Nadie sabía quién sacaba primero el aro. Pero lo cierto es que cuando llegaba el final de
septiembre, empezaban a aparecer. Y empezaban a sonar por las calles.
Los había de hojalata y de hierro. Los de hojalata eran los aros que reforzaban el fondo de los
baldes de lavar a los que se les limaba la junta para que no estorbasen a la guía. Los de hierro eran una circunferencia hecha de varilla
de hierro de unos cincuenta a sesenta centímetros de diámetro. Algunos estaban hechos de cuadradillo, pero eran peores porque
rodaban peor en las calles. Los aros de hierro tenían un sonido peculiar. Conocíamos quien andaba por la calle por el sonido del
aro.
La verdad es que los aros de hierro se heredaban. De los hermanos mayores o de los tíos. Y si era
bueno, y eso se sabía muy bien, se dejaba a los demás chavales dar una vuelta con el aro como un gran favor o a cambio de algo: un
atado de santos, unos deberes dejados para copiar,...
Al contrario de pelotas, santos, alfileres, platillos y demás, los aros no se podían llevar a la
escuela. Así que , aparte de llevarlos rodando a todos los recados que había que hacer, el asunto solía ser salir de la escuela, ir a
casa a buscar la merienda y el aro y volver a la Plaza, donde quedábamos todos.
El auxiliar para poder rodarlo era la guía. Hecha de alambre gorda o de varilla fina, consistía para
los aros de hierro en una especie de U alargada en una de sus ramas, distinta para diestros y zurdos, que se doblaba en ángulo recto
perpendicular al plano de la U. La longitud del mango dependía de la altura del propietario. Y al final, bien con un palo, bien doblando la
varilla sobre sí misma se hacía un agarradero para que encajase mejor en la mano.
Las de los aros de hojalata eran lo mismo pero mucho más ancha la U.
Puede parecer mentira a quienes conozcan las calles de Soto, sobre todo a quienas las hayan
visto empedradas y con los cancillos, pero he visto subir rodando el aro hasta la Virgen y bajar las escaleritas de la iglesia. La
habilidad que algunos tenían era casi circense. Lo que hacíamos todos era ir en grupo por la carretera, llegando hasta Terroba o hasta
la Dehesa de Trevijano, o a veces, echando carreras hasta la Cuesta del Cogote y volver, hasta el Hoyo Vallejo o por la carretera vieja
hasta la revilla.
Juegos tradicionales
A esconder costillas
Chicos y chicas
En Portales
Otoño-invierno
Era este un juego para el frío del invierno. Dentro de Portales no nos mojábamos, y a base de jugar
entrábamos en calor. La verdad es que un poco burros sí que éramos.
Consistía el juego, que podía jugarse a partir de tres jugadores, en apoyar -esconder- la espalda -costillas- en las
paredes o en los pilares de Portales, de modo que estuviesen bien ocultas. De lo contrario, cualquiera de los jugadores podía pegarte,
-con la mano abierta, eso sí,- todo lo fuerte que quisiera en la espalda.
Normalmente, el que se consideraba más hábil, o era más capaz de aguantar golpes, se quedaba
en medio. Entonces, los que esban apoyados en la pared intentaban cruzar y esconder las costillas en los pilares y de paso, dar un
buen golpe al que estaba en medio. Esto era aprovechado por los demás para hacer la misma jugada.
Normalmente, con toda la ropa que se llevaba en invierno el daño no era mucho. Sólo cuando todos
los golpes iban a dar en la misma persona -por lo que fuera- acababa alguno llorando.
La verdad es que no lo jugábamos mucho rato: al entrar a la escuela, antes de entrar a lo que
llamábamos clase de adultos, y en los momentos que estábamos jugando a otra cosa cualquiera y se ponía a llover y había que
refugiarse en portales.