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¿Dónde está eso?

Labores del campo

Juegos tradicionales

Música con tradición

Toques de campana

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Tradiciones

¿Dónde está eso?

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Juegos tradicionales
El triángulo


Chicos
En la plaza
Primavera

 

     Llamábamos platillos a las chapas de las botellas de gaseosa, cerveza, etc. Íbamos a buscarlos al Toril, debajo del Casino, o a los bares de la carretera. Normalmente aparecían doblados por el abrebotellas. Los enderezábamos como podíamos y el que quedaba más como nuevo era el que empleábamos para tirar. Para que tuviera más peso lo rellenábamos de barro.

     Había dos maneras de jugar con los platillos. En una de ellas se dibujaba con tiza (pinto, yesón) un triángulo en el suelo y una línea como a unos tres metros . desde allí había que tirar. Podían jugar varios jugadores, pero rara vez se pasaba de los cinco.

     Los platillos que se apostaban se ponían dentro del triángulo dibujado en la forma y lugar que el apostador quisiera: amontonados, en línea, en las esquinas, en el centro... Había que sacarlos de allí mediante golpes dados con el platillo de tirar, este se golpeaba con el dedo corazón haciendo arco con el pulgar. Algunos utilizaban el índice, pero con el corazón se hacía más fuerza.

     Se echaba a suertes el orden de tirada, y al que le tocaba el primero hacía la tirada desde la raya marcada. El asunto era quedarse lo más cerca posible del triángulo. Si tu platillo quedaba dentro del triángulo debías poner otro platillo más y no jugabas aquella vez. Cuando ya habían tirado todos, se medía a ver quién estaba más cerca del triángulo -y aquí venían los líos-, y el más cercano empezaba.

     Con su platillo de tirar intentaba sacar los que estaban dentro del triángulo, procurando que este no se quedara dentro. Si esto ocurría ponía otro platillo y quedaba fuera del juego. Si sacaba alguno, lo ganaba y podía seguir tirando. Cuando en su tirada no lograba sacar ninguno, era el siguiente el que seguía desde la posición de su platillo. Y así sucesivamente, hasta que todos los platillos apostados habían desaparecido.

     Se podía limpiar el suelo, soplando o con la mano, según se quedara; pero no se podían retirar ni mover los platillos de los demás jugadores. Solo si se le daba con el propio, lo que a veces se hacía para meterlo dentro del dibujo y quitarlo del juego. Dada la necesidad de que los platillos corrieran por el suelo, prácticamente no se podía jugar a este juego mas que en Portales y en el frontón.


 

Juegos tradicionales
La meta


Chicos
En la plaza
Primavera

 

     Para este juego dibujábamos en el suelo mediante dos líneas unos caminillos largos y enrevesados, con quiebros curvas y todas aquellas formas que nos parecían. En algunos lugares ,juntábamos las líneas y con otra raya marcábamos un triángulo, la reanudación del camino empezaba con otro triángulo opuesto. Entre ambos o dibujábamos una sola línea, y era "el hilo" o una serie de barras paralelas que eran "las barcas". De tramo en tramo se dibujaban unos rectángulos que atravesaban el camino y que se marcaban con una X; eran "los seguros", el camino empezaba con un rectángulo grande y acababa con otro que era "la meta".

     El juego consistía en llegar el primero a la meta empujando el platillo como en el juego anterior, sin salirse del camino. En el hilo, en el que a veces también se ponía algún seguro, valía con que el platillo tocase la línea; en las barcas, lo mismo. Cuando el platilo se salia o te lo sacaban del camino, había que volver al seguro inmediatamente anterior. Se sorteaba la salida y se avanzaba en tandas de tres tiros por jugador.

     Aunque a veces se apostaban platillos u otras cosas, normalmente una perra chica, lo fundamental era la habilidad. Y casi siempre valía con haber ganado.


 

Juegos tradicionales
El capullero


Niños y niñas hasta ocho años
Poyo de la Garita
Época de escuela

 

     Tapabujero, lo llaman en Badarán;Tapullero en Villaverde de Rioja;Taputero en Anguiano. Y como Tapabullero lo define el "Vocabulario Riojano" de Cesáreo Goicoechea (Madrid,1961)

     Lo jugábamos de pequeños. Cuando ya éramos grandecitos, de algún modo nos parecía rebajarnos el jugar con el barro. Sin embargo, algunas veces quitábamos el barro a los pequeños y les hacíamos una demostración.

     Ganar el juego consistía en dejar sin barro al contrario o contrarios, porque algunas veces jugábamos más de dos. El material era barro, cuanto más arcilloso, mejor. Y no era tan sencillo encontrar barro bueno al lado de la Plaza, así que guardábamos nuestra pella de barro en los agujeros de la Garita para poder utilizarlos en los recreos de la escuela. El mejor barro, siempre cerca del pueblo, se sacaba del Herradero, donde está ahora la casa del médico.

     Se amasaba bien la pella de barro y se modelaba una especie de cuenco con las paredes más gruesas que el fondo -algunas veces me acuerdo del juego cuando como volovanes- , y el que le tocaba por suerte el empezar, hacía la pregunta ritual: "Capullero, ¿se ve el agujero?" Y se lanzaba el cuenco contra el poyo, de forma que la boca llegase con fuerza y lo más plana posible. Al aplastarse, el aire que estaba dentro rompía el fondo del capullero y el contrario tenía que taparlo con un trozo de su barro mientras el tirador decía: "Capullero, tapa ese agujero".

     La habilidad había que demostrarla no sólo a la hora de tirar con fuerza y bien para que el agujero abierto fuera lo mayor posible, sino que cuando tenías que tapar el agujero del otro había que conseguir hacerlo con la lámina más fina que se pudiera para utilizar menos barro propio. Y allí era el mojarse las manos en el pilón, echarse saliva en las manos o en los dedos y restaurar como se pudiera el agujero. Después se cambiaba y así hasta que tocaba subir a la escuela.



©  1999     Romero