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       Antes de que se pierda
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Tradiciones

¿Dónde está eso?

Labores del campo

Juegos tradicionales

Música con tradición

Toques de campana

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Juegos tradicionales
Pelota


Chicos
Frontón o Portales
Todo el año

 

     Jugar a la pelota era algo que se hacía todos los días. La pelota se podía llevar en el bolsillo a la escuela y después utilizarla en el recreo, al salir o antes de entrar.

     En esas horas, cuando había muchos chicos se jugaba a "salir del borde". Lo que ahora llaman "primi". El dueño de la pelota sacaba y después cada una hacía lo que podía. El que "hacía mala" dejaba de jugar. Y así hasta que sólo quedaban dos.

     Cuando uno de ellos perdía, el que había logrado mantenerse hasta el final, decíamos que "tenía dos". Todos los jugadores volvían al frontón, y se volvía a empezar. A partir de este momento los restos eran para el que tenía dos, que podía perder una vez si salirse del juego.

     Mientras, los pequeños jugaban en algún arco de Portales, donde la parte frontal del poyo hacía de chapa. Los partidos -mano a mano, parejas o pareja contra trío- se solían jugar a otras horas.

     Pero lo que más contaba era hacerse con una pelota. Pelota de forros, pelota de lana, pelota de hilo. La pelota de forros se vendía en las tres o cuatro tiendas que había, pero apenas nadie podía comprarla. Los forros se estropeaban y había que reponerlos.

     Para ello se recortaban del mismo tamaño que los que se habían quitado, se remojaban para que cedieran y se adaptasen a la forma de la pelota y se clavaban a esta con alfileres. Entonces empezaba el cosido. Había que meter la aguja por debajo y sacarla por encima del cuero, hacer lo mismo con el otro cuero y tirar hasta que la costura quedase remontada. Se recortaban los forros hasta que quedasen justos y se terminaba aplastando la costura con una perra gorda y dándole una mano de grasa, para lo que se utilizaba el ombligo de los cerdos guardado desde la matanza.

     Hacer una pelota desde el principio era un poco más difícil; había que buscar o hacer primero el "pelluco", una bola pequeña como de dos a cuatro centímetros de diámetro. Lo normal entre los chavales era hacerla con tiras de gomas de neumático de coche o de bicicleta -estas últimas eran las más corrientes- estirando y enrollando cambiando de dirección para que quedase redonda; al terminarse cada tira, el extremo se metía debajo de lo ya enrollado para que no quedasen picudas. Los mayores las hacían de tripas -intestinos de animales- y decían- pero nunca ví a nadie hacerlo y sí a muchos intentarlo- que lo mejor era hacerlos de "mocos de abanto", una especie de alga o liquen que aparecía en los bordes de los caminos cuando llovía.

     Después había que recubrir el pelluco de hilo o lana, dependiendo de lo dura que se quisiera hacer, cambiando continuamente de dirección el errollado y cosiendo con puntadas de hilo toda la superficie de lo enrrollado; por último había que probarla a ver si se picaba, es decir, si botaba derecha o se desviaba.

     Conseguido el tamaño apropiado y probado que era redonda -que botaba bien- llegaba el momento de forrarla, proceso que ya he citado.


 

Juegos tradicionales
¡A la ollera, a la puchera...!


Chicas y chicos separados
En Portales
Ocasional

 

     A la ollera,
     A la puchera,
     Amagar
     y no dar.
     Dar sin reír,
     Dar sin hablar.
     Dar un pellizquito en el culo,
     Y echar a volar.

     Y mientras la "madre", que era la persona mayor que divertía a los pequeños, iba cantando esta retahíla, todos los que jugábamos dábamos golpes en la espalda o en el culo de quien se la quedaba que estaba inclinado, apoyando la cabeza en las rodillas de la madre que estaba sentada. Un golpe por la ollora, otro por la puchera, se amagaba y no se daba en los dos siguientes, se daba sin reír y sin hablar. Si alguien se equivocaba, se la quedaba. En el penúltimo, en que se hacía lo que decía y en el último en que todos salíamos corriendo.

     Cuando la madre era una persona mayor, se respetaban las formas. Pero si era uno de nosotros, los golpes eran golpes, y el pellizquito se convertía simplemente en pellizco o en retorcido.

     -¿Suelto la jaula?- gritaba la madre.
     -Suéltela usted- contestábamos todos. Y la madre:
     -Pajaritos a esconder, que ¿la liebre? va a correr.

     Y el que se la quedaba pretendía coger a culaquiera de los demás jugadores para que lo sustituyese.

     De vez en cuando, la madre gritaba:
     -Dedo, dedo,- y levantaba un brazo y extendía un dedo. Todo jugador que agarrase el dedo de la madre estaba a salvo. Si todos lo lograban, volvía a quedársela el mismo. Si cogía a alguno, era este el que se la quedaba.

     De todos modos, cuando dirigía una persona mayor, el dedo siempre se bajaba cuando acudían los que más corrían y los dejaba a merced. Si por el contrario se jugaba entre chicos, acababa siendo un suplicio para el menos hábil que era el que se la acababa quedando siempre.

©  1999     Romero