ojos a lo largo del cañón. Es un espectáculo que impresiona y merece la pena.

 

©  1999     Romero