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  HECTOR ACEBRÓN

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EL PÁJARO DE CRISTAL
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point04.gif (1491 bytes)  HÉCTOR ACEBRÓN TOLOSA


Héctor no se considera realmente un escritor, ni puede que tan siquera artista de ningún arte catalogado. Es, sin embargo, un tremendo amante de la vida, de las sensaciones, de la experiencia y sabe, como nadie, expresar el punzamiento que cada ser -en momentos determinados- nos oprime por dentro.

    No debo revelar ningún secreto, si acaso esbozar con dos pinceladas lo que aún permanece en mi memoria a pesar de haberme soltado las amarras del pasado: fueron tiempos perfumados por esencias levemente agrestes, que vivimos arrobados por libérrimos clamores; la vida estaba impregnada de inarcesible belleza, y a la búsqueda de un horizonte en el que sólo se vislumbraba placer, nos arrastraban deseos honestos y temerarios, pero siempre cargados de pureza. Nunca cundía el desánimo, el cenceño era manjar y el caldo de la tierra ambrosía. Fuimos jóvenes. Lo que mi memoria no
registra con certeza es aquel vuelo de alas doradas cargado de sicodelias, ni los baños tibios en la vía láctea, ni el resplandor, en el oscuro firmamento de una noche de aquelarre, de dos brasas de amor enamoradas, ni los susurros de tus labios en mi piel electrizada, ni el nombre de la amante de nombre Gullermina o Salvia o Antorcha o Lecho o Nieve o no recuerdo tu nombre pero siempre bálsamo y puerto y refugio y algo madre; ni recuerdo el momento en que se alcanzó el cénit, ni tan siquiera si se llegó a alcanzar........ o si fue precisamente al alcanzarlo cuando empezamos a desfallecer y apareció el desánimo; luego el cansancio; la oscuridad, el vacío, la nada..... Y luego fue el renacer ya adultos, arrastrando ese cansancio que condenó nuestra juventud a la no existencia y que es la prueba incontestable de que antes de la nada existió aquella imborrable sensación, igual da que fuera sueño o realidad.

    Quizá por eso mi imagen reflejada en el espejo me resulta difícil de reconocer o escasamente familiar, porque este cuerpo es nuevo, renacido de unas cenizas de incierto origen, acaso inexistentes, de ardientes lumbres de antaño que hogaño se han extinguido, pero que han conservado prendido un rescoldo incandescente, que habrá de mantenerse vivo hasta el próximo vacío-nada-silencio.

    Pero para ese momento quedan todavía más de treinta y siete indigestiones.


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