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Es una de las visitas
clásicas para los que vienen a la localidad. Y es que en realidad
son tres visitas en una:
Se trata de un hermoso edificio de una nave con un pórtico abierto al sur y al oeste, donde puedes sentarte en un poyo de piedra bien protegido de los vientos que soplan a esta altura. Una espadaña con la campana más volteada en este pueblo a lo largo de su historia marca el perfil de esta ermita. Unida al edificio está la vivienda del santero. En su interior, una fuerte reja de hierro forjado separa el pequeño crucero (un altar en cada brazo) de la zona de bancos. Una cúpula apoyada sobre pechinas con una luminosa linterna se asienta sobre el crucero. El altar mayor, en el que se encuentra la imagen de la Virgen del Cortijo, tiene un pequeño pero hermoso retablo barroco dorado Saliendo afuera por la puerta que da a la casa del santero podemos voltear la campana tirando de la cadena, siempre que la Virgen esté "descubierta", según manda la tradición.
La costumbre (en muchos casos la necesidad) manda que cuando se termina
la ascensión a través de empinadas calles y se entra en el
recinto de la ermita hay que sentarse en el poyo y contemplar lo que se
ve abajo. Y no es poco.
A la derecha podemos ver las traseras de las casas construidas en la orilla
izquierda del barranco, que, restauradas en los últimos años,
muestran su estructura de madera y adobe recubierto de yeso. Detrás
de ellas la inmensa mole de la Iglesia parroquial, con su torre campanario
y los cipreses del "Cementerio viejo", utilizado hasta el siglo pasado.
En el centro, tras el edificio de las antiguas escuelas, la plaza y el
casino. Y mirando más a la derecha, el río con su puente
de piedra de dos ojos y la carretera. Y en la carretera, a la salida del
pueblo en dirección a Logroño, el antiguo Hospital de San
José, hoy convertido en un activo albergue juvenil. Más abajo,
junto al río, las pistas polideportivas.
Las choperas dibujan el recorrido del río Leza por el fondo del
valle y, vestigios de un pasado bien cercano, podemos ver las eras de trilla
agrupadas en los sitios donde soplaba y sigue soplando un vientecillo suave
(mejor el cierzo que el bochorno) que permitía aventar tras la trilla;
tres son los grupos de eras: eras de San Antón, eras de El Campo
y eras de La Virgen.
Saliendo a las eras de detrás de la ermita podemos ver abajo (casi 100
metros de desnivel en picado) la "cárcara", que es como en Soto
se conoce a esta parte del río donde comienza el llamado cañón
del río Leza, un cañón que se va a a extender a lo
largo de 7 kilómetros en dirección a Logroño.
Habitualmente sólo en invierno y primavera podemos ver agua. El
río va seco por aquí en los meses del estiaje: el agua se
acaba de filtrar en el Pozo de la Olla y en los anteriores y no volverá
a aparecer hasta 7 kilómetros más abajo, en las llamadas
Fuentes del Restauro, ya en el límite de la jurisdicción. A pesar de ello, el
paisaje impone por su grandiosidad, silencio y belleza. No es difícil
poder observar el vuelo solemne de la colonia de buitres que anida más
abajo, en la zona del Torrejón. A la izquierda, a media ladera,
se ve el camino que lleva a las huellas de icnitas. Enfrente, a la otra
parte del río, la carretera que conduce a Logroño.
El Torrejón podría ser algo así como el símbolo
de Soto. Al subir por la carretera de Logroño, llegar a este peñasco
firme ante el paso del tiempo se siente como llegar al pueblo; es final
de camino para los paseos de jubilados y veraneantes; hace muchas veces
de barrera contra las nieblas que suben del valle.
El Torrejón es una especie de mirador natural y permite detener
brevemente el coche. Lo más llamativo es el paisaje que lo rodea,
que te traslada a los escenarios de las películas del Oeste clásico.
Nos encontramos en pleno cañón del Leza y la altura desde la carretera al fondo del río es de metros; "Peñalacalzada"
(nombre bien descriptivo, por cierto, para la pared de caliza que nace
en la carretera), añade sus metros más. Y dando la espalda
a la roca tenemos una panorámica de más de 180 grados.
Frente al Torrejón, a la otra parte del río, vemos ascender el monte rápidamente hasta los 1145 metros del pico de "La Cucurucha";
rocas peladas y pendientes guardan las huellas de los dinosaurios. Un camino
a media ladera, que nace en las eras de la ermita, lleva a las antiguas
piezas que, pared a pared, trepan por el monte. Cerca del río, los
pinos se agarran con fuerza a la escasa tierra que cubre las repisas en
la roca.
A la izquierda, valle abajo, se ven los montes de Villanueva y Zenzano
y los pliegues de las rocas a cuyos pies renace el río (oculto en
verano desde kilómetros más atrás) en las Fuentes
del Restauro, ya en el límite de la jurisdicción.
Y mirando hacia el sur, las espaldas de Soto: las traseras de la ermita
que corona el pueblo, los Picos de la Horca, San Babilés, el camino
de Tregujantes y, al fondo, los montes del valle alto del Leza.
Habitualmente hay suerte y podemos contemplar la colonia de buitres que habita en estos parajes. Con unos primáticos podríamos localizar
sus nidos, pero a simple vista podremos verlos volar a nuestra altura o
por debajo de nuestros ojos a lo largo del cañón. Es un espectáculo
que impresiona y merece la pena.
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| © 1999 Romero |