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“Hubo otros nombres, otras Españas posibles, pero ya era como si nunca hubieran existido: hubo la España generosa y abierta que desearon los liberales de Cádiz, la que añoró José María Blanco White, la que despertó el entusiasmo progresista de 1868, el de Pérez Galdós, y el general Prim, y Pi i Margall. Dijeron "España" con emoción y rebeldía Manuel Azaña, Antonio Machado, César Vallejo, los internacionalistas que vinieron a luchar a favor de la República en noviembre de 1936, la gente ilustrada para la que en el mundo entero la palabra España tuvo una resonancia de heroísmo y dolor frente a la agresión fascista. Para mi tiene sobre todo una utilidad práctica: designa un cierto sistema político de libertades que me son muy valiosas, un espacio de concordia que se basa en el acuerdo y la transacción".

Antonio Muñoz Molina

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