Antes de que se pierda la memoria Labores del campo |
Se trataba de una prestación personal gratuita. A la llamada
del Ayuntamiento debía acudir un hombre en edad de trabajar de cada casa. En el caso de no ir, debía
pagar un jornal. Los vecinos ponían el trabajo y el Ayuntamiento la herramienta (aunque algunos
aportaban su azadón estrecho) y el vino. En el caso de que hiciese falta llevar una caballería (para
transportar materiales, por ejemplo) se le pagaba al amo. A las ocho de la mañana, en Portales, se
recogía la herramienta y se organizaba el trabajo. Siempre que era posible se iba al camino que llevaba a
la finca o fincas propias; era una motivación más para realizar una buena labor.
Cuando la vereda tenía su origen en los destrozos de las
tormentas, su misión consistía en subsanarlos: levantar una pared, quitar tierras y piedras que la
yasa había arrastrado, arreglar los cancillos que echaban las aguas fuera cada cierto trozo
de camino... En el caso de las veredas normales, se limpiaban las zonas donde la vegetación se iba
adentrando en la vía, se empedraban los trozos más pendientes o con mayor dificultad para las
caballerías...
Anualmente eran hasta 8 los días que cada casa debía ir de
vereda si el Ayuntamiento convocaba. Y sólo estaban exentos el médico, el cura, el maestro... Gracias a
esta institución tan peculiar, podían conservarse en buen estado el camino de la Solana y el de la Umbría;
los que llevaban a Treguajantes, a Luezas o a Trevijano; el camino que sigue llevando a las huellas de
dinosaurios y que, continuando por Payerne, llegaba hasta la Dehesa, Varcárcel y daba la vuelta por
Riarrey y Juanreal; o los caminos que conducían a las zonas de huertas de Pajero, el Cardial, los
Manzanos o Cillas. Eran muchas leguas que había que mantener en buen estado. A base de veredas se
conseguía ese objetivo. Los senderistas que actualmente recorren estos caminos en sus ratos de ocio
están echándolas en falta; sin saberlo, probablemente.
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| © 1999 Romero |